El médico me miró por encima de las gafas con la misma expresión que uso yo cuando un cliente presenta una contabilidad inventada.
—Estrés crónico, Adrián. No es metáfora. Tus niveles de cortisol parecen de alguien que está a punto de saltar por la ventana.
—No tengo intención de saltar —respondí, ajustándome la corbata.
—Pero tu cuerpo no lo sabe. Te receto un hobby. Algo manual. Que no sea el gimnasio, que ya lo usas como competición. Algo donde no mandes tú.
—No sé hacer nada donde no mande yo.
—Entonces aprende.
Mi hermana, que siempre actúa como si mi agenda fuera suya, pagó un curso de cerámica en Malasaña. Me envió el comprobante por WhatsApp con un mensaje que decía: Vas. O le digo a tu ex que le debes dinero. No le debía dinero, pero el chantaje emocional funcionaba mejor que la lógica.
El taller se llamaba Barro y Cía y olía a tierra mojada y a café rancio. Era un local estrecho con un escaparate empañado, entre una tienda de discos de vinilo y un bar que abría a las seis de la mañana para albañiles borrachos. Empujé la puerta de madera a las siete de la tarde del martes, con mi traje de lana azul marino, mi maletín de piel y una expresión que pretendía ser abierta pero que, según mi ex, parecía la de quien va a una auditoría.
Dentro había tres personas. Dos mujeres jóvenes con delantales manchados y una tercera que estaba de espaldas a mí, inclinada sobre un fregadero de acero inoxidable, frotándose las manos con una especie de piedra pómez. Llevaba unos vaqueros negros desgastados en las rodillas, una camiseta gris de un grupo que no reconocí, y el pelo castaño recogido en un moño sujeto con lo que parecía un destornillador de punta plana.
—Buenas —dije, con el tono que uso para empezar las reuniones de bufete.
La del fregadero se giró. Tenía la cara salpicada de barro seco, una cicatriz blanca en la ceja izquierda y una boca grande que se movió antes de que saliera la voz, como si estuviera evaluando si merecía la pena hablar.
—Tú debes de ser el abogado —dijo. No preguntó.
—Adrián. Mi hermana...
—Lo sé. Me ha escrito cuatro veces. Puntual, ordenado, necesita "desconectar". Siéntate ahí.
Señaló un taburete bajo junto a una mesa de madera. Yo había visto un torno eléctrico en el rincón, cerca de la ventana, y me dirigí hacia él.
—No —dijo ella—. Ahí no. Ahí.
—Prefiero el torno. Tengo mejor luz.
—El torno es para quien ya sabe centrar el barro. Tú no sabes ni dónde está el barro. El taburete.
Me quedé quieto. En mi oficina, cuando yo señalaba una silla, la gente se sentaba. En los juzgados, cuando yo hablaba, los secretarios judiciales dejaban de teclear. Aquella mujer, que no llegaba al metro sesenta y cinco, me estaba corrigiendo con la misma naturalidad con la que yo corregía a los becarios.
—Soy Carla —dijo, secándose las manos en un trapo que debía de haber sido blanco en otra vida—. Y aquí no hay juicio, Adrián. Solo barro. Si quieres controlar algo, controla tu aliento. Respira hondo y siéntate donde te he dicho.
Me senté. Las dos chicas del fondo se miraron y sonrieron. Yo me quité la chaqueta, la doblé con precisión sobre el respaldo del taburete, y me arremangué la camisa. Carla se acercó. Olía a tierra húmeda, a jabón de marsella y a algo dulce que no supe identificar. Me miró las manos.
—Quítate la corbata —ordenó.
—¿Perdón?
—Te vas a manchar. Y no me gusta ver corbatas en mi taller. Parecen cuerdas ahorcadas.
Me la quité. La doblé en tres pliegues exactos y la dejé sobre la chaqueta. Carla la miró, luego me miró a mí.
—¿Siempre doblas todo así?
—Sí.
—Eso va a cambiar.
Se apartó y volvió al fregadero. Durante la siguiente hora, intenté seguir sus instrucciones. Amasar el barro, que ella llamaba "despertarlo". Darle forma, que ella llamaba "dejar que decida". Yo pregunté por la temperatura del horno, por los tiempos de cocción, por la composición química del esmalte. Carla respondió a la mitad de las preguntas y a la otra mitad me contestaba con un "shhh" que me hacía sentir como un niño en la iglesia.
