Llegué a la cala cuando el sol ya cortaba el horizonte en ángulo oblicuo, lanzando sombras alargadas sobre la arena que parecían dedos extendidos hacia el agua. Había caminado veinte minutos por un sendero de pinos que olían a resina quemada, con la toalla enrollada bajo el brazo y una botella de agua casi vacía que hacía un ruido de plástico contra mi cadera cada vez que daba un paso. El bikini rojo que llevaba debajo del vestido de algodón me apretaba en los lugares equivocados. Lo notaba con una intensidad nueva, como si mi piel hubiera decidido, esa mañana misma, que ya no soportaba más ropa innecesaria.
Tenía cuarenta y un años. Era arquitecta. Llevaba ocho meses divorciada de un hombre que me había hecho creer que el placer era una agenda que había que cumplir los sábados por la noche, con las luces apagadas y la puerta cerrada por si los niños —que ya no vivían en casa desde hacía tres años— aparecían en pesadillas. Eduardo había sido un buen padre, un contable competente, un compañero de supermercado los domingos. Pero en el sexo había sido un funcionario: eficiente, predecible, siempre concluyendo antes de que yo empezara a sentir algo real.
La cala apareció de repente, al final de una curva del sendero. Era más pequeña de lo que imaginaba. Un arco de arena fina entre dos promontorios de roca gris, con el agua de un turquesa tan intenso que parecía irreal. Y estaba casi vacía. Una pareja mayor, lejos, cerca de las rocas del este, ambos desnudos, leyendo con la atención de quienes ya nada les sorprende. Un joven solo, flotando boca arriba en el agua. Y un grupo de hombres, cuatro, sentados en una toalla grande de rayas azules y blancas, a medio camino entre la orilla y la línea de pinos.
Me quedé quieta un segundo, evaluando. La playa era nudista. Lo sabía. Era el motivo por el que había venido. Pero saberlo y hacerlo eran dos operaciones distintas. Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas mientras me quitaba las sandalias y sentía la arena caliente bajo los pies. Caminé hasta un punto equidistante entre la pareja mayor y el grupo de hombres. No demasiado cerca de nadie. Pero tampoco escondida.
Me senté en la toalla. Saqué el protector solar, me unté los brazos, las piernas, el cuello. El gesto me calmó. Era ritual, mecánico. Luego miré al mar. Diez minutos. Me daría diez minutos para decidirme.
A los siete, me levanté. Me quité el vestido de un tirón, lo doblé con precisiones que no tenían sentido, y luego, con un movimiento que me costó más de lo que quería admitir, desabroché el bikini. Primero la parte de arriba. Mis pechos quedaron expuestos al aire salado. El viento los rozó con una intimidad que me hizo contener la respiración. Luego la parte de abajo. Me la bajé por las piernas, la dejé junto a la toalla, y me quedé de pie, completamente desnuda, en una playa pública, a plena luz del día.
La sensación no fue vergüenza. Fue poder.
Me tumbaré boca abajo, con la mejilla contra la toalla, y cerré los ojos. El sol calentaba mi espalda, mis nalgas, la parte posterior de mis muslos. Sentía cada partícula de arena, cada corriente de aire, cada segundo que pasaba. Era como si al quitarme la ropa hubiera quitado también una capa de piel muerta. Estaba viva de una manera que no recordaba haber estado nunca.
Fue entonces cuando los escuché.
Risas. No burlonas. Masculinas, relajadas, con un fondo de acento que no logré identificar. Venían del grupo de cuatro. Abrí un ojo, disimuladamente, y los observé.
Estaban sentados en semicírculo, con la toalla de rayas como base de operaciones. El más cercano a mí tenía el pelo canoso y corto, unos cincuenta y tantos, con un torso ancho y barriga suave que no intentaba ocultar. Vestía solo un bañador negro, aunque la playa era nudista. A su lado, un hombre más joven, quizá treinta y cinco, con la piel aceitunada y un tatuaje tribal en el hombro izquierdo. Estaba completamente desnudo, con las piernas cruzadas, hablando con gestos amplios. El tercero, de espaldas a mí, tenía el pelo rubio y rizado, y la espalda musculosa de quien nada o rema. El cuarto, el más alejado, era delgado, con gafas de sol redondas y una barba de tres días, leyendo algo en una tablet.
