Intercambio de parejas

La cena de los cuatro

Dos matrimonios que se conocen desde la universidad se juntan un sábado de invierno a cenar. Entre el guiso, la ginebra y las risas, una broma sobre el aburrimiento conyugal se convierte en una pregunta real: ¿y si probamos?

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Portada de La cena de los cuatro

Marcos cortó la cebolla con la técnica torpe de quien cocina por obligación, no por vocación. Los ojos le lloraban. No de emoción, de irritación. En el salón, Laura pasaba la aspiradora con una energía que delataba nerviosismo, aunque ella lo llamara "poner orden antes de que lleguen".

—¿Seguro que no pedimos pizza? —gritó Marcos desde la cocina, limpiándose los ojos con el antebrazo.

—Seguro. Raúl se ríe de tu cocina desde la universidad. Esta noche le demostramos que has mejorado —respondió Laura, apagando la aspiradora.

—No he mejorado. He empeorado, pero ahora tengo más confianza.

Laura apareció en la puerta de la cocina. Llevaba unos vaqueros oscuros que le apretaban un poco más de la cuenta desde Navidad, y un jersey de lana gris con el cuello deshilachado. Se había recogido el pelo rubio en un moño flojo del que se escapaban mechones. Marcos la miró. Llevaban quince años casados, tres hipotecas refinanciadas y una hija de once que estaba esa noche en casa de sus abuelos en Alcalá. Aún así, a veces la miraba y recordaba por qué había dejado de fumar en el 2009: porque ella se lo pidió, y en aquella época él aún hacía todo lo que ella pedía.

—Huele bien —dijo ella, asomándose a la olla.

—Es un guiso de ternera de YouTube. El título prometía que era imposible de cagarla.

—Nunca confíes en un título que dice "imposible de cagarla".

El timbre sonó a las nueve y cuarto. Raúl y Elena siempre llegaban tarde, pero nunca lo suficiente como para disculparse, solo lo necesario para demostrar que tenían vida propia. Marcos abrió la puerta. Raúl sostenía una botella de ginebra artesanal y una bolsa de hielo de gasolinera. Elena llevaba una tarta de queso comprada en una pastelería de barrio y un abrigo verde botella que le quedaba grande.

—Huele a cebolla quemada —dijo Raúl, entrando.

—Es cebolla caramelizada —ment Marcos.

—Es cebolla quemada, y me encanta —corrigió Elena, dándole dos besos con una naturalidad que aún conservaban desde que eran vecinos de piso en el 2003.

Raúl y Marcos se conocían desde la carrera. Habían compartido piso en Alonso Martínez durante cuatro años, una época que recordaban con nostalgia selectiva: solo las fiestas, nunca las facturas ni los conflictos por la leche caducada. Elena apareció en el cuarto año, novia de Raúl, compañera de clase de Marcos. Laura llegó después, enfermera en prácticas en el Hospital Clínico, conquistada por Marcos en una fiesta de fin de carrera donde él vomitó en una maceta y ella le limpió la frente. Los cuatro habían formado un grupo que resistió mudanzas, bodas, divorcios de otros amigos, crisis económicas y pandemias. Se veían menos de lo que les gustaría, pero cuando se veían, la conversación fluía sin fisuras.

La cena empezó con el guiso, que resultó comestible. Incluso bueno, admitió Raúl tras el segundo vaso de vino. Hablaron de trabajo, de los hijos —los de Raúl y Elena tenían trece y diez, los de Marcos y Laura once—, de la subida de la luz y de por qué los ginecólogos siempre tenían la sala de espera más fría del planeta. Elena contó que en la editorial estaban publicando una novela erótica que vendía más que todo el catálogo de ensayo junto.

—La gente quiere sexo, no reflexión —dijo, remojando pan en la salsa.

—La gente quiere sexo y reflexión, pero no al mismo tiempo —apuntó Laura.

—Yo quiero sexo y que me dejen dormir después —dijo Raúl.

—Eso ya lo tienes —replicó Elena, sin malicia.

—Tengo la segunda parte. La primera está en pausa indefinida.

Se rieron. Era una broma habitual entre ellos, la del matrimonio en modo standby, la del aburrimiento conyugal como status quo. Marcos y Laura también la usaban a veces, aunque en su caso era más cierto de lo que admitían en público. Llevaban meses en una rutina que no era mala, solo previsible: los martes ella tenía turno de tarde, los jueves él tenía tutorías, los sábados por la noche veían una serie en la que nadie mataba a nadie y los domingos hacían la compra en el Carrefour de Goya. El sexo ocurría los sábados, si no daban sueño los antihistamínicos de Marcos, y consistía en una secuencia de tres posturas que ambos conocían de memoria.