Cuando la clase terminó, yo tenía un cenicero torcido que parecía un platillo volante derribado. Carla lo cogió, lo giró bajo la luz, y asintió.
—Es horrible —dijo.
—Lo sé.
—Pero has dejado de mirar el reloj durante veinte minutos. Eso ya es algo.
Me levanté. Me puse la chaqueta, la corbata. Extendí la mano para despedirme. Carla la miró, no me la estrechó.
—La próxima vez, ven sin traje. Y sin ganas de mandar.
—No sé venir sin eso.
—Aprenderás. O te irás. Martes, siete.
Salí a la calle. El aire de febrero me golpeó la cara. Me quedé en la acera, mirando el escaparate empañado, con la sensación de que alguien acababa de cerrar un cajón en mi interior sin pedir permiso.
La segunda semana llegué con un jersey de cashmere y vaqueros. No tenía ropa más informal. Incluso para ir al supermercado solía ponerme camisa. Carla estaba sola en el taller, sentada en el mismo taburete que me había asignado a mí, limando una pieza con una herramienta que parecía un cuchillo de cocina maltratado.
—Mejor —dijo, mirándome de arriba abajo—. Pero sigues pareciendo un anuncio de colonia cara. Siéntate.
—¿No hay más gente?
—Hoy no. Hoy es solo para ti.
Me dio un bloque de barro gris, frío, pesado. Me indicó que lo amasara en la mesa. Yo empecé con movimientos mecánicos, como si estuviera estrujando papeles. Carla se acercó por detrás. No la había oído moverse. De repente, sus manos —secas, ásperas, con las uñas cortas y manchadas— cubrieron las mías.
—Así no —dijo, con la voz cerca de mi oído—. Relaja los hombros. Suelta la mandíbula. El barro no es un contrato que haya que negociar.
Me obligó a mover las manos en círculos lentos. Su pecho rozó mi espalda. No llevaba sujetador, o al menos no uno rígido. Sentí la suavidad de sus pechos contra mí cada vez que se inclinaba para corregir la presión de mis dedos. Olía igual que la semana anterior, pero más intensamente, como si el esfuerzo la hubiera calentado.
—¿Sientes eso? —preguntó.
—El barro.
—No. La diferencia entre forzar y dejar fluir. Tú fuerzas todo, Adrián. Tus hombros están aquí —apretó con el pulgar un punto entre mi omóplato que me hizo jadear—. Deberían estar aquí —bajó la mano, masajeando con la palma—. Suéltalo.
Intenté obedecer. No sabía cómo. Carla me soltó las manos, pero no se apartó. Se inclinó a mi lado, cogió mi barro, y empezó a trabajarlo ella misma. Sus movimientos eran distintos. No había eficiencia, no había meta visible. Solo un vaivén hipnótico que transformaba la masa informe en algo que empezaba a parecer un cuenco.
—Tú controlas porque tienes miedo —dijo, sin mirarme.
—No tengo miedo.
—Todo el que controla tiene miedo. Miedo a que si suelta, se desmorone. Como el barro. Pero el barro se desmorona y se vuelve a amasar. No hay pérdida. Solo transformación.
Levantó la vista. Sus ojos eran marrones, con motas verdes cerca de la pupila que solo se veían de cerca. Me miró durante dos segundos. Luego sonrió, una sonrisa torcida que subía más por la izquierda.
—La próxima semana, no traigas jersey de cashmere. Trae algo que no te importe manchar. Y algo que no te apriete.
—¿Por qué?
—Porque te voy a tocar más. Y no quiero que me factures la tintorería.
Salió a la trastienda antes de que pudiera responder. Me quedé con el barro en las manos, con la espalda aún caliente donde ella había estado, y con una erección incómoda que no había tenido desde los primeros años de matrimonio.
El jueves siguiente, a las seis y media, pasé por delante del taller. No tenía clase. Carla me había dicho martes, no jueves. Pero estaba en la zona, había ido a recoger unos documentos a un notario de Fuencarral, y me encontré caminando por la calle sin razón. El escaparate estaba encendido. Carla estaba dentro, sola, con un delantal de cuero viejo sobre la ropa, limpiando los tornos con un trapo. No me vio. O sí me vio y fingió que no.
Empujé la puerta. La campana sonó. Carla levantó la vista. No pareció sorprendida.
—Hoy no hay clase —dijo.
—Lo sé. Pasaba por aquí.
—Mentira. Has venido porque no soportas no saber qué pasa aquí cuando no estás.
