El piso tenía una sola virtud: el precio. Setenta metros cuadrados en Chamberí, a tres calles del metro, con ascensor que gemía como un animal herido y un baño en el que no cabía girarse sin golpearse el codo en la toallero. Me lo dejó un amigo del hermano de mi ex, un tipo que se fue a probar suerte a Lisboa y necesitaba alguien que pagara la hipoteca sin hacer preguntas. Yo, con cuarenta y dos años, una hija de ocho que me visita cada quince días y un trabajo de redactor para una web de decoración que me pagaba justo para no morirme de hambre, no hice ninguna. Firmé el contrato en una tarde, subí mis cajas en un furgón de alquiler y el sábado por la noche ya dormía en un colchón en el suelo, con la alarma del banco sonando a las ocho para recordarme que la vida seguía.
El edificio era una manzana vieja, del siglo pasado, con un patio interior cuadrado que parecía un pozo de ladrillo. Desde mi ventana del salón, en el segundo B, se veían las ventanas de otros seis pisos dispuestas en corrala: cocinas con toldos rotos, tendederos con sábanas grises, algún geranio muerto en una jardinera de plástico. Y enfrente, en el ático del cuarto, una ventana grande, de esas de aluminio nuevo, sin cortinas. Solo un estor de madera enrollado que nunca bajaban.
La primera noche ni siquiera lo noté. Estaba ocupado intentando conectar el router y buscando en qué caja había metido los cubiertos. La segunda noche, mientras deshacía una caja de libros con una cerveza en la mano, levanté la vista y la vi.
Pasó delante de la ventana como quien pasa delante de un espejo sin pensar que alguien puede estar al otro lado. Llevaba una camiseta blanca de hombre, grande, que le llegaba a medio muslo, y nada más. El pelo castaño, corto, despeinado hacia un lado. Se detuvo junto a lo que debía de ser una estantería, se inclinó para coger algo del suelo, y la camiseta se le subió. Vi sus nalgas, redondas, con una braga de algodón azul claro. Fue un segundo. Luego se enderezó, desapareció hacia la derecha, y la luz del dormitorio se apagó.
Me quedé con el libro de mitades en la mano, mirando la oscuridad de enfrente. La ventana de mi salón estaba encendida. Yo estaba iluminado como un escaparate. Me levanté de un salto, tiré de la cortina corredera de plástico que el anterior inquilino había dejado amarillenta, y me quedé en la penumbra, con el corazón acelerado y una sensación de estupidez que no supe identificar. No había hecho nada malo. Ella había dejado la ventana abierta. Yo solo había levantado la vista. Pero algo en la forma en que la había visto, en la intimidad robada de ese segundo, me hizo sentirme un intruso. Y al mismo tiempo, no pude evitar acercarme a la rendija de la cortina y mirar de nuevo. El dormitorio del ático seguía a oscuras. Solo se veía el reflejo de mi propia ventana, amarilla y solitaria.
Durante una semana bajé la persiana cada vez que anochecía. No quería problemas. No quería que la vecina del ático me señalara en la comunidad de vecinos como el viejo verde del segundo. Me concentré en montar el piso, en configurar mi escritorio junto a la ventana del salón —la única que daba al patio— y en aprender a convivir con el ruido del ascensor y los olores de los vecinos. Pero cada noche, antes de dormir, echaba un vistazo. La ventana del ático seguía sin cortinas. A veces estaba a oscuras. A veces se encendía una luz tenue, amarilla, y yo veía sombras moviéndose. Nunca miraba directamente. Solo de reojo. Como quien mira el móvil en una reunión aburrida.
El jueves siguiente trabajé hasta tarde. La web de decoración me había encargado una serie de artículos sobre "cómo aprovechar balcones pequeños" y yo, que no había tenido balcón en tres años, estaba inventando con la desesperación del que cobra a céntimo por palabra. Eran las once y media cuando cerré el portátil. Me levanté a estirar la espalda, fui a la cocina a por una cerveza, y al volver al salón vi la luz.