—Hablando de sexo —dijo Raúl, sirviéndose más vino—, en el trabajo me invitaron a un club swinger.

La cuchara de Laura se detuvo a mitad de camino hacia la boca.

—¿A ti? —preguntó Marcos.

—A mí. Bueno, a un grupo. Es un cliente que tiene un local en la Sierra. Dijo que los viernes hay gente "muy interesante". Yo me reí, le dije que no era mi rollo, pero luego pensé: ¿por qué me río? ¿A qué le tengo miedo?

—A que te toque un tío con anillo de sello —dijo Elena.

—A que te guste —añadió Laura.

Raúl la miró. Fue una mirada rápida, pero Marcos la captó. Había algo en la forma en que Raúl observaba a Laura desde hacía años, una evaluación discreta que siempre había atribuido a la confianza de la amistad. Ahora no estaba tan seguro.

—¿Tú irías a un club swinger? —le preguntó Raúl a Laura.

—Yo no tengo cuerpo para eso —respondió ella, encogiéndose de hombros.

—Mentira —dijo Elena—. Tú tienes mejor cuerpo que cuando tenías veinticinco. Yo me he puesto blandita aquí —se señaló la cintura—. Y aquí —los muslos.

—Estás perfecta —dijo Raúl, mecánicamente.

—Eso es lo que tiene que decir el marido —replicó Elena, pero sonrió.

Marcos se sirvió más vino. La botella estaba casi vacía. En la cocina, el horno hacía un ruido metálico de expansión. Fuera, el febrero madrilenío golpeaba los cristales con una lluvia fina que no mojaba, solo enfriaba.

—A mí me da morbo —dijo Elena de repente, mirando su copa.

—¿El qué? —preguntó Marcos.

—La idea. No el club, eso me da repelús, todo el mundo oliendo a desinfectante. Pero la idea de... no sé. De romper la norma. De que alguien que no es tu pareja te mire como si fueras nueva.

Silencio. Laura dejó la servilleta sobre la mesa. Marcos notó que su mujer se había puesto colorada, un rubor que le subía desde el cuello y que ella intentaba disimular bebiendo agua.

—Yo también pienso eso a veces —dijo Laura, con una voz más baja de lo habitual.

—¿En serio? —Marcos se giró hacia ella.

—No es que quiera irme con otro. Es que... a veces echo de menos que me miren. Que me deseen, vamos. Tú ya no me miras así.

—Yo te miro.

—Me miras para ver si he comprado pan o leche. No me miras como cuando teníamos veinticinco y te escondías conmigo en el baño de tu madre.

Marcos quiso protestar, pero tenía razón. La miraba para ver si estaba cansada, si necesitaba que recogiera la mesa, si se había enfadado con algún comentario. No la miraba como un territorio por descubrir.

—Yo te miro —dijo Raúl, y la frase cayó en la mesa como un plato roto.

Todos se quedaron quietos. Raúl no se retractó. No rio. Sostuvo la mirada de Laura durante dos segundos, luego parpadeó y sonrió con una timidez que no le caracterizaba.

—Quiero decir... siempre me ha parecido que Laura es una mujer atractiva. Lo digo como amigo. Como compañero de piso de tu marido, Marcos. No quiero que me pegues.

—No te voy a pegar —dijo Marcos, y se sorprendió al darse cuenta de que era cierto.

Algo había cambiado en la habitación. No sabía si era el vino, la hora, o la confesión de Laura sobre echar de menos ser deseada. Pero la atmósfera se había vuelto densa, elástica, como la piel que se estira antes de romperse.

Elena fue la primera en moverse. Se levantó para recoger los platos, pero en lugar de llevarlos a la cocina, se detuvo detrás de Marcos y le puso una mano en el hombro.

—¿Y tú, Marcos? —preguntó, con una voz que sonaba distinta, más ronca—. ¿Nunca has pensado en otra?

—Todos pensamos en otra —dijo él, evasivo.

—Yo no pregunto si piensas. Pregunto si deseas.

La mano de Elena se deslizó por su hombro, un centímetro, dos. No fue una caricia. Fue una pregunta hecha piel. Marcos sintió el calor de su palma a través de la camisa, y su cuerpo reaccionó antes de que su cerebro diera permiso. Se puso tenso. No de incomodidad.

