Fetiche

Borgoña

Un traductor de 40 años descubre que su compañera de piso sabe exactamente qué hacer con sus pies pintados de borgoña. Relato erótico de fetiche, pies y pasión oculta.

13 min🔥🔥🔥
Portada de Borgoña

El domingo llovía con esa constancia gris que hace que Madrid parezca una ciudad del norte sin el encanto. Llevaba tres horas traduciendo un manual de válvulas industriales del alemán, sentado en mi habitación del piso compartido, con la rodilla derecha doliéndome por una contractura que arrastraba desde la semana pasada. A mis cuarenta años, mi cuerpo empezaba a cobrar facturas por posturas que antes ni siquiera notaba. Me levanté para ir a la cocina en busca de café y, al cruzar el salón, la vi.

Irene estaba tumbada en el sofá de cuero gastado que habíamos comprado entre los tres —ella, yo y Carlos, el tercer compañero que solo aparecía para dormir— con una manta de lana sobre las piernas y el torso erguido para ver la tele. Pero no era la tele lo que captó mi atención. Era su pie izquierdo, alzado sobre la mesa de centro, con los dedos separados por unos separadores de espuma rosa, y una mano que pasaba con precisión un pincel diminuto por la uña del segundo dedo.

—No te quedes ahí —dijo, sin mirarme—. Haces sombra.

—Busco café —respondí, pero mis ojos no se movieron de sus pies.

Era una obsesión que arrastraba desde antes de conocerla, desde antes de poder nombrarla. No era algo que confesara en citas ni que googleara con la puerta cerrada. Era simplemente ahí, como el color de mis ojos o la forma de mi firma. Y Irene tenía los pies que yo habría dibujado si supiera dibujar: arcos pronunciados, dedos largos y rectos, piel tostada en el empeine y blanquecina en las plantas. Era profesora de Pilates en un gimnasio de barrio, y eso se notaba en la fuerza de sus tobillos, en la tensión de sus gemelos, en los callos modestos que tenía en los bordes de los talones. Pies de trabajo. Pies reales.

Llevábamos ocho meses compartiendo piso y yo había aprendido a controlarme. Pero aquella tarde, con la lluvia tamborileando en el cristal y la casa en silencio, algo se quebró. Quizá fue la forma en que tenía el pie girado hacia mí, ofrecido sin saberlo. Quizá fue el color del esmalte: un borgoña oscuro, casi negro en la penumbra del salón, que contrastaba con la piel clara de los dedos.

—¿Sabes qué es lo peor de pintarse las uñas de los pies sola? —preguntó de repente, pintando con una concentración que no correspondía a una pregunta retórica.

—¿Qué?

—Que siempre te queda el meñique de la mano derecha hecho una mierda. Y el dedo gordo del pie izquierdo, porque te cortas antes de que seque.

Me reí. Fue un sonido forzado, seco.

—Nunca me lo había planteado —dije, yendo hacia la cocina.

—Espera.

Me detuve. Ella levantó la vista por primera vez. Tenía el pelo recogido en un moño caótico, mechones sueltos pegados a la frente por el calor del radiador. Llevaba unos pantalones de chándal grises, viejos, con un agujero en la rodilla, y una camiseta de tirantes blanca sin sujetador. Vi la forma de sus pechos contra la tela, los pezones que se marcaban ligeramente, y aparté la mirada. Pero no antes de que ella lo notara.

—Si no tienes prisa... —dijo, y su voz cambió, adquirió una textura diferente, más lenta—. ¿Me ayudas con el otro pie? No llego bien.

Miré la cafetera. Miré sus pies. La cafetera perdió.

—Vale —dije, y la palabra salió ronca.

—Siéntate en el suelo. Es más fácil.

Obedecí. Me arrodillé frente al sofá, a escasos centímetros de sus piernas. Ella retiró la manta. Llevaba los pantalones de chándal subidos hasta los tobillos, pero se los remangó hasta media pantorrilla. Su pie derecho descansaba en el borde del cojín, inmóvil, esperando. Los separadores de espuma rosas lucían ridículos y obscenos al mismo tiempo.

—El esmalte está ahí —señaló con la barbilla hacia la mesa.

Tomé el frasco. Borgoña. El número 47, según la etiqueta gastada. Abrílo. El olor a acetona y resina me golpeó, un olor químico que asocio desde siempre con las mujeres, con los cuartos de baño compartidos, con la intimidad ajena.