El de la barba fue el primero en mirarme.
No fue un vistazo furtivo. Fue una mirada directa, que duró dos segundos de más, desde mis pies hasta mi cabeza, deteniéndose en la curva de mi espalda. Luego volvió a su tablet, como si nada. Pero algo había cambiado. El ambiente entre ellos se tensó de una manera casi imperceptible. El de los gestos amplios dejó de hablar a mitad de frase. El canoso se ajustó las gafas de sol. El rubio se giró ligeramente.
Me di cuenta de que estaban hablando de mí.
No me moví. No cerré el ojo que tenía abierto. Dejé que me miraran. Y algo en mi interior, algo que llevaba años dormido, se encendió con una llama pequeña pero insistente. No era solo que me desearan. Era que yo lo sabía. Y que ellos sabían que yo lo sabía. Ese triángulo de conocimiento mutuo tenía un peso erótico que ninguna caricia podía igualar.
Me giré. Lento, deliberadamente. Pasé de boca abajo a boca arriba, con un movimiento perezoso que dejó ver mis pechos al sol durante unos segundos. Me apoyé en los codos, mirando al mar, con las piernas ligeramente separadas. No de una forma obscena. De una forma que decía: estoy aquí. Soy real. Y me da igual quién lo vea.
El silencio del grupo de cuatro fue audible.
Saqué la botella de agua de mi bolso. Bebí un trago largo, dejando que una gota se escapara por la comisura de mi boca y bajara por mi cuello, entre mis pechos, siguiendo una línea que yo misma tracé con el dedo sin pensar. No era un espectáculo planificado. Era una respuesta a la electricidad que flotaba en el aire. Mi cuerpo, privado de atención genuina durante años, respondía a la de cuatro desconocidos como un instrumento afinado a una frecuencia que por fin coincidía con la suya.
—Hace calor —dijo una voz.
Era el del tatuaje. Se había acercado. No mucho. Unos cinco metros. Lo suficiente para hablar sin gritar.
—Mucho —respondí, sin girarme. Mi voz sonó más grave de lo habitual.
—¿Primera vez en esta cala?
Ahora sí lo miré. Tenía los ojos oscuros, casi negros, con pestañas largas que contrastaban con la dureza de su mandíbula. Su desnudez no le avergonzaba. Su pene, flácido, descansaba sobre su muslo con la naturalidad de un gato dormido. No era un exhibicionista. Era un hombre cómodo en su cuerpo. Esa comodidad me resultó más excitante que cualquier erección forzada.
—¿Se nota? —pregunté.
—Un poco. Te quedaste quierta como si el suelo fuera a morderte.
Me reí. Fue una risa genuina, que me salió del estómago.
—Es que estoy acostumbrada a playas donde la gente lleva más ropa que en misa.
—Aquí la única regla es no mirar con lupa —dijo, sonriendo. Tenía un hoyuelo en la mejilla izquierda—. Aunque hoy está siendo difícil.
La frase colgó entre nosotros. No era grosera. Era honesta. Y la honestidad, en ese contexto, era más peligrosa que cualquier insinuación.
—Soy Carla —dije, extendiendo la mano.
—Mateo —respondió, estrechándola. Su palma estaba seca, cálida—. Los de allí son Hugo, Leandro y Tomás.
Señaló con la cabeza. El canoso levantó la mano en un saludo informal. El rubio —Hugo, supuse— asintió con una sonrisa. El de la barba, Tomás, bajó las gafas de sol un centímetro y me miró por encima del plástico oscuro, con una expresión que no supe leer.
—¿Vienes sola? —preguntó Mateo.
—Sí.
—¿Y eso te da miedo?
—Me da libertad.
Asintió, como si mi respuesta hubiera pasado algún examen.