Quise negarlo. Pero tenía razón. Durante toda la semana, en las reuniones del bufete, mientras revisaba contratos de fusión, había pensado en sus manos sobre las mías. En la forma en que me había ordenado que soltara el barro. En el "shhh" que me había cortado las preguntas.
—Quiero intentar el torno —dije.
—No estás listo.
—Déjame intentarlo.
Carla dejó el trapo. Se acercó a mí. Estaba más cerca de lo que permitía la etiqueta profesional. Podía ver las pecas en su nariz, el brillo de sudor en su sien, la textura de sus labios que se mordían ligeramente mientras me evaluaba.
—Quítate la camisa —dijo.
—¿Aquí?
—Aquí. El barro salta. Y tú vas a mancharte.
—Puedo ponerme un delantal.
—He dicho que te quites la camisa, Adrián. No he preguntado.
Mis manos fueron a los botones antes de que mi cerebro diera permiso. Me quité la camisa azul de popelina, la doblé con torpeza, y la dejé sobre una caja de cartón. Quedé en camiseta interior, blanca, que ajustaba más de lo que me gustaba. Carla me miró el torso. No con lascivia. Con una evaluación clínica que me hizo sentir más expuesto que si me hubiera ordenado desnudarme del todo.
—Mejor —dijo—. Ahora síéntate en el torno.
Me senté. El taburete del torno era de madera dura, sin respaldo. Carla se puso detrás de mí, entre mis hombros y el fregadero. Cogió un trozo de barro, lo humedeció en un cubo, y lo colocó sobre la placa giratoria.
—Pon las manos. No fuerces. Solo siente cómo gira.
Encendió el torno. La placa empezó a girar, lenta. Yo puse las manos sobre el barro. Carla se inclinó sobre mí, con sus brazos a ambos lados de mi cuerpo, con sus manos cubriendo las mías. Nos movimos juntos. El barro empezó a ceder, a tomar forma. Yo sentía su aliento en mi nuca, el peso de su pecho contra mi omóplato, la fricción de sus muslos contra mi espalda cada vez que se inclinaba.
—¿Sientes eso? —susurró.
—Sí.
—¿Qué sientes?
—Que... que no controlo nada.
—Exacto.
Aceleró el torno. El barro se alargó, se estrechó, amenazó con desmoronarse. Yo quería detenerlo, corregirlo, salvarlo. Las manos de Carla apretaron las mías.
—No pares. Déjalo caer.
El barro se desmoronó. Se convirtió en un montón informe sobre la placa. Carla apagó el torno. El silencio fue abrupto, casi violento. Ella no se apartó. Sus manos siguieron sobre las mías, ambos cubiertos de barro gris, pegajosos.
—¿Te ha dolido? —preguntó.
—No.
—¿Te ha gustado?
No respondí. Ella se apartó. Fue a la trastienda y volvió con un cubo de agua tibia y una esponja áspera. Se puso frente a mí, entre mis rodillas, y me tomó las manos. Las metió en el agua. Frotó con la esponja, despacio, quitando el barro de entre mis dedos, de debajo de las uñas, de las líneas de la palma. El contacto era casi médico, pero no lo era. Sus ojos estaban fijos en mis manos, con una concentración que me hizo sentir que era algo precioso que ella estaba limpiando.
Luego subió por mis antebrazos. La esponja recorrió la piel, dejándola roja, sensible. Cuando llegó a los codos, dejó la esponja. Secó mis manos con un trapo viejo. Luego, sin avisar, se inclinó y me besó.
No fue un beso de película. Fue húmedo, con sabor a barro y a café, con sus dientes rozando mi labio inferior. Sus manos, todavía húmedas, se posaron en mis rodillas. Las subieron por mis muslos, lentamente, hasta que una de ellas rozó mi erección a través del pantalón. Yo gemí. Ella se apartó un centímetro.
—Vete a casa —dijo.
—¿Qué?
—Vete a casa. Hoy no es el día.
—Pero...
—Vete. Y vuelve el martes. A las siete. Puntual.
Se levantó. Se dio la vuelta. Empezó a fregar el torno como si yo no estuviera allí. Me quedé sentado, con las manos limpias pero temblorosas, con la boca sabiendo a ella, con la entrepierna dolorosa. Me vestí con torpeza. Cuando salí, ella no se despidió.