Estaba encendida. No la del dormitorio, la del salón del ático. Y no estaban solos.
Había un hombre. Estaba de pie junto a la isla de la cocina, con una botella de vino en la mano, diciendo algo que yo no podía oír. Llevaba una camiseta de tirantes gris y unos pantalones de chándal negros. No era especialmente alto ni musculoso. Tenía el pelo corto, oscuro, y una barba de tres días que le daba un aire de cansancio juvenil. La mujer —la de la camiseta blanca, ya la había identificado mentalmente como "la del ático"— estaba sentada en la encimera, con las piernas colgando, bebiendo de una copa. Llevaba un vestido ligero, de tirantes, con un estampado de flores que parecía de los noventa. Se reía. El hombre le decía algo, ella negaba con la cabeza, y él se acercó y le quitó la copa de las manos.
Yo debería haber bajado la persiana. Eso fue lo primero que pensé. Debería haberme ido a la cama, haber cerrado el portátil, haber hecho como que no existía. En lugar de eso, apagué la luz de mi salón. Quedé en la oscuridad, con la cerveza en la mano, invisible desde fuera. Y miré.
El hombre se colocó entre sus piernas. Ella no bajó de la encimera. Se quedó ahí, con los muslos abiertos, mientras él le ponía las manos en la cintura y le hablaba al oído. Ella echó la cabeza hacia atrás, riendo, y luego dejó de reír. El hombre le besó el cuello. Un beso largo, que subió desde la clavícula hasta la mandíbula. Ella cerró los ojos. Sus manos se fueron al pelo de él, no para atraerlo, sino simplemente para tener algo que agarrar.
Yo estaba paralizado. La cerveza se me calentaba en la mano. No me había dado cuenta de que había dejado de respirar hasta que sentí un dolor leve en el pecho y aspiré hondo. El hombre le subió las manos por los muslos, levantando el vestido. Ella levantó las caderas para ayudarle. El vestido quedó arrugado en su cintura. Debajo llevaba unas bragas de encaje negro, simples, sin adornos. Él las bajó. No de un tirón. Lentamente, besando cada centímetro de piel que iba descubriendo. Primero el vientre, luego el monte de Venus, luego el interior de los muslos. Ella separó las piernas más. Apoyó las manos en la encimera, detrás de ella, y arqueó la espalda.
Yo me senté en mi silla de escritorio, sin apartar la vista. Me dije que era como ver una película. Que no me conocían. Que no había nada de malo. Pero mi mano libre había ido a mi entrepierna, presionando a través del pantalón de chándal, y mi erección era dolorosa, innegable, vergonzosa.
El hombre se incorporó. Se bajó los pantalones. No llevaba ropa interior. Su erección saltó libre, gruesa, de un color más oscuro que el resto de su piel. Ella la tomó con una mano, sin prisa, y se la guio hacia su entrada. Él empujó. Fue un movimiento único, profundo, que la hizo jadear con la boca abierta. Ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, y él empezó a moverse.
Desde mi escondite, veía el perfil de ambos. La forma en que sus caderas chocaban contra la encimera con un ritmo que debía de hacer ruido, aunque yo no oía nada. La manera en que ella se mordía el labio inferior, con los ojos cerrados, con una mano agarrada al borde de la encimera y la otra en el hombro de él. Él la penetraba con una fuerza pausada, casi deliberada, como si estuviera contando los segundos entre embestida y embestida. En algún momento, ella abrió los ojos. Miró hacia arriba, al techo. Y luego, sin que yo pudiera anticiparlo, giró la cabeza hacia la ventana.
Hacia mí.