—Estamos pensando en darnos un baño. El agua está buena a esta hora. ¿Te animas?
Miré el mar. El joven que flotaba boca arriba había salido del agua y se había ido. La pareja mayor seguía inmóvil en sus rocas. Estábamos casi solos, nosotros cinco, en ese pedazo de mundo.
—Voy a ponerme el bañador —dije.
—¿Para qué? —Mateo sonrió—. Es playa nudista, Carla. El bañador es como llevar traje de etiqueta a un picnic.
Tenía razón. Y yo no quería ponerme nada. Así que me levanté, dejando que me viera completa de frente, y caminé hacia el agua. Los cuatro me siguieron. No de inmediato. Con una pausa de unos segundos que me hizo sentir que estaba liderando algo, aunque no supiera exactamente qué.
El agua estaba fría al principio, un golpe en los tobillos que me hizo contener la respiración. Luego, al sumergirme hasta la cintura, se volvió tolerable, casi agradable. Me zambullí, dejando que el agua salada me cubriera por completo. Cuando emergí, jadeando, ellos estaban a mi alrededor. No me rodeaban. Pero estaban cerca. Más cerca de lo que sería estrictamente necesario en un mar vacío.
Hugo, el rubio, era el que nadaba mejor. Se deslizaba en el agua con una elegancia de foca, emergiendo a mi lado con el pelo pegado a la frente.
—Eres valiente —dijo—. La mayoría de la gente entra poco a poco, como si el agua fuera a adaptarse a ellos.
—Yo prefiero el shock —respondí—. Es más honesto.
—¿Honesto?
—Sí. El dolor franco es mejor que la incomodidad que se arrastra.
Me miró con atención. Tenía los ojos azules, de un tono pálido que parecía translúcido contra el agua.
—Eso suena a experiencia.
—Suena a divorcio —corregí.
Se rio. Era una risa clara, juvenil.
—Yo también. Hace dos años. A veces pienso que las playas nudistas están llenas de gente que huye de algo.
—¿Y tú de qué huyes?
—De la ropa interior de mi ex. La encontré en un cajón tres meses después de que se fuera. Me di cuenta de que llevaba años vistiéndome con sus fantasmas.
La conversación fue interrumpida por una ola que nos empujó el uno contra el otro. Su pecho desnudo rozó el mío bajo el agua. Fue un contacto breve, suavizado por el agua, pero suficiente para que ambos nos miráramos un segundo de más.
—Perdona —dijo, sin sonar arrepentido.
—No pasa nada —respondí, y tampoco yo sonaba molesta.
Nadamos un rato. Los cinco, en un radio de dos metros, con conversaciones fragmentadas que iban y venían como las olas. Leandro, el canoso, era médico. Cardiólogo, para ser exactos. Tomás, el de la barba, era fotógrafo de naturaleza. Mateo tenía un restaurante en Roses. Hugo trabajaba en algo relacionado con barcos que no terminó de explicar porque una ola nos salpicó en medio de la frase.
Estábamos cómodos. Demasiado cómodos. La comodidad tenía bordes afilados que yo empezaba a notar en mi piel. Cada vez que uno de ellos se acercaba para señalarme algo —una gaviota, una roca con forma de cara, el sol que se ponía— su brazo rozaba el mío. Cada vez que nos reíamos de algo, nuestras miradas se cruzaban un instante más de lo necesario.
Fue Tomás quien cambió el ritmo.
Estábamos de pie, con el agua hasta la cintura, viendo cómo el sol se hundía en el horizonte pintando el cielo de naranja y violeta. Él estaba a mi izquierda, con las gafas de sol ya puestas en la cabeza, revelando ojos de un verde inesperado.
—Carla —dijo, y su voz era más grave que la de los demás, con un acento que identifiqué como argentino—. ¿Sabes qué es lo mejor de las playas nudistas?
—¿Qué?
—Que no hay segundas intenciones escondidas. Todo está a la vista. Los deseos, las vergüenzas, las excitaciones. No puedes fingir.