—¿Por dónde empezamos? —pregunté, sintiendo que mis manos temblaban levemente.

—Por el dedo gordo. Y no te pases. Dos capas finas, no una gotera.

Tomé su pie con la mano izquierda. Fue un contacto eléctrico. Su piel estaba cálida, casi caliente, con una suavidad en el arco que contrastaba con la aspereza del talón. Sentí la forma de sus huesos bajo mis dedos, la tensión de los tendones cuando movió ligeramente los dedos. Olía a jabón de lavanda y a algo más profundo, a piel que ha estado en calcetines de algodón todo el día.

—Tienes las manos frías —dijo ella.

—Lo siento.

—No. Me gusta.

Empecé a pintar. El pincel era diminuto, y mis dedos torpes de mecanógrafo no estaban hechos para esa precisión. Pero me concentré. Cada uña era un territorio sagrado. El dedo gordo, ancho, con una uña pequeña y cuadrada. El segundo dedo, el más largo, con una perla de piel seca en la base que me dio ganas de besar. El tercero, el cuarto... Cuando llegué al meñique, ella movió el pie ligeramente, ajustándolo en mi mano, y la planta rozó mi muñeca. Sentí el calor húmedo de su piel, la textura de los callos, y tuve que contener un estremecimiento.

—Estás muy concentrado —dijo ella.

—No quiero estropearlo.

—Ya está estropeado. Pero lo haces bien.

Levanté la vista. Ella me miraba desde arriba, con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, los ojos semicerrados. No era una mirada amistosa. Era una evaluación. Llevaba meses viviendo conmigo y seguramente había notado cómo evitaba sentarme frente a ella cuando se descalzaba, cómo mis ojos caían en sus pies cuando cruzaba el salón en calcetines, cómo una vez, borracho en una cena de compañeros de piso, le había dicho que tenía "unos pies bonitos" y luego me había atragantado con la cerveza.

—¿Te gustan? —preguntó, tan bajo que la lluvia casi se la llevó.

—¿El qué?

—Mis pies, David. ¿Te gustan?

El pincel se detuvo a mitad del meñique. Una gota de borgoña cayó sobre el separador de espuma. No respondí. No podía. Sentía el rubor subiendo por mi cuello, la erección que crecía contra la cremallera de mis vaqueros, embarazosa, inevitable.

—Porque llevas ocho meses mirándolos —continuó, y su voz no tenía acusación. Tenía curiosidad—. Cuando hago Pilates en el salón, tú pasas por el pasillo dos veces. Cuando me pinto las uñas, siempre apareces. Incluso el otro día, en la playa, te pillé fotografiando las olas y en la foto solo salían mis pies.

—No es... no es lo que parece —mentí.

—¿Y qué es?

Dejó el pie izquierdo sobre el cojín y bajó el derecho. Lo apoyó en mi muslo. Fue un gesto casual, como quien apoya un libro, pero yo sentí el peso, el calor, la forma en que sus dedos se curvaron ligeramente sobre mi vaquero, a centímetros de mi erección. Miré hacia abajo. Su pie, con las uñas ya pintadas de borgoña, brillaba contra la tela oscura de mis pantalones.

—Es solo... —empecé.

—Shhh. No me expliques. Explícame con las manos.

—¿Qué?

—Acabas de pintarme las uñas. Ahora masajéame los pies. Como pago por tu trabajo.

No era una pregunta. Era una orden suave, pero firme. Dejó caer el otro pie también, hasta que ambos descansaron en mi regazo, uno sobre otro, con los arcos formando una v que enmarcaba mi erección visible. Yo estaba jadeando. Literalmente jadeando, como un perro en verano.

Puse las manos sobre sus pies. Empecé por los tobillos, frotando con los pulgares, sintiendo los tendones, la piel seca, la fuerza de sus músculos. Ella cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.

—Más fuerte —dijo—. Trabajo de pie todo el día. Tengo nudos.

Aumenté la presión. Masajeé el arco con el puño cerrado, girando despacio. Ella gimió. Fue un sonido bajo, gutural, que salió de su garganta sin filtro. Mis manos subieron hacia los dedos, separándolos, estirándolos, frotando la base de cada uno. Cuando llegué al dedo gordo, lo tomé entre mis dedos índice y pulgar y lo masajeé con movimientos circulares. Ella se retorció en el sofá.