Mi instinto fue agacharme. Pero no lo hice. Estaba en la oscuridad. Ella no podía verme. Sin embargo, durante un segundo que duró una eternidad, sus ojos parecieron encontrarse con los míos a través del patio, a través de la noche, a través del cristal. Luego volvió a cerrarlos, echó la cabeza hacia atrás, y gritó. No supe si era de placer o si había visto algo. El hombre aceleró. La tomó por la cintura con ambas manos y la embistió con una serie de movimientos cortos, rápidos, que la hicieron resbalar un poco en la encimera. Ella gritó otra vez, esta vez más alto, y él se quedó inmóvil, clavado en ella, con la espalda tensa y los músculos de los hombros saltando visibles.
Yo me corrí en los pantalones. Fue una liberación involuntaria, vergonzosa, que me dejó sin aliento y con las manos temblorosas. No me había tocado deliberadamente. Había sido la presión, la tensión, la vista de ellos. Me levanté torpemente, fui al baño, me limpié con papel higiénico, y cuando volví al salón la luz del ático estaba apagada. Me quedé mirando la oscuridad, con la cerveza caliente en la mesa, sintiéndome a la vez culpable y vivo de una forma que no recordaba haber sentido.
No la había visto nunca de cerca. No sabía su nombre, su edad, si trabajaba o si se dedicaba a algo que yo pudiera imaginar. La había convertido en una figura abstracta, en un espectáculo nocturno que se encendía y apagaba según su voluntad. Pero el sábado siguiente, en el supermercado de la esquina, la reconocí.
Estaba en la cola de la frutería, discutiendo con el dependiente sobre si los aguacates estaban lo suficientemente maduros. Llevaba gafas de sol redondas, vaqueros rotos en la rodilla, una camiseta negra de una obra de teatro que no conocía, y el pelo castaño revuelto como si acabara de levantarse. Sin el vestido de flores, sin la luz amarilla del ático, parecía más pequeña. Más real. Tenía pecas en la nariz, una boca grande, y unos brazos fuertes que contrastaban con su estatura mediana.
Yo llevaba en la cesta una bolsa de pasta, latas de tomate y un paquete de papel higiénico. El uniforme del divorciado funcional. Cuando ella se giró para coger una bolsa de limones, nuestros ojos se cruzaron. Ella me miró. No con reconocimiento, al principio. Solo con la curiosidad de quien ve a un vecino nuevo. Luego sus cejas se alzaron apenas.
—Tú eres el del segundo B —dijo. No preguntó.
Me quedé con una lata de tomate en la mano, sintiendo que el sudor me brotaba de las axilas.
—Sí —dije, como un idiota.
—Te he visto subir cajas el día de la mudanza. Parecías a punto de infartarte con la del frigorífico.
Sonrió. Tenía un hoyuelo solo en la mejilla izquierda.
—El ascensor no funciona los fines de semana —respondí, intentando recuperar algo de dignidad—. O funciona cuando le da la gana.
—Ese ascensor es un hijo de puta. Llevo cinco años pidiendo que lo cambien.
Cinco años. Así que llevaba cinco años en el ático. Cinco años dejando las cortinas abiertas, o quizá no. Quizá era algo nuevo. No supe qué decir. El dependiente le entregó los aguacates y ella los metió en su bolsa de tela.
—¿Te gusta el barrio? —preguntó, girándose hacia mí con una naturalidad que me desarmó.
—Es... funcional.
—Funcional. Eso suena a que odias cada minuto.
—No odio. Solo aún no lo conozco.
Ella asintió, pagó los aguacates, y luego, con un gesto que pareció casual pero que ahora, al recordarlo, no lo era, se quitó las gafas de sol. Sus ojos eran marrones, con una raya verde cerca de la pupila que solo se veía de cerca.
—El patio da mucho juego —dijo.
Mi estómago se contrajo. Fue una contracción física, como un puñetazo suave.
—¿El patio?
—Sí. Las vistas. Desde el ático se ven muchas cosas interesantes. Cocinas, tendederos... ventanas.
