Llegué a la Torre de Cristal Negro cuando la tormenta de cenizas llevaba tres días sin cesar. Mi caballo había muerto a cuatro leguas de allí, congelado en mitad de un galope, y yo caminé el resto del camino con una herida de garra de sombra en el costado que olía a carne podrida y a magia negra. A mis treinta y ocho años, había cazado bestias en los páramos de Valthar, había dormido en fosas de hielo y había matado a un hombre por encargo del Concilio sin preguntar su nombre. Pero nunca había visto una tormenta como aquella: ceniza gris que caía como nieve, que se metía entre las armaduras, que abrasaba la piel con un frío antinatural. Cuando vi la torre erguida contra el cielo violáceo, pensé que era una alucinación. Hasta que la puerta se abrió.
Ella no llevaba capa. Solo un vestido interior de lana burda, cenido en la cintura con una correa de cuero, y una bata de seda negra abierta sobre los hombros como si acabara de levantarse de un lecho de enfermo. Tenía el pelo rojo oscuro, enredado, cayéndole por la espalda en una masa desordenada. Y cuando se inclinó para ayudarme a cruzar el umbral, la tela se tensó sobre un pecho generoso, exuberante, que no esperaba encontrar en un lugar donde la comida escaseaba y el frío consumía calorías como un dragón devora carbón.
—Estás muerto —dijo, sin preámbulos. Su voz era grave, con un acento del norte que arrastraba las erres.
—Aún no —respondí, escupiendo ceniza negra.
—Pero lo estarás si no te quito eso de encima.
Me arrastró al interior. La torre olía a pergaminos viejos, a cera de vela con runas, a algo dulce y especiado que no supe identificar. Me sentó en un banco de piedra junto al hogar. El fuego no era normal: ardía con llamas azules, sin leña, alimentado por un cristal pulsante en la chimenea. Ella desabrochó mi jubón de cuero con movimientos eficientes, sin delicadeza. Cuando llegó a la camisa de malla, la cortó con un puñal que apareció de la manga de su bata.
—Esa malla costó tres monedas de oro —protesté, débil.
—Y tu vida no tiene precio, rastreador. Aunque dudo que alguien más que yo piense así.
Me miró a los ojos por primera vez. Los tenía verdes, con motas doradas cerca de la pupila, y una cicatriz blanca que le cruzaba la ceja izquierda. No era joven. Debería tener cerca de mis años, quizá un poco menos. Su nariz era ancha, su boca grande, y tenía una mancha de tinta en la barbilla que no parecía importarle. Cuando se inclinó para examinar la herida, su pelo cayó sobre mi pecho desnudo, y sentí el roce de sus pechos contra mi hombro, una presión suave pero innegable a través de la lana fina.
—Garra de sombra —murmuró, palpando el borde ennegrecido de la herida—. Tienes suerte de que llegaras. Otra hora y la magia negra habría llegado al corazón.
—No creo en la suerte.
—Entonces cree en mí.
Se apartó y fue a buscar algo en los estantes que cubrían las paredes circulares de la torre. Miles de pergaminos, libros encadenados, frascos con líquidos que brillaban en la penumbra. Yo la observé moverse. Su cuerpo no era el de las damas de la corte de Valthar, esqueléticas y empolvadas. Ella tenía caderas anchas, muslos fuertes, y aquel pecho que se movía con cada gesto, pesado, real, una provocación física que no parecía calcular. Cuando se giró con un frasco de cristal verde en la mano, la luz azul del fuego iluminó su perfil y vi que no llevaba nada debajo de la bata. El vestido interior era solo eso: interior.
—Soy Seraphine —dijo, vertiendo el líquido sobre la herida.
El dolor fue cegador. Grité, o creí gritar, pero el sonido quedó atrapado en mi garganta. Ella me sujetó la nuca con una mano firme, inmovilizándome, mientras con la otra frotaba el ungüento en la herida con movimientos circulares que iban más allá de la zona infectada. Sus dedos subieron por mi costado, bajaron hasta la cadera, trazaron patrones que reconocí como runas de sanación, pero que también eran caricias.
—Debes quedarte —dijo, sin preguntar—. La tormenta durará al menos una semana. Nadie cruza el páramo en estas condiciones.
—Tengo un encargo.
—El encargo puede esperar. La muerte, no.
Me vendó con tiras de seda que arrancó de un estante. Cuando terminó, estaba tan cerca que sentía su aliento en mi mejilla. Olía a menta silvestre y a sudor propio. No se apartó. Sus ojos bajaron a mi boca, luego a mi pecho, y luego, deliberadamente, a la entrepierna de mis pantalones de cuero, donde la tensión del dolor y su proximidad habían provocado una reacción que no podía ocultar.
—Los rastreadores sois resistentes —dijo, y no hablaba de la herida.
—Los archivistas sois directos.
—Aquí no hay corte. No hay etiqueta. Solo hay ceniza, libros, y el frío que se cuela por las rendijas.