Dio un paso hacia mí. El agua se agitó entre nosotros. Estaba lo suficientemente cerca como para que yo sintiera su calor a pesar del agua fría.
—Y ahora mismo —continuó, bajando la voz para que solo yo pudiera orle—. estoy deseando saber si tú también ves lo que yo veo.
—¿Y qué ves?
—Que esto no es solo una conversación entre desconocidos en el agua.
No respondí. No sabía qué responder. Mi cuerpo, sin embargo, respondió por mí. Sentí que mis pezones se endurecían, no por el frío, y que un calor insistente se concentraba entre mis piernas. Era una excitación que no podía ocultar. En una playa textil, habría estado segura. Aquí, el agua cristalina y el crepúsculo me dejaban expuesta de una manera que era al mismo tiempo aterradora y liberadora.
Tomás no me tocó. No hizo falta. Su proximidad, su voz, la certeza de que me deseaba y no lo disimulaba, era suficiente. Pero cuando retrocedió un paso, dejando que el aire frío ocupara el espacio entre nosotros, sentí una pérdida tan aguda que casé gemí.
—Vamos a la orilla —dijo Mateo, desde atrás—. Se está haciendo de noche.
Salimos del agua. Caminé delante de ellos, consciente de cada paso, de cómo mis nalgas se movían, de cómo el agua caía de mi cuerpo en gotas que brillaban en la penumbra. No me volví. No necesitaba hacerlo para saber que me observaban. Lo sentía en la piel, como un tacto invisible.
En la orilla, la pareja mayor ya se había ido. La playa era nuestra. Los cinco. Nos sentamos en la toalla grande de rayas, que resultó ser mucho más grande de lo que parecía. Yo en el centro, sin que nadie lo hubiera planeado. Mateo a mi derecha. Tomás a mi izquierda. Hugo y Leandro frente a mí, con las piernas cruzadas, formando un círculo imperfecto.
Alguien sacó una botella de vino de una mochila. No recuerdo quién. Nos pasamos el plástico —no había vasos— y bebimos a turnos. El vino era tinto, barato, con un sabor a frutos del bosque y algo metálico. Me quemó la garganta de la manera correcta.
—¿Y ahora qué? —preguntó Hugo, mirándome.
—¿Ahora qué, qué?
—Ahora que estamos aquí. Todos. Desnudos. Un poco borrachos. Con el vino dándonos valor.
—¿Es eso lo que te da? —pregunté—. ¿Valor?
—A mí me da ganas de hacer algo de lo que me arrepienta mañana —dijo Leandro, el cardiólogo, con una sonrisa cansada—. Pero no demasiado.
Se hizo el silencio. No era incómodo. Era el silencio de la anticipación, de cuando todos saben que algo va a pasar pero nadie quiere ser el primero en nombrarlo.
Fue mi mano la que rompió el hechizo.
No sé por qué lo hice. Quizá fue el vino. Quizá fueron los ocho meses de soledad. Quizá fue la necesidad de demostrarme que todavía podía ser el centro de algo, de alguien, de cuatro algunos. Lo cierto es que extendí el brazo y toqué la rodilla de Mateo. Solo eso. Una yema de dedo contra su piel húmeda, justo encima de la rótula.
—Yo no quiero arrepentimientos —dije—. Quiero recuerdos.
Mateo me miró. Luego miró a los demás. Hubo un intercambio de miradas que no necesitó palabras. Un acuerdo tácito, silencioso, entre cuatro hombres que se conocían lo suficiente como para no necesitar hablar.
Fue Mateo quien se movió primero. Se inclinó hacia mí y me besó.
No fue un beso de adolescente torpe. Fue la boca de un hombre que sabía exactamente qué hacía. Sus labios se cerraron sobre los míos con una firmeza que me hizo abrirme de inmediato. Su lengua entró en mi boca, explorando, reclamando, mientras su mano se posaba en mi cintura, apretándome contra él. Sentí su erección contra mi muslo, dura y caliente, y el conocimiento de que me deseaba con esa urgencia me hizo gemir contra su boca.