Me miró. Directamente. Sin sonrisa, pero con algo en la comisura de los labios que no supe interpretar. Luego se puso las gafas, levantó su bolsa, y se alejó hacia la sección de congelados. Yo me quedé en la frutería, con la lata de tomate todavía en la mano, preguntándome si acababa de pasar lo que creía que había pasado.
No bajé la persiana durante tres noches. No vi nada. El ático permanecía a oscuras, o con la luz del salón encendida pero vacío. Yo trabajaba en mi artículo sobre balcones, mirando de reojo la ventana de enfrente, esperando. La frase "el patio da mucho juego" resonaba en mi cabeza como una canción pegadiza. ¿Sabía ella que yo miraba? ¿Lo había intuido? O simplemente era una observación inocente sobre la arquitectura del edificio.
El martes siguiente, la luz se encendió a las once. Esta vez fue el dormitorio. La luz era más tenue, más íntima, provenía de una lámpara de cabecera que dejaba la mitad de la habitación en sombras. Ella estaba sola. Se movía frente a un espejo que yo no había visto antes, probablemente porque estaba en la pared lateral. Se probaba algo. Una camiseta. Se la quitó. Se quedó en sujetador, un modelo sencillo de encaje beige, y unas bragas a juego. Se miró al espejo, se giró de lado, se tocó el vientre con una mano distraída. Luego se metió las manos en las bragas y se las bajó. Se quedó desnuda, con el sujetador puesto, contemplando su reflejo.
Yo estaba en mi silla, con las luces apagadas, con el portátil cerrado. Esta vez no me di excusas. Sabía exactamente qué estaba haciendo. Y sabía que ella no me veía, que estaba demasiado ocupada mirándose a sí misma.
Pero entonces sonó el timbre del ático.
Ella se giró. Dijo algo, una palabra que no pude leer en sus labios, y fue hacia la puerta. Apareció el hombre. El de la encimera. Llevaba una chaqueta de cuero sobre los hombros, como si acabara de llegar de la calle. Se acercó a ella, le cogió la cara con ambas manos, y la besó. No fue un beso de bienvenida. Fue un beso de posesión, de hambre, de "te he estado pensando todo el día". Ella respondió con la misma urgencia, le quitó la chaqueta de un tirón, y empezó a desabrocharle los pantalones.
Se movieron hacia la cama. Era grande, con cabecero de metal, deshecha. Él la empujó hacia atrás y ella cayó sentada en el borde. Él se arrodilló. Le separó las piernas, le quitó las bragas que ya estaban bajadas, y se hundió entre ellas. Yo no veía su rostro, solo la parte trasera de su cabeza y los hombros, pero vi la reacción de ella. Se echó hacia atrás, apoyándose en los codos, con la espalda arqueada y la boca abierta. Sus pechos se movían con cada jadeo, atrapados en el sujetador que aún llevaba puesto.
El hombre se levantó. Se quitó la ropa con movimientos bruscos. Cuando estuvo desnudo, la giró. La puso de pie, de espaldas a él, de frente a la ventana. A mí. Ella apoyó las manos en el cristal, con los brazos extendidos, y él se colocó detrás de ella. Le bajó el sujetador. Sus pechos quedaron libres, colgando ligeramente, con los pezones oscuros y erectos. Él los tomó con ambas manos, amasándolos, pellizcándolos, mientras ella apoyaba la frente en el cristal.
Y entonces, mientras él la penetraba desde atrás, ella abrió los ojos.
Me miró.
No hubo duda esta vez. No fue una mirada casual al techo. Sus ojos se clavaron en la oscuridad de mi ventana, directamente en el punto donde yo estaba sentado, inmóvil, con la mano sobre mi entrepierna. Y sonrió. No una sonrisa grande. Una sonrisa pequeña, secreta, de complicidad. Luego cerró los ojos de nuevo y dejó escapar un gemido que pareció atravesar el patio y golpearme en el pecho.
