Erótica

La línea del rodillo

Diez años de amistad sin fisuras. Un fin de semana de pintura, calor y cervezas en un piso vacío. Una noche en la que el sofá cama resultó demasiado pequeño para tanto espacio nuevo.

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Portada de La línea del rodillo

Marta aparcó el coche justo delante de la puerta del portal y miró hacia arriba. El edificio era uno de esos bloques de los años setenta con barandillas de hierro oxidadas y un olor a comida de domingo que se colaba por el portalón siempre abierto. Quinto piso, sin ascensor. Subió los escalones con dos bolsas de plástico repletas de cervezas y un paquete de bocadillos que le había pedido Iván por teléfono esa misma mañana.

—Joder, Marta, eres la puta ama —dijo él al abrir la puerta.

Llevaba unos pantalones de chándal cortados con tijeras desastrosas, una camiseta vieja de un concierto y las gafas de ver subidas a la coronilla. Tenía el pelo revuelto, manchas de algo blanco en el antebrazo y una marca de sueño en la mejilla izquierda. El piso detrás de él era un caos concertado: cajas apiladas, rollos de papel de burbujas, y una pared del salón medio despellejada donde aún quedaban restos de un papel pintado con flores amarillas que debía de tener cuarenta años.

—Parece que llevas aquí una semana viviendo en una obra —dijo ella, entrando y dejando las bolsas en lo que parecía ser la única superficie libre: una caja de libros con la solapa hacia arriba.

—Llevo tres días durmiendo en el sofá cama y duchándome con agua fría porque el termo es una mierda. Bienvenida al paraíso.

Marta se rio. Se quedó los vaqueros puestos, pero se quitó la camiseta de tirantes que llevaba encima, quedándose en un sujetador deportivo negro. Hacía calor. Un calor húmedo de julio que se concentraba en el salón porque las ventanas estaban cerradas para que no entrara polvo de la obra del vecino de enfrente.

—¿Por dónde empezamos? —preguntó.

Iván le señaló la pared del fondo.

—Hay que quitar todo ese papel de psicópata. Tengo el utensilio ese... ¿cómo se llama? El rascador.

—Espátula.

—Eso. Y un pulverizador con agua y lejía. He leído en internet que hay que humedecerlo primero.

Se pusieron manos a la obra. El trabajo era asqueroso. El papel se desprendía a tiras, dejando una capa de engrudo pegajoso que olía a cerrado y a algo dulzón que Marta prefirió no identificar. Sudaban. El ruido del rascador contra la pared era seco y monótono. A los veinte minutos, Iván se quitó la camiseta. Marta lo había visto sin camiseta cientos de veces: en la playa, en el gimnasio, en veranos de antes. Pero allí, en esa habitación vacía con la luz entrando a raudales, notó algo que la descolocó. Quizás fue la forma en que el sudor le bajaba por la línea del cuello y se perdía en el pecho. O la manera en que sus músculos de la espalda se tensaban al levantar el brazo. Lo apartó de su cabeza. Era Iván, por Dios. Iván, que una vez vomitó en sus zapatos en Nochevieja. Iván, que le había prestado dinero cuando se quedó en paro y nunca le pidió un justificante.

—¿Tú crees que esto sale hoy? —preguntó él, sin darse la vuelta.

—Ni de coña. Esto es trabajo para todo el fin de semana. ¿Me has dicho que tu hermano venía a ayudar mañana?

—Ha quedado con una chica de Bumble. Me ha dejado tirado.

—Clásico de Raúl.

—¿Quieres una cerveza? Ya es mediodía en alguna parte.

Marta se enderezó. Tenía el pelo recogido en un moño deshecho y mechones pegados a la sien. Se pasó el dorso de la mano por la frente.

—Sí, va.

Iván fue a la cocina, que estaba separada por un arco sin puerta. Volvió con dos latas abiertas. Cuando se la tendió, sus dedos se rozaron. Fue un contacto breve, el metal frío contra la piel caliente. Marta levantó la vista. Iván ya había apartado la mano y se había llevado la lata a la boca. Bebió. Ella hizo lo mismo. El líquido estaba tibio.

—Tienes que comprar una nevera nueva —dijo ella.

—Es la siguiente en la lista. Después de terminar esto, antes de que me desalojen.

—¿Cuánto te queda?