Cuando nos separamos, jadeando, vi que los demás se habían acercado. Tomás estaba a mi espalda, con su pecho contra mis omóplatos, su barba rozando mi cuello. Hugo y Leandro se habían inclinado hacia delante, con las manos en mis rodillas, separando mis piernas con una suavidad que no admitía discusión.
—Dime que quieres esto —susurró Tomás en mi oído, con su acento argentino haciendo que cada palabra sonara a orden y a súplica al mismo tiempo.
—Quiero esto —respondí, y mi voz no tembló.
Entonces me tumbaron sobre la toalla.
No fue violento. Fue una coreografía de cuatro cuerpos que se movían alrededor del mío con una coordinación que parecía ensayada, aunque no lo era. Mateo se quedó a mi derecha, besándome de nuevo, con una mano en mi pecho que amasaba con fuerza. Tomás, detrás de mí, sosteniendo mi cabeza contra su regazo, con sus dedos en mi pelo, tirando suavemente. Hugo y Leandro, a mis pies, con las manos en mis muslos, subiendo, acariciando, separando.
El primer contacto directo fue la boca de Hugo en mi interior.
Grité. No pude evitarlo. Su lengua encontró mi clítoris con una precisión que me dejó sin aliento, y empezó a moverse en círculos lentos, insistentes, mientras Leandro besaba el interior de mis muslos, subiendo hasta la ingle, dejando un rastro de humedad que el aire nocturno enfriaba de inmediato.
Mateo dejó de besarme para mirarme. Sus ojos oscuros estaban fijos en los míos, observando cada reacción, cada jadeo, cada vez que mis párpados se cerraban por el placer.
—Eres hermosa —dijo, y no sonó a frase vacía. Sonó a descubrimiento—. Míranos, Carla. Mira lo que te hacemos.
Abrí los ojos. Vi cuatro cabezas inclinadas sobre mi cuerpo. Vi manos de distintos tonos de piel —la olivácea de Mateo, la pálida de Tomás, la bronceada de Hugo, la morena de Leandro— tocándome por todas partes. Había un dedo dentro de mí. Luego dos. No sabía de quién. No importaba. Lo único que importaba era la sensación de ser llenada, de ser devorada, de ser el centro absoluto de cuatro universos que giraban alrededor de mi placer.
Tomás me inclinó la cabeza hacia atrás, hacia su regazo. Su pene, erecto y grueso, estaba a centímetros de mi boca. Lo tomé sin que me lo pidiera. El sabor era salado, marino, con un fondo amargo que me resultó adictivo. Lo acerqué a mi boca y lo recorrí con la lengua, desde la base hasta la punta, mientras Hugo aumentaba la presión en mi clítoris y alguien —Leandro, creo— introducía dos dedos curvados dentro de mí, encontrando un punto que hacía que mis caderas se alzaran del suelo.
—Joder, Carla —jadeó Tomás, con los dedos entrelazados en mi pelo—. Esa boca...
Mateo se había movido. Estaba entre mis piernas ahora, junto a Hugo. Vi cómo se miraban, cómo se hacían a un lado el uno para el otro, cómo se turnaban. La lengua de Mateo era más áspera, más exigente. La de Hugo más suave, más juguetona. La combinación me volvía loca, un contrapunto de intensidades que no me dejaban descansar, que no me dejaban pensar.
El orgasmo llegó sin aviso.
No fue una acumulación gradual. Fue una explosión que partió desde mi centro y se extendió por todo mi cuerpo en oleadas que me hicieron arquear la espalda, que me hicieron clavar las uñas en la toalla, que me hicieron soltar a Tomás para gritar con una libertad que no conocía. Grité hasta que la garganta me dolió, hasta que las estrellas sobre nosotros parecieron temblar, hasta que los cuatro se detuvieron, esperando a que terminara, observándome con una mezcla de admiración y hambre que me hizo sentir como una diosa.
—Otra —dije, con la voz rota, antes de que pudieran preguntar.