El hombre la embestía con fuerza. Sus caderas golpeaban sus nalgas con un ritmo que debía de ser audible en toda la habitación. Ella se movía con él, empujando hacia atrás, encontrando cada embestida. En algún momento, ella levantó una mano del cristal y le hizo un gesto. No al hombre. A mí. Un movimiento lento del dedo índice, un "ven aquí" burlón, un "te veo" que me heló y me quemó al mismo tiempo.
Me aparté de la ventana como si me hubieran disparado. Tiré de la cortina, la cerré de golpe, y me quedé en la mitad de mi salón, con la respiración agitada, la erección dolorosa, y la certeza de que me había convertido en algo más que un espectador. Era parte del juego. O eso creía.
No salí del piso en dos días. Pedí la compra por internet, trabajé con la cortina corrida, y cada vez que oía un ruido en el rellano mi corazón se disparaba. Me sentía expuesto, atrapado, ridículo. Me imaginaba a ella contándole al hombre que el vecino del segundo la espiaba. Me imaginaba una denuncia, una conversación incómoda en el portal, una nota de la administración. Pero nada ocurrió. El jueves por la mañana, al bajar la basura, encontré algo en mi buzón.
No era una carta. Era una cartulina blanca, del tamaño de una postal, doblada por la mitad. En el anverso, escrito con rotulador negro, había una sola frase: El espectáculo del martes se merece una buena cerveza. Si te atreves a mirar de cerca, sube hoy a las 22:00. 4º D. Elena.
Leí la nota diez veces en el ascensor. Mis manos temblaban. El "4º D" confirmaba que era ella, la del ático. Elena. Ahora tenía nombre. Y me estaba invitando a subir. No a una comisaría. A su casa. A las diez.
Pasé el día en un estado de nerviosismo que no recordaba haber sentido ni en mi primera cita con mi ex mujer. Me duché dos veces. Me probé tres camisas. Me dije que no iría, que era una trampa, que lo más sensato era tirar la nota y olvidar el asunto. A las nueve y media, me puse los zapatos y salí al rellano.
El ascensor funcionó. Llegué al cuarto piso con el estómago en la garganta. El rellano del ático era diferente: más amplio, con una planta en una maceta rota y una bicicleta plegada contra la pared. La puerta del 4º D tenía un timbre antiguo de latón. Lo pulsé. El sonido fue grave, antiguo.
Ella abrió casi de inmediato. Como si estuviera esperando detrás.
Llevaba vaqueros desgastados, una camiseta blanca de algodón con el cuello deshilachado, y los pies descalzos. Sin maquillaje. Sin el vestido de flores, sin el sujetador de encaje. Parecía una mujer que acababa de terminar de cenar y había recogido la cocina. Olía a incienso barato y a cerveza recién abierta.
—Sabía que vendrías —dijo, y se apartó para dejarme pasar.
El ático era exactamente como lo había imaginado desde fuera, pero al revés. El salón daba al patio, con la ventana grande por la que yo la había visto. Ahora yo estaba del otro lado del cristal. En la isla de la cocina, donde ella se había follado al hombre, había dos botellines de Mahou y un cuenco de cacahuetes.
—Siéntate —dijo, señalando un taburete alto.
Me senté. Ella tomó el otro. Nos miramos. La luz del salón era cálida, amarilla, la misma que proyectaba sombras sobre el patio. Desde allí, mi ventana del segundo B se veía como un rectángulo oscuro, con solo una luz tenue en el dormitorio.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Adrián.
—Adrián. Yo soy Elena. Y antes de que te desmayes, no voy a llamar a la policía ni a gritar. Quiero que me escuches.
Abrió su cerveza y me pasó la otra. La tomé. Estaba fría, real, tangible.