—Dos semanas del piso viejo. El casero ya ha enseñado el otro apartamento. Vino un tío con perro y todo.

Bebieron en silencio un rato, mirando la pared destrozada. Luego volvieron al trabajo. La conversación fluyó con la naturalidad de quienes se conocen desde hace una década. Hablaron del trabajo: ella, liada con un proyecto de reforma de un local en Chamberí; él, intentando que un autor de thriller le entregara el manuscrito que llevaba seis meses de retraso. Hablaron de Raúl, del hermano de Iván, que siempre quedaba con chicas a las que luego ghosteaba. Hablaron de una amiga común que se había mudado a Lisboa.

A eso de las tres, el salón parecía un campo de batalla. Había trozos de papel por el suelo, charcos de agua con lejía y dos cuerpos que olían a sudor acumulado. Marta se había bajado los vaqueros hasta las rodillas en un gesto impulsivo, llevando ahora unas braguitas de deporte negras debajo y el sujetador. Iván llevaba los pantalones de chándal y el torso descubierto. Se sentaron en el suelo, sobre un plástico sucio, y comieron los bocadillos de jamón con los envoltorios de papel de aluminio como platos.

—Está bueno —dijo ella, con la boca llena.

—Es del de la esquina. El que tiene el perro boxer.

—Ah, sí. El que te mira como si le debieras dinero.

Iván se rio. Se recostó contra una caja, estirando las piernas. Tenía las rodillas sucias de polvo blanco.

—Oye —dijo de repente, mirando al techo—. ¿Tú qué tal llevas lo de... ya sabes, el tema ligoteo?

Marta masticó despacio. Se encogió de hombros.

—Ni fu ni fa. Estuve un mes en Tinder el invierno pasado. Un desastre. Un tío me llevó a un afterwork de su empresa en el primer encuentro. Me presentó como "una amiga del gimnasio".

—Qué fuerte.

—Tú dirás. Y tú, ¿sigues con lo de la chica de la editorial?

—Laura. Cortamos hace tres meses. No funcionaba. Demasiado... no sé. ¿Cómo se dice? ¿Amable? Todo el tiempo siendo educados. Incluso follando parecía que estábamos en una reunión de vecinos.

Marta soltó una carcajada. Se limpió los labios con el dorso de la mano.

—¿Y eso es malo?

—No es malo. Es agotador. A veces quieres que alguien te mire como si le apetecieras de verdad, no como si estuviera haciendo un trámite.

Marta dejó el bocadillo a medio comer. Lo miró. Iván tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, la lata de cerveza apoyada en el estómago. La luz del sol de la tarde le daba de lado, marcando las sombras de sus pómulos. Ella sintió algo extraño en el pecho. Un tirón. Lo atribuyó al calor.

—Vamos a terminar esto —dijo ella, levantándose—. Si no, mañana no pintamos ni la mitad.

La tarde avanzó con una lentitud pegajosa. Empezaron a dar la primera capa de pintura en la pared que ya habían dejado limpia. Iván había puesto música de su móvil: una lista de Spotify con indie de los dos mil diez. Marta canturreaba mientras pasaba el rodillo. La pintura era blanca mate, olía a nuevo, a promesa. A veces sus cuerpos se cruzaban en el espacio reducido del salón. Un roce de cadera al girarse. Su hombro contra el de ella al alcanzar la parte alta de la pared. Él le pasó el rodillo y sus manos se tocaron de nuevo, esta vez con pintura blanca entre los dedos.

—Mierda —dijo ella, mirándose la mano.

—Toma. —Iván le tendió un trapo. Pero en lugar de darle el trapo, la agarró de la muñeca y le limpió el dorso con el pulgar. El gesto fue lento. Demasiado lento. Marta no se movió. El pulgar de Iván dejó una marca blanca en su piel morena, luego la borró con el trapo. Sus ojos se encontraron. Estuvieron así un segundo. Dos. El aire acondicionado portátil que Iván había alquilado rugía en una esquina.

—Tienes pintura en el cuello —dijo él, con la voz baja.

—¿Dónde?

—Aquí. —Señaló un punto justo debajo de la mandíbula. No la tocó.

Marta se limpió ella misma, frotando con fuerza.

—Gracias.

—De nada.