Mateo se posicionó entre mis piernas. Lo vi hacerlo, vi cómo se guiaba hacia mi entrada, cómo la punta de su pene rozaba mis labios hinchados, cómo me miraba pidiendo permiso sin palabras.
—Dentro —ordené—. Todos. Quiero sentiros a todos.
Entró en un solo movimiento, llenándome por completo. Su tamaño era considerable, y el estiramiento fue una mezcla de dolor y placer que me hizo morder mi propio labio. Empezó a moverse con un ritmo profundo, pausado, mientras Tomás, a mi lado, me tomaba de la mano y la guiaba hacia su propia erección.
Lo acaricié mientras Mateo me penetraba. Luego sentí otra boca en mi pecho. Leandro, succionando mi pezón con fuerza, pellizcando el otro con los dedos. Hugo, a mi izquierda, me besaba el cuello, el hombro, el valle entre mis pechos, dejando marcas que sabía que durarían días.
—Más rápido —pedí, y Mateo obedeció.
Sus embestidas se volvieron desenfrenadas, con un sonido húmedo que se mezclaba con el rumor del mar y nuestros jadeos. Sentí que se acercaba, que su ritmo se volvía errático, y justo cuando estaba a punto de venirse, se retiró.
—No todavía —dijo, con la voz estrangulada—. Quiero que vengas con otro.
Se apartó. Hugo tomó su lugar.
Era más delgado que Mateo, pero más largo. Su entrada fue diferente, un ángulo que me hizo ver estrellas, que tocó algo en mi interior que Mateo no había alcanzado. Gemí, largo y bajo, mientras Hugo me tomaba de las caderas y me penetraba con embestidas rápidas, casi frenéticas, como si no pudiera contenerse.
Tomás se movió. Se posicionó a mi cabeza, inclinándose sobre mí en una especie de sesenta y nueve invertido, y empezó a lamer mi clítoris mientras Hugo se movía dentro de mí. La doble estimulación fue demasiado. El segundo orgasmo me golpeó con la fuerza de un tren, haciendo que mis músculos internos se contrajeran alrededor de Hugo con tanta fuerza que él gritó y se vació dentro de mí con un espasmo que lo dobló sobre mi cuerpo.
—Carajo —jadeó, contra mi pecho—. Joder, Carla.
No tu tiempo de descanso. Leandro me tomó de la cintura y me giró sobre el vientre. Me levantó las caderas, dejándome a cuatro patas sobre la toalla, con la arena caliente contra mis rodillas y el culo expuesto al aire nocturno.
—¿Estás bien? —preguntó, con una voz que era puro control médico, aunque temblaba.
—Fóllame —respondí, y la palabra sonía extraña en mi boca, salvaje, perfecta.
Entró por detrás. Fue una sensación diferente, más profunda, más primitiva. Sus manos se cerraron sobre mis nalgas, separándolas, mientras embestía con un ritmo que parecía calculado para hacerme perder la razón. Al mismo tiempo, Mateo se arrodilló frente a mí, ofreciéndome su pene, todavía duro, brillante con mi propia humedad y la de Hugo.
Lo tomé en mi boca. Lo succioné con la avidez de quien tiene hambre de algo que no sabía que necesitaba. El sabor era una mezcla de todos nosotros, salado, almizcleño, terriblemente humano. Mateo agarró mi cabeza con ambas manos y empezó a mover las caderas, follándome la boca con una lentitud que me dejaba respirar entre embestida y embestida.
Leandro aumentó el ritmo. Sus embestidas se volvieron duras, casi brutales, y cada una me empujaba hacia adelante, hacia Mateo, creando un ritmo sincronizado entre los dos que me hacía sentir como una pieza de un mecanismo perfecto. Tomás, a mi lado, me acariciaba la espalda con una mano mientras se masturbaba con la otra, observándonos con una intensidad que era casi violenta.
—Voy a venirme —advirtió Leandro.
—Dentro —pedí, con la boca llena de Mateo—. Quiero sentirlo.