El martes llovía. Llegué a las seis y cincuenta y cinco, con una camiseta vieja de un maratón que nunca corrí y unos vaqueros que había destinado a la basura. Carla abrió la puerta antes de que tocara el timbre. Llevaba una camiseta de tirantes negra, un pantalón de trabajo con manchas de pintura, y los pies descalzos. El taller estaba a oscuras, salvo por una lámpara de pie en el rincón que proyectaba un círculo amarillo sobre el torno.
—Cierra la puerta —dijo.
La cerré. Giró el pestillo.
—Hoy no hay clase —dijo.
—Lo sé.
—Hoy es solo para nosotros. Y tú vas a hacer exactamente lo que yo diga. ¿Entendido?
Asentí. Mi boca estaba seca.
—Quita la camiseta.
Me la quité. Quedé en vaqueros, descalzo, con el torso expuesto. Carla caminó alrededor de mí, lenta, circular. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con la misma atención que dedicaba a las piezas de barro.
—Bájate los pantalones.
Los bajé. Quedé en calzoncillos negros, con la erección apuntando hacia arriba, obvia, innegable. Carla no la miró. O al menos no directamente. Se acercó al perchero donde colgaban los delantales y cogió algo. Mi corbata. La misma que me había obligado a quitarme la primera noche. La había guardado.
—Ven —dijo, señalando el torno.
Me senté en el taburete del torno. Carla se puso detrás de mí. Tomó mis muñecas, las cruzó por detrás de mi espalda, y las ató con la corbata. No fuerte. Lo suficiente para que no pudiera moverlas. Luego me empujó hacia delante, hasta que mi pecho quedó apoyado en la estructura metálica del torno, con la cara girada hacia un lado, mirando la pared de ladrillo visto.
—¿Te duele? —preguntó.
—No.
—¿Te da miedo?
—Un poco.
—Bien.
Se apartó. Escuché sus pasos descalzos en el suelo de cemento. Luego el sonido de una cremallera. El roce de la tela cayendo al suelo. No podía girarme. Estaba atado, doblado sobre el torno, con las manos inmóviles detrás de mi espalda y la erección aplastada contra el borde del taburete.
Carla apareció en mi campo visual. Estaba desnuda. No completamente: llevaba unas bragas de encaje negro, simples, y nada más. Sus pechos eran pequeños, con pezones oscuros y erectos. Tenía el vientre blando, una cicatriz fina en el costado que no supe de dónde venía, y un lunar en la curva de la cadera. Se acercó. Se agachó frente a mí, a la altura de mis ojos.
—Mírame —ordenó.
La miré. Ella se tocó un pecho con la mano, despacio, pellizcándose el pezón. Con la otra mano, se deslizó entre sus piernas, por encima de las bragas. Frotó con movimientos circulares, con los ojos fijos en los míos, evaluando mi reacción. Yo estaba jadeando. No podía evitarlo. El aire entraba y salía de mi boca con un sonido que pareía de otro.
—¿Quieres tocarme? —preguntó.
—Sí.
—No puedes. Hoy no me tocas tú. Hoy te toco yo.
Se levantó. Se acercó por detrás. Sentí sus manos en mis hombros, bajando por mi espalda, con las uñas arañando ligeramente la piel. Luego bajaron por mis costados, por mis caderas, y encontraron la cintura de mis calzoncillos. Los bajó. Mi erección saltó libre, golpeando contra el metal frío del torno. Yo grité. No de dolor. De alivio y de frustración mezclados.
Carla se agachó de nuevo. Tomó mi verga con una mano. Su palma estaba fría, y el contraste me hizo arquear la espalda contra las ataduras. Empezó a masturbarme, despacio, con movimientos largos que iban desde la base hasta la punta. Con la otra mano, se tocaba a sí misma, por encima de las bragas, frotándose al mismo ritmo.
—No te vengas —ordenó.
—No puedo controlarlo...
—Hoy sí puedes. Porque yo lo digo. Aguanta.
Aceleró el ritmo. Sus dedos se cerraron con más fuerza, el deslizamiento perfecto gracias a una gota de saliva que escupió en su palma. Yo gemía contra el metal, con la frente apoyada en el brazo, con las manos atadas que se crispaban sin poder hacer nada. Ella se movía detrás de mí, frotándose contra mi espalda, con sus pechos aplastados contra mí, con su aliento cálido en mi nuca.
—Por favor —supliqué.
—¿Por favor qué?
—Déjame... déjame correrme.
—No.