Siguieron pintando. Pero algo había cambiado. El silencio entre canciones ya no era cómodo. Era denso, cargado de algo que ninguno de los dos nombraba. Cuando Marta se agachó para recargar el rodillo en la cubeta, notó la mirada de Iván en sus piernas. Cuando él se estiró para alcanzar un rincón alto, ella vio la línea de su cintura sobre los pantalones de chándal, el vello que se perdía hacia abajo. Apartó la vista. Era ridículo. Era Iván.

A las ocho, el sol empezó a bajar. La pared del fondo lucía ya un blanco imperfecto, con manchas que necesitaban segunda capa. Iván propuso pedir sushi y Marta aceptó. Mientras esperaban la entrega, ella se dio una ducha en el baño que aún tenía la bañera vieja con patas de león. El agua salía tibia, no caliente. Se enjabonó con un gel de ducha genérico que olía a limón barato. Cuando salió, llevaba puesta una camiseta grande de algodón que usaba para dormir y unas bragas de encaje negro. No había traído ropa de estar por casa; había pensado que volvería a su piso esa misma noche. Pero estaba cansada, había bebido tres cervezas, y la idea de conducir cuarenta minutos le resultó de repente absurda.

—Me quedo en el sofá cama —dijo, saliendo al salón con el pelo mojado.

Iván se había duchado después de ella. Llevaba unos pantalones de deporte grises y una camiseta blanca vieja. El pelo oscuro le caía sobre la frente. Olía a jabón.

—¿Seguro? Es un trasto incómodo.

—Seguro. Mañana seguimos pintando temprano.

Comieron en el suelo, con palillos, directamente de los envases de cartón. Hablaban de tonterías, de una serie que habían visto ambos, de si el wasabi era o no un invento del demonio. Pero las miradas se alargaban. Marta notaba que Iván la observaba cuando creía que ella no se daba cuenta. Y ella hacía lo mismo. Se fijaba en la forma en que sus labios se cerraban alrededor del palillo, en el movimiento de su nuez al tragar cerveza. Era una observación nueva. Como si nunca antes le hubiera prestado atención a esos detalles.

—Vamos a ver una peli —propuso él cuando terminaron.

—Va. Pero algo ligero. Que no piense.

Iván desplegó el sofá cama, que chirrió protestando. Saco una manta fina de una caja marcada como "dormitorio" y la extendió sobre el colchón improvisado. El aire acondicionado seguía en marcha, y ahora, con el sol caído, el piso había cogido una temperatura agradable. Se sentaron uno al lado del otro, con la espalda contra el respaldo del sofá, las piernas estiradas sobre el colchón. Iván puso una comedia romántica de esas que fingían odiar pero que ambos habían visto tres veces.

A la media hora, Marta tenía frío. La manta no era suficiente. Se acercó un poco a Iván, buscando su calor. Él no se movió. Pero su brazo derecho, el que estaba más cerca de ella, se tensó. En la pantalla, dos actores discutían en un aeropuerto. En el salón oscuro de Iván, solo quedaba la luz azulada de la tele.

—Marta —dijo él, de repente, sin apartar la vista de la pantalla.

—¿Qué?

—¿Tú nunca has pensado...? —Se detuvo. Apretó los labios.

—¿En qué?

Iván giró la cabeza. La miró. Estaban tan cerca que ella podía ver las motas grises de sus ojos, el pequeño lunar que tenía en la sien.

—En nosotros —dijo. —Quiero decir... en que llevamos diez años viéndonos. Diez años. Y nunca... nunca ha pasado nada. ¿No te parece raro?

Marta sintió que el corazón le golpeaba las costillas. No de forma violenta, sino con un ritmo nuevo, distinto. Mantuvo la voz firme.

—Es que éramos amigos. Tú tenías a Elena. Yo tenía a Carlos. Luego tú a Laura. Luego yo a... bueno, a nadie, pero tú a Laura otra vez.

—Pero ahora no tengo a nadie. Y tú tampoco.

El silencio se instaló entre ellos. En la tele, la música de la película subía de tono. Marta no apartaba la vista de Iván. Él no apartaba la vista de ella.

—¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo? —preguntó ella.

—No lo sé. ¿Qué crees que estoy diciendo?

Marta se rio. Fue una risa breve, nerviosa.

—Que quizás... —Ella misma se sorprendió al hablar—. Que quizás nos hemos perdido algo.

Iván se movió. No mucho. Solo lo suficiente para que su rodillo rozara el de ella bajo la manta.