—Elena... —dijo.

—Es solo una pregunta. No te asustes.

Pero no era solo una pregunta. Laura observaba la escena desde su lado de la mesa, con los codos apoyados, la barbilla sobre las manos entrelazadas. No parecía enfadada. Parecía... interesada. Como si estuviera viendo una película que había decidido no interrumpir.

Raúl se inclinó hacia delante, hacia Laura.

—¿Te importa que te mire ahora? —preguntó.

—Ahora sí me estás mirando —respondió ella.

—¿Y si te dijera que llevo años haciéndolo en secreto?

Laura no se echó atrás. No rio. Se quedó quieta, con los labios entreabiertos, y asintió. Casi imperceptiblemente, pero asintió.
Marcos sintió que algo se descoyuntaba en su interior. No era celos. O quizá sí, pero una versión extraña de los celos, mezclada con una curiosidad morbida que le hacía la boca seca. Vio a Raúl acercarse a Laura. Vio cómo su amigo le quitaba un mechón de pelo de la frente con un gesto delicado, casi médico. Y vio cómo Laura cerraba los ojos.

—Espera —dijo Marcos.

Todos se paralizaron. Él se levantó. La silla crujió contra el suelo de parquet. Fue a la cocina, abrió el frigorífico, sacó la botella de ginebra que Raúl había traído. Volvió a la mesa con cuatro vasos altos, hielo, y una determinación que no sabía de dónde salía.
—Si esto es una broma, paramos —dijo, sirviendo la ginebra sin tónica, pura, como si fuera agua bendita—. Pero si no es una broma, quiero que quede claro que aquí nadie hace nada que no quiera hacer. Y que mañana seguimos siendo amigos, colegas, lo que sea. ¿Trato?

—Trato —dijo Raúl, tomando su vaso.

—Trato —dijo Elena, con una sonrisa que temblaba ligeramente.

Laura tomó su vaso. Miró a Marcos a los ojos.

—¿Estás seguro? —preguntó ella.

—No —respondió él—. Pero quiero probar.

Bebieron. La ginebra quemó. Marcos fue el primero en moverse. Se acercó a Elena, que seguía de pie junto a su silla, y la tomó de la mano. No era una mano de amante. Era la mano de alguien que está a punto de saltar al vacío y necesita comprobar que la cuerda aguanta. Elena apretó. Luego se acercó un paso. Estaban a diez centímetros. Marcos podía oler su perfume, algo cítrico y barato, y el olor a comida que aún impregnaba su ropa.

—¿Me besas? —preguntó ella.

Marcos la besó.

Fue un beso lento, exploratorio, de adolescentes en una fiesta que no se atreven a creer que está pasando. Los labios de Elena eran más suaves de lo que esperaba, y más fríos por la ginebra. Ella abrió la boca y su lengua entró con una timidez que contrastaba con su actitud de minutos antes. Marcos la tomó por la cintura, sintiendo el jersey de lana gruesa, la cadera que se curvaba bajo la tela. Ella se pegó a él, y sintió su erección contra su vientre. No se apartó. Al contrario, se frotó levemente, una provocación que le arrancó un gemido.

A su lado, escuchó a Laura. No era un gemido de ella. Era un suspiro. Se separó del beso, giró la cabeza, y vio a Raúl besando a su mujer. No en la mejilla. En la boca. Con una mano en el cuello de Laura, sosteniéndola, y la otra en su rodilla, subiendo por el muslo. Laura tenía una mano en el pecho de Raúl, no para empujarlo, sino para sentirlo, con los dedos abiertos sobre la camisa.

—Joder —murmuró Marcos.

—¿Quieres parar? —preguntó Elena, con la respiración acelerada.

—No —dijo él, y la besó de nuevo.

Esta vez fue diferente. Sin timidez. Con la lengua profunda, con las manos bajando por la espalda de Elena hasta sus nalgas, amasándolas a través de los vaqueros. Ella gimió contra su boca y le mordió el labio inferior. No fuerte. Lo suficiente para que sintiera el dolor mezclado con el placer.

—Vamos al salón —dijo Raúl, con una voz que sonía estrangulada.