Se apartó. Dejó mi verga palpitando en el aire, roja, brillante de humedad. Yo grité de frustración. Carla se rio, una risa baja, casi cruel, que resonó en el taller vacío.
—Hoy tú no mandas —dijo—. Hoy eres mío. Y yo decido cuándo.
Se quitó las bragas. Se subió al taburete, a horcajadas sobre mí, pero dándome la espalda. Se inclinó hacia delante, apoyando las manos en la estructura del torno, ofreciéndome su sexo desde atrás. Estaba húmeda, brillante, abierto. Se agarró a mí con una mano, me guio hacia su entrada, y bajó despacio.
La penetración fue un alivio y una tortura. Estaba tan caliente, tan apretada, que por un segundo pensé que me iba a correr de inmediato. Pero ella se detuvo, conmigo completamente dentro de ella, y se quedó quieta.
—Si te vienes ahora, no vuelves —dijo, con la voz ronca—. Aguanta. Siente. No controles. Solo recibe.
Empezó a moverse. No rápido. Con un ritmo circular, profundo, que me frotaba contra sus paredes internas de forma deliberada. Cada vez que bajaba, empujaba hacia atrás, clavándome en ella hasta el fondo. Yo estaba atado, inmóvil, a merced de su ritmo. No podía tocarla. No podía acelerar. No podía hacer nada salvo sentir.
Ella se tocó el clítoris con una mano, frotándose mientras se movía sobre mí. Sus jadeos se hicieron más fuertes, más desordenados. El sonido de sus caderas golpeando mis muslos se mezclaba con el crujido del taburete de madera. Yo estaba al borde, mordiendo mi propio brazo para no gritar, con los ojos cerrados, con el sudor cayéndome por la frente.
—Ahora —ordenó ella de repente—. Ahora te puedes venir. Correte dentro de mí. Quiero sentirlo.
Me corrí con una fuerza que me cegó. Fue una explosión que subió desde la base de la columna, que recorrió mi espalda, que estalló en mi interior con pulsaciones que parecían no terminar. Cada descarga era una entrega total, una pérdida de control absoluta. Grité su nombre, o creí gritarlo. Mis manos se crisparon contra la corbata, mis músculos se contrajeron, y ella siguió moviéndose, apretándome, succionándome hasta la última gota.
Cuando terminé, ella se quedó quieta sobre mí, conmigo aún dentro de ella, menguando pero no saliendo. Se echó hacia atrás, apoyando la espalda en mi pecho, con la cabeza en mi hombro. Yo estaba jadeando, con la boca abierta, con la vista fija en la pared de ladrillo que tenía delante.
Ella se levantó despacio. Salió de mí con una pérdida que sentí físicamente. Se vistió sin prisa, mientras yo seguía atado, doblado sobre el torno, con los pantalones bajados y el cuerpo temblando.
—¿Te desato? —preguntó, ya vestida.
—Sí.
—¿Por favor?
—Por favor.
Se acercó. Deshizo el nudo de la corbata con una destreza que me hizo sentir aún más inútil. Mis manos quedaron libres. Tenía marcas rojas en las muñecas. Las masajeó ella misma, con una ternura que contrastaba con todo lo anterior.
—La próxima semana —dijo—, traes una camiseta que no te importe romper. Y dejas el móvil en casa.
—¿Y si tengo una reunión?
—No tienes reuniones los martes a las siete. Tienes esto.
Se apartó. Fue a la puerta, la abrió. La lluvia seguía cayendo en la calle, un rumor lejano. Yo me vestí con torpeza, con las piernas aún débiles, con la ropa interior pegajosa. Cuando pasé junto a ella, Carla me detuvo con una mano en el pecho.
—Adrián.
—¿Sí?
—¿Has dejado de controlar algo?
Asentí. Era la verdad más pura que había dicho en años.
—Bien —dijo ella—. Ese es el primer paso. El segundo viene el martes que viene.
Salí a la lluvia. No llevaba paraguas. No me importaba. Caminé hasta el coche con la corbata en el bolsillo, arrugada, manchada de barro y de sudor. En el retrovisor, me vi: pelo revuelto, ojos vidriosos, una sonrisa que no sabía que tenía. Arranqué el coche. No miré el móvil. No revisé la agenda. Solo conduje hacia casa, pensando en el martes siguiente, en la camiseta que rompería, y en la mujer que había aprendido a leerme mejor de lo que yo me leía a mí mismo.