—¿Tú crees?

—Iván, eres mi mejor amigo. Si esto sale mal...

—¿Y si no sale mal?

Marta tragó saliva. Notaba el calor de su pierna contra la suya a través de la tela. La camiseta que llevaba puesta era fina; no llevaba sujetador. Se sentía expuesta y, al mismo tiempo, protegida por la oscuridad.

—A veces pienso qué habría pasado —dijo ella, casi en un susurro—. Si en algún momento, hace años, uno de los dos hubiera dado un paso.

Iván levantó la mano. La llevó al rostro de Marta. Le apartó un mechón de pelo mojado con una delicadeza que la desarmó. Luego deslizó el pulgar por su pómulo, por la comisura de sus labios. Ella no se movió. Solo cerró los ojos un instante.

—Marta —dijo él.

—Dime.

—No quiero cagarla.

—Yo tampoco.

—Pero te deseo. Te deseo ahora. Y no sé desde cuándo.

Ella abrió los ojos. La franqueza de Iván la atravesó. No había flores de retórica, no había música de violines. Solo un hombre que olía a jabón barato, en un piso sin amueblar, diciéndole la verdad.

—Yo también —dijo ella.

Iván se inclinó. Lo hizo despacio, dándole tiempo a retroceder. Marta no retrocedió. Sus labios se encontraron. Fue un beso suave al principio, casi interrogativo. El tipo de beso que se dan dos personas que no saben si están haciendo lo correcto. Pero luego algo se rompió. O se encendió. Iván le puso una mano en la nuca, entrando en sus dedos entre el pelo húmedo, y la atrajo hacia sí. Marta gimió. No pudo evitarlo. Abrió la boca y la lengua de Iván encontró la suya con una urgencia que la dejó sin aliento.

Se movieron sobre el sofá cama. La manta se cayó al suelo. Iván la empujó suavemente hacia abajo, quedando medio encima de ella. Marta sintió su peso, su calor, la dureza que empezaba a notarse contra su muslo a través de los pantalones de deporte. Él le besó el cuello, mordisqueó la clavícula. Ella arqueó la espalda, buscando más contacto.

—Joder —suspiró él contra su piel—. Llevo todo el día mirándote. En el sujetador. Con las bragas esas...

—¿Cuándo has visto mis bragas?

—Cuando te agachabas. No quería mirar. Pero no podía evitarlo.

Marta le agarró la cabeza con ambas manos y lo obligó a mirarla a los ojos.

—Entonces mírame ahora.

Iván la besó de nuevo, esta vez sin contemplaciones. Su mano bajó por el costado de Marta, rozando la curva de su cadera, y se deslizó bajo la camiseta. Encontró su piel desnuda, caliente. Subió hasta el pecho, amasándolo con una mezcla de torpeza y necesidad. Marta jadeó cuando le rozó el pezón con el pulgar. Se le puso duro al instante. Ella le metió las manos bajo la camiseta a él, recorriendo su espalda, los músculos tensos, la piel de gallina.

—Quítatela —ordenó ella.

Iván se sentó a horcajadas sobre ella y se quitó la camiseta de un tirón. El pecho desnudo a la luz azulada de la tele era mejor de lo que ella había imaginado. No era un gimnasio perfecto; tenía vello oscuro, una cicatriz pequeña en una costilla, la piel blanca donde no le daba el sol. Era real. Marta se incorporó y le lamió el pezón. Iván gruñó. Le agarró las caderas con fuerza.

—Tú también —dijo él, ronco.

Marta se quitó la camiseta por la cabeza. Sus pechos quedaron al descubierto, con los pezones erectos por el frío del aire acondicionado y la excitación. Iván los miró con una hambre que la hizo sentir deseada de una forma brutal, primitiva. Se inclinó y tomó uno en su boca, chupando con fuerza mientras su mano bajaba por el vientre de ella, llegando hasta el borde de sus bragas.

—¿Sí? —preguntó, con la voz ahogada contra su piel.

—Sí —jadeó ella—. Sí, Iván, por favor.

Él metió la mano por debajo de la tela de encaje. Encontró humedad. Mucha. Marta separó las piernas sin pudor. Iván deslizó un dedo entre sus pliegues, buscando el clítoris. Lo rozó con la yema. Marta soltó un gemido alto que resonó en el piso vacío. Se mordió el labio.