Se movieron como un rebaño torpe, tropezando con las sillas, dejando los vasos en la mesa. El salón de Marcos y Laura era pequeño, con un sofá de tres plazas desgastado en los brazos y una alfombra persa heredada de la madre de ella. Raúl se sentó en el sofá y tiró de Laura hacia él. Ella cayó sentada en su regazo, a horcajadas, con la falda vaquera subiéndose por los muslos. Raúl le agarró la cara con ambas manos y la besó con una urgencia que ya no disimulaba. Laura se movió sobre él, frotándose contra su erección, con las manos en su pelo canoso.

Marcos se quedó de pie, con Elena frente a él, observando la escena. Los dos se miraron. En los ojos de Elena había una pregunta. Marcos respondió tomándola de la mano y llevándola al otro extremo del sofá. Se sentaron juntos, con un cojín de por medio, viendo a sus respectivas parejas besarse.

—Esto es increíblemente raro —dijo Marcos.

—Increíblemente excitante —corrigió Elena.

Se besaron otra vez. Marcos le quitó el jersey a Elena, levantándoselo por la cabeza. Ella levantó los brazos. Debajo llevaba un sujetador de encaje negro, simple, con el cierre delantero. Marcos lo desabrochó con dedos torpes. Los pechos de Elena cayeron libres. Eran más pequeños que los de Laura, con pezones grandes y oscuros que se endurecieron al contacto con el aire. Marcos los tomó con ambas manos, los amasó, los acarició con los pulgares. Elena echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en el respaldo del sofá, y gimió.

—Mísalos —dijo ella—. No me toques más. Solo mírame.

Marcos obedeció. Retiró las manos, aunque le costó, y la observó. Elena se tocó los pezones con sus propios dedos, pellizcándolos, mientras con la otra mano se bajaba la cremallera de los vaqueros. Se los quitó con movimientos bruscos, quedando solo en bragas de encaje a juego con el sujetador que ya no llevaba. Sus muslos eran blancos, con una red de venas azules cerca de las rodillas, y un pequeño lunar en el interior del muslo izquierdo. Se abrió de piernas, apoyando un pie en el suelo y el otro en el cojín entre ella y Marcos.

—Tócame —ordenó—. Pero solo por encima.

Marcos deslizó la mano entre sus piernas. La tela de las bragas estaba húmeda, empapada. Frotó con la palma, sintiendo la forma de sus labios, la protuberancia de su clítoris. Elena jadeó, moviendo las caderas contra su mano. Con la otra mano, ella le desabrochó los pantalones. Marcos levantó las caderas para ayudarla. Ella bajó vaqueros y calzoncillos juntos, liberando su erección. Estaba dura, roja, con una gota de humedad brillando en la punta.

—Eres más grande de lo que pensaba —dijo Elena, con una voz quebrada.

—¿Pensabas en ello?

—Cada vez que nos veíamos.

Elena tomó su verga con una mano firme. Lo masturbó despacio, desde la base hasta la punta, con un ritmo pausado que le hizo ver estrellas. Al mismo tiempo, Marcos aceleró la fricción sobre sus bragas, presionando más fuerte, buscando el punto exacto. Elena se mordió el labio, con los ojos cerrados, y dejó escapar un gemido largo.

Marcos giró la cabeza. Raúl y Laura ya no estaban en el sofá. Estaban en el suelo, sobre la alfombra persa. Raúl estaba de rodillas, con la camisa abierta, y Laura estaba tumbada de espaldas, con los vaqueros y las bragas quitados, con las piernas abiertas y los tacones puestos. Raúl levantó las piernas de Laura, apoyándolas en sus hombros, y se hundió entre ellas. Marcos vio la lengua de su amigo salir, lamer la entrepierna de su mujer, deslizarse entre sus labios. Laura gritó, un sonido que nunca había hecho con él, o al menos no que él recordara. Tenía los pechos fuera del sujetador, amasados por sus propias manos, con los pezones erectos y brillantes de saliva.

—Joder —murmuró Marcos.

—Míranos —dijo Elena, girándole la cara con la mano libre—. Míranos a nosotros.

Se inclinó y tomó su erección en la boca. El calor húmedo, la succión inmediata, le hicieron jadear. Elena no era delicada. Succionaba con fuerza, con la lengua girando alrededor de la punta, con una mano masturbando la base mientras la otra acariciaba sus testículos. Marcos se agarró al respaldo del sofá, con los nudillos blancos, intentando no correrse demasiado pronto.

Elena se apartó. Escupió en la palma de su mano y volvió a tomarlo, deslizando la humedad por toda la longitud.

—Quiero que me folles —dijo, mirándolo a los ojos—. Aquí. En el sofá. Mientras ellos nos miran.