Se apartó entonces, de golpe, como si recordara quién era. Fue a la cocina, una alcoba separada por una cortina de cuentas, y volvió con un caldo humeante en un cuenco de hierro. Me lo ofreció. Nuestras manos se rozaron. Ella no retiró la suya de inmediato.
—Gracias —dije.
—No me des las gracias todavía. Mañana te toca a ti.
—¿A mí?
—La leña no sube sola. Y los estantes superiores necesitan limpieza. Si vas a quedarte, trabajarás.
Asentí. Bebí el caldo. Estaba salado, grasiento, delicioso. Ella se sentó frente a mí, en un taburete bajo, con las piernas cruzadas de forma que la bata se abrió y vi el interior de sus muslos, la piel pálida, el vello oscuro. No se cubrió. Me miró mientras yo miraba, y en sus ojos había un desafío.
—Duermo en el altillo —dijo—. Tú, aquí, junto al fuego. Hay mantas en el arcón.
—Seraphine.
—¿Sí?
—¿Por qué vives sola en una torre en medio de la nada?
Dejó el cuenco. La luz azul del fuego hizo que sus ojos parecieran gatos de las nieves.
—Porque hice un pacto. Hace diez años. A cambio del conocimiento de los sellos antiguos, debo custodiar los archivos hasta que la tormenta de cenizas termine.
—Pero la tormenta nunca termina.
Sonrió. Fue una sonrisa triste, pero también traviesa.
—Exacto.
Se levantó. Subió a su altillo por una escalera de caracol. No se despidió. Yo me quedé junto al fuego azul, con la herida palpitando y el cuerpo en llamas por algo que no era fiebre. Me envolví en una manta y cerré los ojos, pero solo veía la forma en que sus pechos se movían bajo la lana, la mancha de tinta en su barbilla, la promesa de sus muslos abiertos.
Los días siguientes fueron una tortura de proximidad.
Seraphine no creía en la ropa formal. Se movía por la torre en combinaciones de lana y seda que dejaban poco a la imaginación: un corpiño ajustado que hacía que su escote pareciera una invitación constante, faldas que se enredaban en sus caderas cuando subía la escalera, dejando ver las medias de lino que se le caían por los muslos. Trabajaba en los estantes superiores, y yo, desde abajo, le pasaba los libros. Cada vez que se estiraba, su cuerpo se arqueaba, y yo veía la curva de su vientre, el peso de sus senos contra el borde del estante, la tensión de su cuello.
—Ese, el de lomo rojo —ordenaba.
—Este.
—Más arriba. A tu izquierda.
Me acercaba. Ella bajaba. Nuestros cuerpos se rozaban en el espacio estrecho entre los estantes. Una vez, cuando me giré con un volumen pesado, mi cadera chocó contra su vientre. Se quedó quieta. Yo también. El libro cayó al suelo con un estruendo que nos sobresaltó, pero ninguno se agachó a recogerlo. Ella estaba tan cerca que sentía el calor de su piel, el roce de su respiración en mi barba de varios días.
—Thalor —dijo, y fue la primera vez que usaba mi nombre.
—Seraphine.
—Hueles a cuero quemado y a hombre. Es una combinación peligrosa.
—¿Por qué peligrosa?
—Porque me hace olvidar el pacto.
Se apartó. Pero esa noche, mientras cenábamos sentados en el suelo frente al fuego, ella se sentó más cerca de lo necesario. Nuestros hombros se tocaban. Nuestras rodillas se rozaban. Me hablaba de los sellos antiguos, de la magia que contenía la tormenta, pero su voz se había vuelto más baja, más ronca. Cuando se inclinó para servirme más vino de un odre —un licor dulce y fuerte que ella misma destilaba—, su pecho rozó mi brazo. Fue un contacto breve, pero deliberado. Lo supe porque sus ojos se encontraron con los míos y no se apartaron.
—¿Cuánto hace que no tocas a nadie? —preguntó de repente.
—Demasiado.
—¿Cuánto es demasiado?
—Dos años. Desde antes del divorcio.
—Yo, diez. Desde el pacto. Nadie sube a la torre. Nadie baja.
Se llevó el odre a los labios y bebió directamente. Una gota escapó por la comisura de su boca. Sin pensar, sin pedir permiso, alcé la mano y la sequé con el pulgar. Ella no se movió. Solo cerró los ojos. Cuando abrió la boca para decir algo, yo me incliné y la besé.
Sabía a vino y a menta y a algo amargo, como tinta. Su boca se abrió de inmediato, sin timidez, y su lengua encontró la mía con una urgencia que me desarmó. Se apoyó en mí, y sentí el peso completo de sus pechos contra mi pecho, una suavidad abrumadora que me hizo gemir. Sus manos subieron por mi cuello, se enredaron en mi pelo, y me empujó hacia atrás hasta que quedé tumbado en las pieles que cubrían el suelo junto al fuego.