—Fuck —susurró él—. Estás empapada.

—Es tu culpa. Todo el día... mirándote... sin camiseta...

Iván introdujo un dedo dentro de ella. Marta se contrajo a su alrededor. Él movió la mano con una cadencia lenta, profunda, mientras seguía chupándole los pechos. Marta se agarró a sus hombros, dejando marcas. Quería más. Necesitaba más.

—Quiero verte —dijo ella—. Quiero verla.

Iván se apartó. Se bajó los pantalones de deporte junto con los calzoncillos. Su polla salió erecta, gruesa, con la punta brillante de preseminal. Marta la miró con los ojos entrecerrados. La agarró con la mano. Era cálida, pesada, la piel suave sobre la dureza. Empezó a masturbarlo despacio, desde la base hasta la punta, extendiendo el líquido con el pulgar.

—Joder, Marta —gimió él, echando la cabeza hacia atrás.

—¿Cuánto hace que no la tocan así?

—Demasiado. No... no parecido a esto.

Ella se incorporó, lo empujó para que se sentara en el colchón, y se arrodilló entre sus piernas. Le miró a los ojos un segundo, luego se llevó la polla a la boca. Iván soltó un taco. Marta la tomó hasta donde pudo, usando la mano para lo que no cabía. Chupó con fuerza, moviendo la lengua por la parte inferior, saboreando la salinidad de su excitación. Iván le agarró el pelo, no para guiarla, sino como quien se aferra a un salvavidas.

—Para —dijo al cabo de un minuto, jadeando—. Para o me corro.

Marta se apartó. Tenía los labios hinchados, los ojos brillantes.

—No quiero que te corras todavía. Quiero que me folles.

La palabra sonó cruda en su boca. A Iván pareció volverlo loco. La agarró de los hombros y la tumbó de espaldas en el sofá cama. Le quitó las bragas de un tirón, rasgando una costura. Marta rio, excitada. Él se quedó un momento mirándola, completamente desnuda ante él, con las piernas ligeramente separadas, el sexo expuesto, húmedo, abierto.

—Eres preciosa —dijo. No sonó a cumplido de película. Sonó a constatación, a algo que le había costado años ver.

—Deja de mirar y fóllame.

Iván se inclinó sobre ella. Guió su polla con la mano, frotándola contra la entrada de Marta, mojándose en su humedad. Ella levantó las caderas, implorando. Cuando finalmente entró, lo hizo de una embestida profunda. Marta gritó. No de dolor; de alivio, de plenitud. De que por fin algo que no sabía que necesitaba ocupara el vacío.

—¿Estás bien? —preguntó él, quieto dentro de ella, temblando por el esfuerzo de contenerse.

—Sí. No pares. No te atrevas a parar.

Iván empezó a moverse. Primero despacio, con embestidas largas que llegaban hasta el fondo. Luego más rápido, con una urgencia que hacía crujir el sofá cama. Marta le clavó las uñas en la espalda, envolvió las piernas alrededor de su cintura, encontrando el ángulo perfecto para que su pubis frotara contra ella en cada embestida. El sonido de sus cuerpos golpeándose, húmedos, llenaba la habitación.

—Más fuerte —ordenó ella.

Iván obedeció. La penetraba con una fuerza que movía el colchón entero. Marta sentía cada embestida en la boca del estómago, una presión deliciosa que crecía con cada golpe. Le mordió el hombro. Él le agarró una rodilla y la abrió más, penetrándola más profundo. El cambio de ángulo la hizo ver estrellas.

—Ahí —jadeó—. Justo ahí, Iván, no pares...

Él mantuvo el ritmo, implacable. Marta sentía el orgasmo acercarse como una ola imparable. No era suave; era violento, arrasador. Cuando estallió, lo hizo con un grito ronco que no reconoció como suyo. Su cuerpo se contrajo en espasmos fuertes alrededor de la polla de Iván, empapándolos a ambos. Ella arqueó la espalda hasta que casi se despega del colchón.

—Dios —suspiró él, sintiendo cómo ella se estremecía—. Dios, Marta, voy a...

—Dentro —dijo ella, agarrándole la cara—. Quiero sentirlo. Confío en ti.

Esa última frase, "confío en ti", pareció deshacer lo último de su control. Iván embistió una última vez, hondo, y se quedó quieto. Marta sintió las pulsaciones de su polla mientras se vaciaba dentro de ella, el calor intenso, la humedad añadida. Él colapsó sobre ella, respirando con dificultad, su corazón golpeando contra el pecho de ella.

