Fetiche

El fondo de la sala B

Un escritor frustrado descubre que la bibliotecaria de medias vino sabe exactamente cómo torturarlo. Relato erótico de fetiche, dominación femenina y lenceria en la sala B.

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Portada de El fondo de la sala B

Llevaba tres meses yendo los martes a la biblioteca municipal sin escribir una sola línea del libro que supuestamente investigaba. Era una novela sobre la posguerra, o eso le decía a mi editor cada vez que me pedía avances. En realidad, iba porque los martes por la mañana trabajaba Marta en el mostrador de préstamos, y desde la mesa de la sala de lectura general podía verla caminar entre las estanterías con esa forma suya de moverse, pausada, como si el suelo fuera de huevo y ella no quisiera romper nada salvo mis nervios.

Tenía cuarenta y un años. Yo treinta y nueve. Estaba divorciada —lo sabía porque un día escuché a una compañera preguntarle por su ex y ella respondió con un "ese gilipollas" tan sereno que me enamoró un poco— y llevaba el pelo castaño recogido en un moño imperfecto del que siempre se escapaban mechones. Pero no era eso. Era sus piernas. Desde el primer martes, las noté.

Marta llevaba faldas siempre por debajo de la rodilla, formales, de tela gruesa que no pedía atención. Pero debajo, siempre, unas medias de color vino, opacas, con la costura trasera perfecta, sostenidas por un liguero que se marcaba apenas en la cadera cuando se agachaba a recoger un libro del suelo. Y unos tacones negros gastados, con el cuero descascarillado en la punta, que hacían un ruido seco contra el linóleo cada vez que se acercaba a la sección de historia.

Yo me sentaba en la mesa del fondo, con libros abiertos que no leía, y la miraba por encima de las páginas. Ella lo sabía. No desde el principio, pero desde el segundo martes, cuando me pilló con los ojos clavados en sus tobillos mientras cruzaba las piernas en la silla del mostrador. No me regañó. No sonrió. Solo me mantuvo la mirada dos segundos más de lo necesario, y luego volvió a su ordenador. Pero aquella tarde, cuando pasó por mi mesa para recoger una consulta abandonada, sus tacones se detuvieron a mi lado. Sentí el olor de su perfume, algo barato y almizcleño, y vi de cerca la costura de la media subiendo por su pantorrilla como una línea trazada con regla.

—¿Busca algo en concreto? —preguntó.

—Solo... documentación —tartamudeé, y me odié.

—La sección de historia está en la planta de arriba. Aquí abajo es literatura.

—Me gusta el ambiente de abajo —dije, y supe que era una excusa pésima.

Ella no respondió. Pero cuando se alejó, noté que sus caderas se movían con una cadencia ligeramente diferente, más amplia, como si cada paso fuera una respuesta.

El tercer martes llovía. Entré empapado, con las zapatillas chirriando contra el suelo. Ella estaba sola en el mostrador, con una taza de café humeante que dejaba un círculo en la madera. Llevaba una falda gris de lana, más corta de lo habitual, que le llegaba a media pantorrilla. Y las medias. Siempre las medias. Pero aquel día, cuando se giró para colocar un libro en el carrito, vi algo que me dejó seco: una carrera diminuta, apenas un centímetro, en la parte trasera de la pierna izquierda, cerca del gemelo. Era imperfección. Era real. Y fue más excitante que cualquier foto retocada que hubiera visto en mi vida.

Me senté en mi mesa habitual. No abrí ningún libro. Ella caminó hacia la sección de fondo, la B, donde se guardaban los archivos viejos del periódico local. Desapareció entre las estanterías. Pasaron cinco minutos. Diez. Yo no podía concentrarme. Me levanté para ir al baño, pero en lugar de eso, me encontré caminando hacia la sala B. Era una estancia larga y estrecha, mal iluminada, con mesas de formica y olor a papel en descomposición. Ella estaba de espaldas, en puntillas, intentando alcanzar un tomo en el estante superior. La falda se le había subido ligeramente por un lado, y vi el borde del liguero, negro, con una pinza de metal que mordía la media vino con una delicadeza violenta.

Tosí. Fue una tos real, de pánico.

Ella no se sobresaltó. Bajó los brazos despacio, se ajustó la falda sin prisa, y se giró. Me miró. No había sorpresa en sus ojos. Solo una calma expectante.

—¿Sí? —dijo.

—Yo... buscaba el baño.

—El baño está al otro lado del pasillo. Esto es archivo cerrado.

—Perdón.