Se vació con un gemido largo y ronco que pareció venir de lo más profundo de su pecho. Sentí el calor de su semen dentro de mí, una humedad nueva que me hizo estremecer. Cuando se retiró, temblando, Tomás tomó su lugar.
—Por el culo —dijo, y no era una pregunta. Era una oferta, una posibilidad que me presentaba con la voz ronca.
—Sí —respondí, sin dudar.
Estaba tan excitada, tan abierta, tan llena de todo, que la penetración fue más fácil de lo que esperaba. Tomás usó saliva y el residuo de los otros, y entró con una lentitud que me hizo gritar contra la toalla. Era intenso, casi demasiado, un llenado que no había experimentado nunca. Pero cuando empezó a moverse, encontrando un ritmo que contrastaba con el de Mateo en mi boca, sentí que algo se rompía dentro de mí. No algo dañino. Algo que había estado cerrado durante años.
El tercer orgasmo fue el más intenso de todos. No fue solo físico. Fue una especie de disolución, de pérdida de fronteras entre mi cuerpo y el de ellos, entre el placer y el dolor, entre el yo que era esa mañana y el yo que estaba naciendo en esa playa, bajo las estrellas, con cuatro hombres dentro y alrededor de mí.
Tomás se vino con un gruñido, clavándose hasta el fondo, y luego se derrumbó sobre mi espalda, respirando con dificultad. Mateo, en mi boca, aumentó el ritmo, y con un último empuje profundo que me hizo atragantarme ligeramente, se vació en mi garganta. Tragué sin pensar, con una naturalidad que me sorprendió a mí misma.
Quedamos así durante minutos. Un enredo de cinco cuerpos sobre una toalla de rayas, con la arena pegada a la piel sudorosa, con el sonido del mar como única música. Tomás se apartó primero, con cuidado, besándome la espalda. Luego Mateo. Luego Hugo y Leandro, que se habían recostado a mi lado, con las manos en mi cuerpo, acariciando con una ternura que contrastaba con la brutalidad de momentos antes.
Me giré sobre la espalda. Miré el cielo. Las estrellas eran miles, millones, un polvo de luz sobre nosotros que me hizo sentir pequeña e infinita al mismo tiempo.
—¿Y ahora? —preguntó Hugo, con la voz somnolienta.
—Ahora —dije, y mi voz sonía extraña, serena, como la de otra persona—. ahora me quedo un rato más. Y luego me voy a casa. Pero no soy la misma Carla que llegó esta tarde.
—¿Y qué Carla eres? —preguntó Mateo.
Me volví hacia él. Hacia los cuatro. Y sonreí.
—Soy la Carla que sabe que puede tener lo que quiere. La que no necesita pedir permiso. La que, si mañana quiere volver a esta playa, vendrá sola. Y si os encuentra, bien. Y si no, también.
Tomás se rio. Esa risa grave de antes.
—Eres peligrosa, Carla.
—No —dije, cerrando los ojos, sintiendo la brisa nocturna en mi piel desnuda—. Solo soy libre. Y eso es mucho peor.
Nos quedamos en silencio, escuchando el mar, hasta que el frío nos obligó a vestirnos. No intercambiamos teléfonos. No prometimos nada. Cuando me levanté para irme, con la arena cayendo de mi cuerpo como confeti, cada uno de ellos me besó. No en la boca. En la frente, en el hombro, en la mano, en la nuca. Cuatro besos de despedida que sellaban algo que no necesitaba nombre.
Caminé hacia el sendero de pinos sin mirar atrás. La resina olía más intensa que antes, o quizá yo la olía mejor. En algún lugar de la oscuridad, una lechuza hizo su ruido nocturno. Y yo, con el cuerpo dolorido, la piel salada, y la certeza de que había cruzado un límite que no sabía que existía, sonreí en la oscuridad.
Algunas playas no se encuentran en los mapas. Se encuentran cuando dejas de mirar el camino y empiezas a mirar hacia adentro.
La Cala
Algunos límites solo existen hasta que decides cruzarlos.