—Igor —continuó, y el nombre me golpeó con una fuerza irracional— es entrenador personal. Viene los martes y jueves. No es mi novio. No es mi marido. Es... un acuerdo. Nos conocemos desde hace año y medio. Y desde que te mudaste, hace un mes, nos dimos cuenta de que alguien ocupaba el piso de enfrente.
Tragué cerveza. El líquido me quemó la garganta.
—¿Cómo...?
—La primera noche encendiste la luz del salón mientras yo pasaba desnuda por el pasillo. Bueno, en ropa interior. Te vi. Silueta de hombre con cajas. El segundo B llevaba vacío seis meses. Igor tiene unos prismáticos de camping. Los usó para ver quién era el nuevo vecino. Te vio. Te vio mirar.
Sentí que el rubor me subía por el cuello, me quemaba las orejas.
—Eso fue...
—¿Un accidente? Lo sé. No te estabas escondiendo. Simplemente levantaste la vista. Pero luego pasó otra vez. Y otra. Y empezaste a apagar las luces para ver mejor. Igor se excitó. Mucho. Le gusta la idea de ser observado. Y a mí... —dudó, tomó un trago de cerveza—. A mí me gusta la idea de que alguien mire y no pueda tocar. De que se quede ahí, en la oscuridad, mientras yo hago lo que me da la gana.
Dejó la botella en la encimera. El sonido fue seco.
—La nota del martes —continuó—. Cuando te vi en la ventana, mirando, mientras Igor me follaba... no fue un accidente. Dejé las cortinas abiertas a propósito. Quería ver si seguías ahí. Y quería que supieras que te veía.
—¿Por qué? —logré decir. Mi voz sonía extraña, áspera.
—Porque me aburría. Porque llevaba cinco años en este ático y el único espectáculo era la señora del primero que regaba las plantas en bragas. Porque eres nuevo, pareces inofensivo, y porque... —se inclinó hacia delante, con los codos en la encimera, la camiseta colgando y mostrando el borde de un sujetador de algodón gris—. Y porque me gusta tu cara cuando te avergüenzas. Te la vi en el supermercado. Te pusiste colorado como un crío.
No supe qué decir. Ella se levantó del taburete. Caminó hacia la ventana. Bajó el estor de madera, pero no del todo. Dejó una rendija de unos cinco centímetros, justo a la altura de los ojos.
—Así es como tú nos veías —dijo, volviéndose hacia mí—. A través de una rendija. En la oscuridad. Sin ser visto.
Se quitó la camiseta. Lentamente, sin teatro. Se quedó en sujetador gris, con los pezones que se marcaban contra la tela fina. Se bajó los vaqueros. No llevaba bragas. O quizá se las había quitado antes de abrir la puerta. Sus muslos eran fuertes, con una cicatriz blanca en la rodilla izquierda que no sabía de dónde venía. Se quedó de pie, a tres metros de mí, con la luz del salón iluminándola por detrás y la rendija del estor enmarcando su silueta.
—Ahora —dijo, con una voz que había bajado de volumen hasta convertirse en un hilo—, quiero que me mires de cerca. Sin esconderte. Y quiero que me toques solo cuando yo te diga.
Se acercó. Caminó despacio, descalza, con una naturalidad que me dejó sin aliento. Se detuvo a escasos centímetros. Podía ver cada poro de su piel, cada peca, el vello fino de su vientre. Me tomó la mano. La llevó a su cadera. La dejó ahí, inmóvil, mientras ella se acercaba más, hasta que sus pechos rozaron mi pecho, hasta que sentí su aliento en mi barbilla.
—En el supermercado —susurró—, dijiste que el barrio era funcional. Quiero que esta noche dejes de ser funcional, Adrián. Quiero que seas inútil. Que no pienses. Que solo mires y hagas lo que te ordeno.
Asentí. No confiaba en mi voz.