No me moví. Ella tampoco. Entre nosotros, el aire parecía haberse vuelto más denso, cargado del polvo de los periódicos y de algo eléctrico. Marta se apoyó en la estantería y cruzó las piernas, el tobillo derecho sobre la rodilla izquierda, de forma que la media se tensó y la carrera se abrió un milímetro más. Mis ojos cayeron allí sin permiso.

—Tiene una carrera —dije, sin pensar. La frase salió sola, una confesión.

—Lo sé. Me las puse así a propósito.

Levanté la vista. Ella sonreía. No era una sonrisa dulce. Era de complicidad, de quien ha tendido una trampa y acaba de ver caer al animal.

—¿Desde cuándo lo sabe? —pregunté, y mi voz sonó áspera.

—Desde el primer martes. Usted no lee, señor. Usted mira. Y no disimula nada.

—Me llamo David.

—Ya lo sé, David. Firmas la hoja de entrada cada semana. Y cada semana, cuando te vas, reviso qué libros has consultado. Ninguno. Cero. Llevas tres meses viniendo a mirarme las piernas.

Quería morirme. Quería salir corriendo. Pero mis pies estaban clavados en el linóleo sucio, y mi cuerpo, traicionero, me gritaba que me quedara.

—No soy un acosador —dije, débil.

—No lo eres. Un acosador se esconde. Tú te sientas a plena vista, con la boca abierta, como un niño en una pastelería. Es casi... tierno.

Se separó de la estantería. Dio dos pasos hacia mí. Los tacones hacían ese ruido seco que ya reconocía, pero ahora, en la sala vacía, sonaba como un metrónomo. Se detuvo a treinta centímetros. Podía ver las pecas en su nariz, el brillo de sudor en su sien, la textura de la lana de su falda. Y podía olerla. Ese perfume barato mezclado con el olor a papel viejo y algo más cálido, más íntimo.

—¿Quieres tocarlas? —preguntó, tan bajo que fue casi un movimiento de labios.

—¿El qué?

—Las medias, David. ¿Quieres tocarlas?

No respondí. No podía. Ella tomó mi mano derecha —tenía las manos frías, las mías sudaban— y la guío hacia su pierna. La colocó sobre su rodilla, por encima de la falda. Esperó. Yo no me atrevía a respirar. Entonces, ella empujó mi mano hacia abajo, lentamente, hasta que mis dedos tocaron la media. La tela era fina, áspera en la costura, y debajo sentí la calor de su piel, la tensión de su músculo, la vena varicosa que había visto en su tobillo. Froté con el pulgar, inconsciente, y ella cerró los ojos un segundo.

—Así —murmuró—. Eso es lo que llevas meses queriendo hacer.

—Marta...

—Shhh. No hables. Solo siente.

Me dejó tocar. Mis dedos recorrieron la costura hacia arriba, trémulos, pasando la rodilla, subiendo por el muslo. Ella no me detuvo. Cuando llegué a donde la media desaparecía bajo la falda, sentí el borde del liguero, el metal frío de la pinza, la piel desnuda por encima. Ella abrió los ojos. Estaban húmedos, brillantes.

—El viernes —dijo, separándose de mi mano con un movimiento suave—. Vuelve el viernes. A las siete. La biblioteca cierra a las ocho, pero yo cierro la sala B. Ven aquí. Y no te toques hasta entonces. Quiero que acumules todo lo que llevas guardado.

Se alejó, recogió la taza de café del mostrador de la sala principal, y desapareció. Yo me quedé en la sala B, con la mano todavía en el aire, oliendo a tela de media y a mi propia derrota.

El viernes fue una agonía. Trabajé en una traducción técnica que no me interesaba, comí mal, no toqué el teléfono ni miré pornografía. Cumplí su orden sin entender por qué, solo sabiendo que quería que ella me diera permiso. A las seis y media ya estaba en la calle, caminando bajo la lluvia fina, con la ropa interior limpia y una camisa que me quedaba estrecha en los hombros.

La biblioteca estaba casi vacía. Un anciano dormía en la sección de prensa. Una estudiante tecleaba en un portátil. Marta estaba en el mostrador, con un vestido negro de punto que le llegaba a las rodillas, más ceñido de lo que la había visto nunca. Y las medias. Dios, las medias. Eran de color vino oscuro, pero más finas, casi transparentes, con la costura perfecta dibujando una línea recta hasta la curva de sus nalgas. Los tacones eran los mismos, los gastados, pero ahora me parecían reliquias sagradas.

Me vio entrar. No sonrió. Solo asintió, casi imperceptible, y señaló con la barbilla hacia la sala B. Esperé diez minutos que fueron una eternidad. Cuando el anciano se fue y la estudiante recogió sus cosas, Marta caminó hacia la sala B sin mirar atrás. La seguí.
Cerró la puerta. Giró la llave. El sonido fue seco, definitivo. Nos quedamos solos en la penumbra de la sala, iluminada solo por una lámpara de escritorio que ella encendió. El archivo olía a cerrado, a moho, a secretos.