Permanecieron así unos minutos. El sofá cama chirriaba con cada respiración. En la tele, la película había terminado hacía rato y el menú de inicio emitía una música suave de jazz.

—Mierda —dijo Iván finalmente, con la voz ahogada contra su cuello.

—¿Qué?

—Que esto ha sido... no sé. No tengo palabras.

Marta le pasó una mano por el pelo.

—No hace falta que digas nada.

Él se incorporó sobre los codos. La miró. Tenía la cara sonrojada, el pelo revuelto, los ojos brillantes. Se veía joven, vulnerable.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

Marta sonrió. Fue una sonrisa perezosa, satisfecha.

—Ahora —dijo, y le mordió el labio inferior suavemente—. Ahora me vas a follar otra vez. Pero más despacio. Y esta vez quiero que me comas antes.
Iván parpadeó. Luego una sonrisa torcida se dibujó en su boca.

—Sí, señora.

Se movieron juntos, acomodándose en el colchón estrecho. Iván bajó por el cuerpo de Marta, besando cada centímetro: los pechos, el estómago, las caderas, el interior de los muslos. Ella abrió las piernas para él, sin vergüenza. Él levantó sus rodillas, poniéndole los pies en el colchón, dejándola completamente expuesta. La miró un segundo, inhalando el olor de su sexo, mezclado ahora con el de él. Luego se lanzó.

Su lengua fue directa al clítoris. No rodeos. Marta se sobresaltó, dejando escapar un jadeo. Iván chupó con avidez, moviendo la lengua en círculos apretados, luego en líneas largas desde la entrada hasta el clítoris. Metió dos dedos dentro de ella, curvándolos hacia arriba, buscando el punto. Marta se retorció. Agarró las sábanas con ambas manos. El placer era tan intenso que casi dolía.

—Iván... —gimió.

Él no respondió. Solo aceleró el ritmo de la lengua, metiendo los dedos más profundo. Marta sentía que se acercaba otra vez, pero esta vez era diferente. Más profundo, más lento. Cuando llegó, fue con una serie de contracciones largas que le recorrieron todo el cuerpo, desde el vientre hasta las puntas de los dedos. Gritó su nombre.

Iván se limpió la boca con el dorso de la mano. Tenía la barbilla brillante. Se arrastró hacia arriba, besándola. Marta saboreó su propio sabor en sus labios, algo que nunca antes había hecho con nadie, algo que con Iván le pareció natural, casi necesario.

—Tú —dijo ella, con la voz ronca—. Arriba. Quiero montarte.

Cambiar de posición en el sofá cama fue un ejercicio de equilibrio y risas. Marta consiguió ponerse a horcajadas sobre él, guiando su polla —que ya estaba dura de nuevo, impresionantemente— hacia su entrada. Bajó despacio, centímetro a centímetro, disfrutando de la sensación de ser llenada a su propio ritmo. Iván le agarró las caderas, observándola con una adoración que la hizo sentir poderosa.

—Joder, la vista desde aquí...

—¿Te gusta?

—Me vuelve loco.

Marta empezó a moverse. No rápido. Rotaba las caderas en círculos, haciendo que su polla rozara todas las paredes internas. Luego subía casi hasta salirse y bajaba de golpe. Iván gemía sin control, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados. Ella le agarró las manos y se las llevó a los pechos. Él los amasó, pellizcando los pezones entre el índice y el pulgar.

—Mírame —ordenó ella.

Iván abrió los ojos. La miró fijamente mientras ella cabalgaba sobre él. La conexión era eléctrica. Marta sentía cada embestida en su clítoris, frotándose contra su pubis cada vez que bajaba. El placer se acumulaba, lento pero inexorable. Ella controlaba el ritmo, la profundidad, el ángulo. Era ella quien conducía, y la sensación de poder la excitaba tanto como la fricción física.

—Voy a correrme —avisó ella, con la respiración entrecortada—. Contigo dentro. Quiero sentirte.

—Hazlo —jadeó él—. Yo voy detrás.