Se incorporó sobre mí, a horcajadas. El vestido interior se había subido, y sentí sus muslos desnudos contra mi cintura. Se quitó el corpiño de un tirón, sin botones, solo un lazo que deshizo con dedos ágiles. Sus pechos quedaron libres, y fueron más hermosos de lo que había imaginado: grandes, con pezones oscuros y erectos, que se balancearon ligeramente cuando se inclinó para besarme de nuevo. Los tomé con ambas manos, los amasé con una reverencia que rápidamente se convirtió en hambre. Eran pesados, reales, la piel suave como la seda de sus estantes. Cuando pellizqué los pezones, ella arqueó la espalda y gimió, un sonido que resonó en las paredes de piedra.
—Más —ordenó—. No me trates como a una dama. Llevo diez años sin esto.
La giré. Fue un movimiento brusco, de rastreador, y ella lo recibió con una risa áspera. Quedó boca arriba sobre las pieles, con el pelo rojo extendido como una corona, los pechos cayendo hacia los lados, los muslos abiertos. Me desabroché los pantalones con torpeza, con la urgencia de quien sabe que el tiempo es enemigo. Ella me observó, con los ojos encendidos por el fuego azul, y cuando saqué mi erección, su boca se abrió en una o de anticipación.
—Ven aquí —dijo, y me tomó de la cadera.
Me guió hacia ella. No penetré de inmediato. Froté mi glande contra su entrada, sintiendo la humedad que ya la empapaba, escuchando sus jadeos entrecortados. Ella levantó las caderas, buscando, suplicando sin palabras. Pero yo quería prolongar esto. Quería verla deshacerse antes de perderme en ella.
Bajé la cabeza y tomé uno de sus pezones en la boca. Succioné con fuerza, mordisqueé, sentí cómo se endurecía contra mi lengua. Ella gritó, sin contenerse, y sus uñas se clavaron en mi espalda. Con la mano derecha, encontré su clítoris. Estaba hinchado, expuesto, y froté con el pulgar en círculos firmes mientras mi boca devoraba sus pechos, pasando de uno a otro, dejándolos brillantes de saliva.
—Thalor... por los dioses... —jadeó.
—¿Sí?
—Dentro. Ahora. O te echo un hechizo que te dejará impotente diez años.
Me reí contra su piel. Luego penetré.
Fue un movimiento largo, profundo, que nos unió de golpe. Ella gritó, no de dolor, de liberación. Estaba tan húmeda, tan caliente, que por un segundo temí no durar ni un minuto. Pero ella me apretó desde dentro, con una fuerza muscular que solo una mujer que ha pasado décadas sola, practicando magia de contracción, podría tener. Me retuve.
Empecé a moverme. El fuego azul proyectaba sombras retorcidas en las paredes. Cada embestida hacía que sus pechos se movieran en oleadas, y yo no podía dejar de mirarlos, de tocarlos, de pellizcarlos mientras ella se contorsionaba debajo de mí. Ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, clavando los talones en mis nalgas, obligándome a entrar más profundo.
—Más fuerte —gritó—. Como si me odiaras.
No la odiaba. La deseaba con una intensidad que me asustaba. Aumenté el ritmo, embistiendo con fuerza, sintiendo cómo el borde de la locura se acercaba. Ella se movía conmigo, encontrando cada golpe con sus propias embestidas, una danza violenta y perfecta. Cuando se vino, fue sin aviso. Sus paredes internas se contrajeron con espasmos brutales, sus uñas me rasgaron la espalda, y gritó mi nombre con una voz que debió de oírse en el páramo.
Yo no pude resistir. La abracé, hundiendo mi rostro entre sus pechos, y me dejé ir con una serie de pulsaciones que me desgarraron desde la base de la columna. Cada descarga fue una explosión de placer cegador, mientras ella me apretaba, me succionaba, me robaba hasta la última gota.
Nos quedamos inmóviles, jadeando. El fuego azul crepitaba. Fuera, la tormenta de cenizas golpeaba los cristales de la torre con una furia que parecía envidia.
Seraphine me acarició el pelo. Su pecho subía y bajaba bajo mi mejilla, un colchón cálido y real.
—La tormenta durará una semana más —dijo, ronca.
—Lo sé.
—Entonces tendrás que quedarte.
Levanté la cabeza. Ella me miraba con esos ojos de gato, la cicatriz en la ceja, la mancha de tinta que aún tenía en la barbilla.
—El pacto —dije—. ¿No prohíbe esto?
Sonrió. Fue una sonrisa de loba.
—El pacto habla de custodiar los archivos. No menciona nada sobre custodiar mi cama.
Me besó. Suave esta vez, casi dulce. Luego se incorporó, desnuda, gloriosa, y fue a buscar más vino. Yo la observé moverse entre las sombras, con sus caderas anchas, sus muslos fuertes, sus pechos que se balanceaban con cada paso. Pensé en el encargo que me esperaba, en el Concilio, en el mundo de abajo que seguía girando sin nosotros.
Pero esa noche, mientras la ceniza caía sobre el páramo infinito, solo existía la torre, el fuego azul, y la archivista que me miraba desde el umbral del altillo, extendiendo la mano para invitarme a subir.