—Quítate la camisa —ordenó.

—¿Aquí?

—Aquí. Y los zapatos. Los calcetines. Quédate en pantalón.

Obedecí. Mis manos temblaban. Me quité la camisa, consciente de mi barriga, de mis hombros que ya no eran los de antes, de la cicatriz de apendicitis que brillaba pálida. Ella me observó sin expresión, con los brazos cruzados, apoyada en la mesa de formica.

—Ahora, arrodíllate —dijo.

Dudé. No era mi estilo. Yo había sido el típico marido servicial, el amante previsible, el que preguntaba "¿te gusta?" cada treinta segundos. Pero algo en su voz, en la forma en que sus piernas cruzadas destacaban bajo la luz amarilla, me desarmó. Me arrodillé en el linóleo frío.

Ella se acercó. Se detuvo a escasos centímetros. Su falda —el vestido, en realidad— rozaba mi frente. Sentí el olor de la tela, de su piel debajo.

—Desde el primer día —dijo, con la voz ronca—, supe que eras de los que necesitan permiso. De los que se excitan más con la espera que con el acto. ¿Tengo razón?

—Sí —admití, mirando sus zapatos.

—Mírame.

Levanté la vista. Ella se había subido el vestido. Lentamente, con ambas manos, lo fue enrollando en la cintura. Debajo, un liguero negro de encaje, con seis pinzas que sostenían las medias con una precisión cruel. Y las bragas. De encaje, del mismo color vino, que hacían juego con las medias. Su vientre tenía una cicatriz blanca, fina, que no supe si era de cesárea o de otra cosa. Tenía celulitis en los muslos, y la vena varicosa que ya conocía, y vello púbico oscuro que se escapaba por los bordes de la tela. Era imperfecta. Era real. Y era la visión más erótica que había tenido en mi vida.

—Toca solo las medias —ordenó—. Nada más.

Extendí las manos. Mis palmas rozaron sus muslos por encima de la tela fina. Sentí la calor, la suavidad, la textura de la costura bajo mis dedos. Subí por las piernas, despacio, adorando cada centímetro, hasta llegar a donde el liguero cortaba la piel desnuda. Ella no se movía. Solo observaba, con una mano apoyada en la mesa, la otra en su cadera.

—Bésalas —dijo.

Besé su rodilla. El sabor era neutro, a jabón, a tela. Subí por la parte interna del muslo, besando, lamiendo con la punta de la lengua, sintiendo cómo ella temblaba levemente cuando llegué cerca de su entrepierna. Pero ella se apartó un centímetro, un juego cruel.

—No. Aún no.

Se sentó en el borde de la mesa. Abrió las piernas. Las medias se tensaron, las pinzas del liguero crujieron suavemente. Vi la humedad que manchaba el encaje de las bragas, una oscuridad que crecía mientras la observaba.

—Quiero que me mires —dijo—. Sin tocarte. Solo mirar.

Se deslizó las bragas hacia un lado. Vi su sexo, húmedo, abierto, con los labios hinchados y brillantes. Se tocó con dos dedos, despacio, separándose, mostrándome lo que yo había imaginado durante meses. Los dedos se deslizaron hacia arriba, encontraron el clítoris, y ella comenzó a frotarse con movimientos circulares precisos. Su otra mano se fue a su pecho, amasándolo por encima del vestido, pellizcando el pezón hasta que se marcó contra la tela.

Yo estaba arrodillado, con la erección dolorosa contra la cremallera de los pantalones, sin atreverme a tocarla por miedo a que ella parara. Era una tortura divina. La veía gemir, con la cabeza echada hacia atrás, con las piernas en medias abiertas frente a mí, con los dedos entrando y saliendo de sí misma, brillantes de humedad.

—David —jadeó.

—¿Sí?

—Dime lo que sientes.

—Que voy a explotar. Que te deseo tanto que me duele.

—¿Dónde te duele?

—En todo. En la boca. En las manos. Aquí —golpeé ligeramente mi entrepierna con la palma, un gesto desesperado.
Ella sonrió, con la respiración agitada.

—Quítate los pantalones. Pero no te toques.

Me levanté torpemente. Me bajé los pantalones y los bóxers juntos. Mi erección saltó libre, roja, palpitante, con una gota de humedad en la punta que brillaba bajo la luz. Ella la miró. Por primera vez, su compostura flaqueó. Sus ojos se oscurecieron, su boca se abrió.