Marta aceleró. El colchón crujía, los muelles del sofá protestaban. Ella se sentía salvaje, liberada. El orgasmo la tomó de sorpresa, una oleada larga y caliente que la hizo inclinarse hacia delante, apoyando las manos en el pecho de Iván. Él aprovechó para agarrarle las nalgas y embestir desde abajo, profundo, una, dos, tres veces. Luego se quedó rígido, gruñendo, mientras su semen caliente llenaba su interior por segunda vez.

Marta se derrumbó sobre él. Estaban empapados en sudor, pintura, y sus propios fluidos. Olían a sexo, a trabajo, a cerveza y a algo nuevo que no tenía nombre.
—Creo —dijo Iván, con la voz ronca, acariciándole la espalda— que mañana no vamos a pintar nada.

Marta se rio. La risa le vibró en el pecho de él.

—Al menos la pared del fondo está hecha.

—Prioridades.

Permanecieron en silencio. Afuera, en la calle, pasó un coche con la música alta. El aire acondicionado seguía zumbando. Marta trazaba círculos distraídos en el pecho de Iván con un dedo.

—Iván —dijo ella, después de un rato.

—¿Mmm?

—Esto no puede ser solo esta noche.

Él se quedó quieto. Luego levantó la cabeza para mirarla.

—¿Estás segura?

—Diez años, Iván. Diez años siendo tu amiga y ahora... esto. No quiero volver a ser solo tu amiga. Pero tampoco quiero perder lo que teníamos. Es decir... quiero esto, pero también quiero que sigas siendo el tío al que le cuento mis mierdas.

Iván le apartó un mechón de la cara. La besó en la frente.

—Yo tampoco quiero volver atrás. Pero... ¿cómo se hace esto?

—Como se hacen todas las cosas. Mal al principio, luego un poco mejor.

—¿Y si lo cagamos?

—Entonces lo cagamos. Pero al menos lo cagamos habiéndolo intentado. Y habiéndome corrido tres veces, que no está mal.

Iván soltó una carcajada. La abrazó con fuerza.

—Eres increíble.

—Lo sé. Ahora cállate y duérmete. Mañana seguimos pintando.

—¿Y si no quiero dormir?

Marta se incorporó sobre un codo. La luz de la calle entraba por la ventana sin cortinas, iluminando su perfil. Sonrió.

—Entonces tendrás que convencerme.

Iván no necesitó más invitación. La volvió a tumbar, esta vez boca abajo. Le besó la columna vertebral, una vértebra cada vez, desde la nuca hasta el final de la espalda. Le separó las piernas con suavidad. Marta apoyó la mejilla en el colchón, esperando. Él la penetró desde atrás, despacio, casi reverente. Ella gimió contra la almohada. Esta vez fue largo, pausado, casi doloroso en su dulzura. Cada embestida era un mensaje, una promesa. Cuando ambos se corrieron, casi al unísono, fue con una intensidad silenciosa que los dejó temblando durante minutos.

Durmieron poco. Amaneció con una luz grisácea que entraba por el balcón. Marta se despertó con la boca seca y el cuerpo dolorido en lugares que había olvidado que existían. Iván dormía a su lado, boca arriba, con una mano sobre el estómago. Tenía una marca de mordisco en el hombro. Ella no recordaba habérselo hecho, pero le gustó verla allí.

Se levantó sin hacer ruido. Fue a la cocina, encontró una tetera vieja, la llenó de agua y la puso en el fogón. Mientras esperaba, se quedó en el umbral del salón, mirando el sofá cama deshecho, las sábanas enredadas, la ropa esparcida por el suelo junto a los botes de pintura. El piso seguía oliendo a obra, a cerrado, a futuro. Pero ahora también olía a ellos.

Iván apareció en calzoncillos, frotándose los ojos.

—¿Café? —preguntó, con la voz de dormido.

—Té. No tengo café.

—Vale.

Se quedó detrás de ella. Le rodeó la cintura con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro. Marta se dejó caer contra él. Miraron juntos la pared blanca del fondo, imperfecta, con goterones, pero nueva.

—Ha quedado regular —dijo ella.

—La pared o nosotros?

Marta se giró en sus brazos. Le besó, con sabor a sueño y a mañana.

—Los dos —dijo—. Pero le daremos otra mano.

Iván sonrió. Y por primera vez en diez años, Marta supo que había cruzado una línea de la que no quería volver. No porque el suelo del otro lado fuera más seguro. Sino porque, por fin, era exactamente donde quería estar.

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