Ella se apartó. Se sentó en el borde de la isla, la misma isla donde la había visto con Igor. Abrió las piernas. Deslizó una mano entre ellas y se tocó, despacio, sin apartar los ojos de los míos. Estaba húmeda. Lo supe por el brillo de sus dedos cuando los acercó a la luz, por el sonido suave de la fricción, por la forma en que se mordió el labio inferior.
—Quítate la ropa —ordenó.
Me desvestí. Torpemente, con las manos temblorosas. Me quedé en calzoncillos, con la erección apuntando hacia ella, vergonzosa, obvia. Ella me observó sin juzgar. Sin sonreír. Solo mirando.
—Quita los calzoncillos.
Los bajé. Mi verga saltó libre, roja, palpitante. Ella la miró. Durante largos segundos. Luego extendió la mano y la tomó. Su palma estaba fría por la cerveza, y el contraste me hizo jadear.
—Joder —murmuró, más para ella que para mí—. Eres más grande de lo que parecías desde lejos.
Me masturbó despacio. Movimientos largos, desde la base hasta la punta, con un ritmo pausado que me volvía loco. Con la otra mano, se tocaba a sí misma, frotando su clítoris en círculos que ella controlaba con una precisión cruel. Nos miramos. No había oscuridad que me protegiera. No había cristal que nos separara. Era ella y yo, a escasos centímetros, masturbándonos el uno al otro en la isla de su cocina.
—Ahora —dijo, soltándome—, quiero que me comas. Aquí. En el sitio donde me viste con Igor.
Me arrodillé. El suelo de parquet estaba frío contra mis rodillas. Ella se abrió más, apoyando los talones en el borde de la encimera, dejándome ver todo: sus labios hinchados, su entrada brillante, su clítoris erecto y expuesto. Me acerqué. Olía a ella, a jabón neutro, a algo más profundo y animal. LAMí de abajo arriba, una fricción larga que la hizo arquear la espalda. Separé sus labios con los dedos y metí la lengua dentro, moviéndola con una urgencia que no podía contener. Ella gimió, agarrándose al borde de la encimera, y empujó mis hombros con los talones para acercarme más.
—Más fuerte —ordenó—. Como si me odiaras.
No la odiaba. La deseaba con una intensidad que me desgarraba. Succioné su clítoris, lo tomé entre los labios, lo froté con la lengua mientras introducía dos dedos en su interior, curvándolos, buscando el punto que la hiciera perder el control. Ella se contoneaba contra mi boca, jadeando, con una mano en mi pelo tirando con fuerza. Cuando se vino, fue sin aviso. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cabeza, sus paredes internas se contrajeron alrededor de mis dedos, y soltó un grito ronco que debió de oírse en todo el edificio.
No me dejó recuperar. Me levantó de un tirón, me giró, y me empujó contra la encimera. Ahora yo era el que estaba de espaldas a la ventana, con el culo apoyado en el borde frío. Ella se subió a la encimera, a horcajadas sobre mí, y me guió hacia su entrada. Bajó despacio, con una lentitud que me torturó, hasta que estuve completamente dentro de ella. Estaba tan apretada, tan caliente, que tuve que agarrarme a sus caderas para no perder el equilibrio.
—Mírame —ordenó, con la respiración entrecortada—. No cierres los ojos. Quiero ver tus ojos mientras te follo.
La miré. Y vi en sus pupilas dilatadas, en su boca entreabierta, en el sudor que le caía por la sien, la misma mezcla de poder y entrega que yo sentía. Ella movía las caderas en círculos, subiendo y bajando, controlando cada centímetro. Sus pechos, atrapados en el sujetador gris, rebotaban cerca de mi cara. Se lo bajó de un tirón. Los tomé con ambas manos, los amasé, los succioné con una fuerza que la hizo gemir más alto.
—Joder, Adrián —jadeó—. Así. Justo así.