—Joder —susurró.

—¿Te duele?

—No. Me excita.

Abrió los ojos. Me miró directamente. Luego, deliberadamente, movió el pie derecho. Lo deslizó por mi muslo hacia arriba, hasta que la planta rozó mi erección a través del vaquero. Yo gemí. No pude evitarlo. Fue un sonido de derrota total.

—Estás duro —dijo, con una voz que ya no era la de mi compañera de piso. Era la voz de una mujer que había encontrado un botón y no pensaba dejar de apretarlo.

—Irene...

—¿Sí?

—No sabes lo que me haces.

—Entonces enséñame.

Se incorporó. Se quitó los pantalones de chándar de un tirón, dejándolos en el suelo. Debajo llevaba unas bragas de algodón blanco, simples, con el elástico ligeramente gastado. No se las quitó. Se arrodilló en el sofá, de frente a mí, con las rodillas separadas, y volvió a apoyar los pies en mi regazo. Esta vez, sin embargo, desabrochó mi cinturón. Yo no la detuve. No podía. Mis manos seguían en sus pies, acariciando, adorando, mientras ella bajaba la cremallera y sacaba mi erección.

—Vaya —dijo, y fue una exclamación genuina—. No esperaba...

—¿El qué?

—Que estuvieras tan... bien equipado. Los traductores siempre me han parecido tímidos.

Se rio. Luego tomó mi verga con una mano y apoyó el pie izquierdo en mi pecho, empujándome hacia atrás hasta que quedé sentado en el suelo, con la espalda contra el borde del sofá. Ella se quedó en el borde del cojín, con los pies colgando, a la altura perfecta de mi entrepierna.

—Quiero que me mires —dijo—. Mientras te toco. Y quiero que sigas tocando mis pies.

Obedecí. Era un esclavo voluntario. Con una mano tomé su pie derecho, lo besé en el arco —un beso húmedo, largo, que la hizo estremecerse— y luego lo acaricié mientras ella empezaba a masturbarme. Sus dedos eran firmes, seguros, moviéndose de base a punta con un ritmo pausado que me volvía loco. Con la otra mano, yo acariciaba su pie izquierdo, lamiendo el tobillo, mordisqueando el talón, sintiendo la textura de la piel contra mi lengua.

—Eso es —jadeó ella—. Así. No pares.

Pero entonces soltó mi verga. Se inclinó, escupió en la palma de su mano, y volvió a tomarme. La humedad cambió todo. El deslizamiento fue perfecto. Y luego, sin avisar, colocó ambos pies a ambos lados de mi erección. Los apretó contra mi miembro, con las plantas hacia dentro, con los dedos pintados de borgoña brillando contra mi piel.

—¿Esto es lo que quieres? —preguntó, y empezó a mover los pies, arriba y abajo, frotando mi verga entre sus plantas.

—Dios —gemí, con la cabeza echada hacia atrás, golpeando el cojín del sofá.

—Dime que sí. Dime que te gusta.

—Me encanta. Joder, me encanta.

Los pies de Irene eran fuertes. Podía sentir la tensión de sus arcos, la presión de sus talones, el roce de sus dedos en mi glande cada vez que llegaba arriba. El esmalte borgoña dejaba pequeñas marcas en mi piel, huellas de color que me parecieron la cosa más obscena y hermosa que había visto. Ella movía las caderas al ritmo de sus pies, frotándose contra el borde del sofá, con las bragas cada vez más húmedas, visibles a través del algodón fino.

—Mírame —ordenó.

Abrí los ojos. Ella se había bajado los tirantes de la camiseta. Sus pechos quedaron libres, pequeños, con los pezones oscuros y erectos. Se los tocaba con una mano, pellizcándose, mientras con la otra se bajaba las bragas hasta las rodillas. Vi su sexo, húmedo, abierto, con el clítoris brillante. Se tocó con dos dedos, frotándose al ritmo de los pies que me masturbaban.
—Voy a correrme —avisé, con la voz rota.

—No. Espera. Quiero sentirte dentro.

Se bajó del sofá. Se quitó las bragas por completo. Se puso a horcajadas sobre mí, con los pies aún en el suelo a ambos lados de mis caderas, y me guió hacia su entrada. Bajó despacio, con una lentitud torturadora, hasta que estuve completamente dentro de ella. Estaba tan apretada, tan caliente, que tuve que agarrarme a sus muslos para no perder el control.