—Ven aquí —dijo, con la voz más ronca.

Me acerqué. Ella no se bajó de la mesa. Me tomó con una mano —su mano era fría, y el contraste me hizo jadear— y me guió hacia su entrada. Pero no me dejó entrar. Frotó mi glande contra su clítoris, arriba y abajo, usando mi erección como un juguete para ella misma. Yo gemí, agarrándome a sus muslos, sintiendo las medias bajo mis dedos, la piel desnuda por encima del liguero.

—Por favor —supliqué.

—¿Por favor qué?

—Dentro. Te lo suplico.

—Dime que eres mío. Solo por esta noche. Dime que harás lo que yo diga.

—Soy tuyo. Haré lo que digas.

Entonces me dejó entrar.
Fue un movimiento lento, controlado por ella. Bajó las caderas, me absorbió centímetro a centímetro, con una mirada fija en mis ojos que no me permitía apartarme. Estaba tan húmeda, tan caliente, que tuve que morderme el labio para no correrme en el primer segundo. Cuando estuve completamente dentro, ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura. Las medias rozaron mi piel desnuda, una fricción áspera y deliciosa. Los tacones se clavaron en mis nalgas, obligándome a qued quieto, a no moverme hasta que ella lo decidiera.

—Ahora —dijo, con la respiración entrecortada—, fóllame. Pero despacio. Muy despacio. Quiero sentir cada centímetro.

Obedecí. Moví las caderas con un ritmo pausado, casi cruel, saliendo hasta casi salir de ella, y volviendo a hundirme hasta el fondo. Ella gemía con cada embestida, con los ojos cerrados, con las manos agarrando el borde de la mesa. Sus pechos se movían bajo el vestido, y yo los tomé con una mano, amasándolos con fuerza, pellizcando el pezón que ya había endurecido.

—Más rápido —ordenó de repente.

Aumenté el ritmo. La mesa crujió, se desplazó un centímetro sobre el suelo. Los archivos viejos temblaron en los estantes. Ella gritó, sin contenerse, y sus uñas se clavaron en mi espalda.

—No pares —gritó—. No te atrevas a parar.

La embestí con una fuerza que me sorprendió a mí mismo. Cada golpe hacía que sus pechos saltaran, que las medias se tensaran más, que los tacones golpearan mi espalda con un ritmo que era casi doloroso. Ella se tocó el clítoris con una mano, frotándose al ritmo de mis embestidas, y vi cómo se acercaba al borde, cómo su rostro se contraía en una máscara de placer casi dolorosa.

—Voy a venirme —avisó.

—Yo también.

—Espera. Espera a que yo...

Y se vino. Fue un orgasmo largo, profundo, que la dobló por la mitad. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de mí con espasmos brutales, una y otra vez, succionándome, masajeándome desde dentro. Yo grité, sin poder contenerme más, y me vacié en ella con una serie de descargas que me cegaron, que me hicieron ver puntos blancos en la penumbra de la sala. Cada pulsación era una explosión de placer tan intenso que mis piernas temblaron, que tuve que agarrarme a sus hombros para no caer.

Cuando terminamos, ella no me soltó. Siguió con las piernas enredadas en mi cintura, conmigo aún dentro de ella, menguando pero no saliendo. Nos miramos. Sudábamos ambos, a pesar del frío de la sala. Tenía el pelo deshecho, el moño perdido en algún lugar del suelo. Su vestido estaba arrugado hasta la cintura. Las medias tenían una nueva carrera, esta vez en el muslo derecho, causada por mis uñas.

—Los viernes —dijo al fin, con la voz rota—. Cierra a las ocho. Pero yo me quedo hasta las nueve.

—¿Solo los viernes?

—Por ahora.

Se apartó despacio. Yo salí de ella con una pérdida física que me dolió. Ella se bajó de la mesa, se ajustó las bragas, se bajó el vestido. Las medias seguían puestas, rotas pero puestas, y los tacones gastados hacían el mismo ruido seco de siempre cuando caminó hacia la puerta. La abrió. El pasillo estaba oscuro.

—La próxima semana —dijo, sin mirarme—, trae las manos más limpias. Las medias de vino cuestan doce euros.
Salió. Yo me quedé en la sala B, desnudo de cintura para abajo, con el olor de ella impregnado en mi piel, con la vista de sus piernas aún grabada en la retina. Me vestí despacio, recogí mis libros sin abrir, y salí a la lluvia.

No intercambiamos teléfonos. No hubo promesas. Pero el viernes siguiente, a las siete menos cuarto, estaba otra vez en la puerta de la biblioteca, con las manos limpias y el corazón en la garganta, esperando que ella girara la llave de la sala B.

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