Aumenté el ritmo. La levanté de la encimera, la cargué en brazos —ella pesaba, era real, tenía huesos y músculos— y la llevé al sofá que daba al patio. La tumqué de espaldas, con las piernas abiertas, y la penetré de nuevo. Esta vez fue más duro, más profundo. Cada embestida hacía que el sofá se moviera contra la pared, que los cojines cayeran al suelo. Ella me agarraba del culo, clavándome las uñas, empujándome a entrar más, más, hasta que sentí que tocaba fondo y ella gritaba sin palabras, solo con la voz rota.
Se vino otra vez. Y otra. Cada orgasmo la dejaba más laxa, más abierta, más húmeda. Yo no podía aguantar más. La tensión de semanas, de miradas furtivas, de culpa y excitación, se acumulaba en mi base como una presión insoportable.
—Me voy a correr —avisé, jadeando.
—Dentro —ordenó ella, con los ojos vidriosos—. Quiero sentirlo. Quiero que me llenes.
Y me corrí. Fue una explosión que me cegó, que me desgarró desde dentro. Cada pulsación era una descarga eléctrica que la inundaba, mientras ella me apretaba, me succionaba, me robaba hasta la última gota. Grité su nombre, o creí gritarlo. Mi cuerpo se convulsionó sobre el suyo, con la frente apoyada en su hombro, con el sudor mezclándose con el suyo.
Cuando terminamos, nos quedamos inmóviles. El salón olía a sexo, a cerveza derramada, a nosotros. Afuera, en el patio, el edificio seguía su ruido nocturno: un gato maullando, una tubería goteando, el zumbido lejano de una nevera. Elena me acarició la espalda, con las uñas trazando líneas inútiles en mi piel.
—Igor vuelve el jueves —dijo al cabo de un rato.
Me tensé. No pude evitarlo.
—No te pongas así —rio ella, con la voz ronca—. Igor sabe que estoy aquí. Le mandé un mensaje antes de que subieras. Le dije que el vecino del segundo había aceptado la invitación.
—¿Y qué dijo?
—Dijo que le parecía justo. Que él había tenido su turno durante un año y medio, y que ahora le tocaba a ti. Pero con una condición.
—¿Cuál?
Elena se incorporó. Me miró con una mezcla de lascivia y ternura que me hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, completamente vivo.
—Quiere que el jueves estés en tu ventana. Mirando. Con las luces apagadas, como siempre. Pero esta vez, sabiendo que sabemos que estás ahí. Y esta vez —se inclinó, mordiéndome el lóbulo de la oreja—, yo le diré a Igor exactamente lo que siento mientras me folla. Y todo será para ti. Cada gemido, cada mirada hacia tu ventana, cada orden que le dé. Será un espectáculo, Adrián. Pero tú ya no serás un espectador. Serás el director.
Me quedé en su sofá, desnudo, con su olor impregnado en mi piel, mirando por la rendija del estor hacia mi propia ventana oscura. Pensé en mi piso vacío, en mi colchón en el suelo, en mi vida funcional y ordenada. Pensé en la nota que había encontrado en el buzón, en la cerveza que aún estaba en la encimera, en la forma en que ella me había mirado desde la ventana mientras otro hombre la penetraba.
Y supe, con una certeza que me erizó la piel, que el jueves estaría ahí. Con las luces apagadas. Con la mano sobre mi entrepierna. Mirando. Pero esta vez sin culpa. Esta vez sabiendo que el ángulo del patio no era un accidente. Que Elena lo había elegido. Que yo era parte del juego desde el principio, aunque no lo supiera.
Elena se levantó del sofá. Se puso mi camisa, la que yo me había quitado, y fue a la cocina a por otra cerveza. Me ofreció una. La tomé. Bebimos en silencio, mirando el patio, esperando el jueves.
El ángulo del patio
Un divorciado recién mudado descubre que el dormitorio del ático de enfrente tiene las cortinas abiertas. Lo que empieza como una mirada furtiva se convierte en un juego de tres bandas donde mirar deja de ser un pecado solitario.