—Ahora —dijo, con la respiración entrecortada—, fóllame. Pero no dejes de mirar mis pies.

La tomé por la cintura y empecé a moverla. Ella se impulsaba con los pies en el suelo, usando la fuerza de sus piernas para subir y bajar sobre mí. Cada embestida hacía que sus pechos rebotaran cerca de mi cara, y yo los tomaba con la boca, succionando, mientras ella gemía. Pero mis ojos volvían una y otra vez a sus pies. Los tenía arqueados, con los dedos pintados de borgoña curvados hacia arriba, apoyados en el suelo de parquet, usando la tracción para moverse más rápido.

—Más fuerte —gritó—. Más.

La levanté. Fue un movimiento brusco, de desesperación. La giré sobre el sofá, de espaldas, con las piernas abiertas y los pies apoyados en mi pecho. Empecé a penetrarla con fuerza, profundo, mientras sus pies, esos pies que había adorado en secreto durante ocho meses, me empujaban contra su cuerpo, me marcaban el pecho con el esmalte borgoña, me guiaban.
Tomé su pie izquierdo. Lo besé, lo lamí, mordisqueé el dedo gordo mientras seguía embistiendo. Ella gritó, una mezcla de risa y gemido, y se tocó el clítoris con dedos frenéticos.

—Me voy a venir —avisó.

—Yo también.

—Dentro. Quiero sentirlo dentro.

Y me vine. Fue un orgasmo que subió desde los pies, irónicamente, una ola que recorrió mis piernas, mi espalda, y explotó en mi interior con una fuerza que me cegó. Cada pulsación era una descarga eléctrica mientras ella se contraía alrededor de mí, con sus paredes internas apretando en espasmos que parecían no terminar. Grité su nombre, o creí gritarlo. Mis manos se clavaron en sus muslos, y sus pies, sus pies gloriosos, se arquearon contra mi pecho en un gesto de éxtasis absoluto.

Cuando terminamos, ella se quedó quieta, jadeando, con una pierna colgando del sofá y la otra doblada sobre mi muslo. Yo estaba encima de ella, todavía dentro, menguando pero no saliendo. Olía a sexo, a esmalte de uñas, a sudor de domingo lluvioso. Besé su tobillo, el arco de su pie, el borde del talón donde la piel era más áspera.

—El color 47 —murmuró ella, con los ojos cerrados.

—¿Qué?

—El borgoña. Se llama "Pasión Oculta". Me lo regaló mi hermana hace un año y nunca lo usaba porque me parecía demasiado.
Se rio. Fue una risa suave, de postorgasmo, que vibró en su vientre y en mi miembro aún dentro de ella.

—Ahora tiene sentido —dijo.

—¿El qué?

—Todo. Por qué siempre estabas en el pasillo cuando me quitaba los zapatos. Por qué me mirabas los pies en la playa. Pensaba que eras raro, David. Pero eres solo... un hombre con un gusto muy específico.

—¿Te molesta?

Abrió los ojos. Me miró con una mezcla de ternura y lascivia que me hizo sentir, por primera vez en años, completamente visto.

—Molestarme —dijo, moviendo los dedos de los pies contra mi pecho—. Acabo de correrme como hacía meses que no lo hacía, con los pies pintados de borgoña en tu cara. ¿Crees que me molesta?

No supe qué decir. Me aparté despacio, saliendo de ella con una pérdida que ambos sentimos. Ella se incorporó, buscó sus bragas en el suelo, pero no se las puso. Se quedó desnuda de cintura para abajo, con la camiseta de tirantes subida sobre los pechos, recogiendo el frasco de esmalte de la mesa.

—El viernes —dijo, cerrando el frasco con un chasquido—. Me compro otro color. Un rojo más intenso. Y tú me lo pintas. Pero esta vez, sin pantalones.

Fue a su habitación, con los pies descalzos dejando huellas húmedas en el parquet, y la puerta se cerró sin portazo. Yo me quedé en el salón, con el olor del borgoña impregnado en las manos, en el pecho, en la memoria. Fuera, la lluvia seguía cayendo, indiferente. Pero yo tenía una cita el viernes. Y por primera vez en ocho meses, no sentí vergüenza de mi deseo.

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