Marcos no dudó. La tomó por la cintura y la giró. La puso de rodillas en el sofá, mirando hacia la alfombra donde Raúl seguía lamiendo a Laura. Elena se agarró al respaldo, arqueando la espalda, ofreciéndose. Marcos le bajó las bragas de un tirón. Su sexo quedó expuesto, húmedo, abierto, con los labios hinchados y brillantes. Marcos se posicionó detrás de ella, guiándose con una mano, y penetró de una sola embestida.

Elena gritó. No un gemido. Un grito. Marcos sintió su calor apretado a su alrededor, una pared de músculos que se cerraban sobre él. Empezó a moverse, con embestidas profundas que hacían que el sofá se deslizara contra la pared. Elena empujaba hacia atrás, encontrando cada golpe, con el pelo suelto cayéndole por la cara. Marcos la tomó por las caderas, clavando los dedos en su carne, y aceleró.

—Más fuerte —ordenó ella—. No me trates con cuidado. No soy de cristal.

Marcos la embistió con una fuerza que le sorprendió. Cada choque de sus caderas contra las nalgas de Elena producía un sonido seco que se mezclaba con los gemidos de Laura. Él miró hacia abajo, viendo su propia erección entrando y saliendo de ella, brillante de humedad, y luego miró a Laura. Su mujer lo estaba mirando. Tenía la cabeza girada hacia ellos, con los ojos vidriosos, mientras Raúl la penetraba con los dedos, preparándola. Sus ojos se encontraron. No hubo reproche. Hubo una complicidad tan intensa que Marcos sintió que el orgasmo se acercaba sin poder detenerlo.

—Me voy a correr —avisó.

—Dentro —dijo Elena—. Quiero sentirlo. No te cortes.

Marcos explotó. Fue un orgasmo que le arrancó un grito ronco, que le hizo doblarse sobre la espalda de Elena, clavándose en ella hasta el fondo. Cada pulsación fue una descarga eléctrica que le recorría la columna, vaciándose en ella con una intensidad que no recordaba haber sentido. Elena se contrajo alrededor de él, gimiendo, con una mano entre sus piernas frotándose el clítoris para alcanzar su propio placer.

Cuando Marcos se apartó, jadeando, con las piernas temblorosas, vio que Raúl ya estaba sobre Laura. Su amigo se había quitado los pantalones y la penetraba desde arriba, con Laura tumbada en la alfombra, con las piernas abiertas y las rodillas dobladas. Raúl movía las caderas con un ritmo pausado, profundo, mirando a Laura a los ojos con una intensidad que Marcos nunca le había visto. Laura tenía las manos en la espalda de Raúl, arañándolo, con la boca abierta en un gemido continuo.

Elena se giró en el sofá. Se sentó, con las piernas aún abiertas, con el semen de Marcos goteando lentamente por el interior de su muslo. Se acercó a Marcos y lo besó. Fue un beso lento, casi dulce, que contrastaba con la brutalidad de lo anterior.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

—No lo sé —respondió él, sincero.

—Yo sí.

Se quedaron abrazados en el sofá, observando a Raúl y a Laura. Raúl aceleró el ritmo. Laura levantó las caderas, encontrándolo, y gritó cuando se corrió. Raúl la siguió segundos después, con un gemido largo, clavándose en ella hasta que sus piernas dejaron de funcionar y se derrumbó sobre su cuerpo.

El salón quedó en silencio, salvo por la respiración de cuatro personas. La lluvia seguía golpeando los cristales. El horno de la cocina hizo otro ruido metálico. En algún lugar del edificio, un vecino cerró una puerta.

Raúl se levantó primero. Se puso los pantalones con torpeza. Laura se quedó en la alfombra, con los ojos cerrados, con una sonrisa que Marcos no supo interpretar. Elena se levantó del sofá y fue a buscar su ropa, sin prisa, sin vergüenza.

—Necesito un vaso de agua —dijo Raúl, rompiendo el silencio.

—Yo también —dijo Marcos.

Fueron juntos a la cocina, desnudos de cintura para arriba, con la ropa en desorden. Se miraron. Durante un segundo, la situación les pareció tan absurda que ambos se rieron. Una risa nerviosa, liberadora.

—¿Estamos bien? —preguntó Raúl.

—Creo que sí —dijo Marcos.

—No quería que te sintieras...

—No me siento. O sí, pero no mal. Es extraño.

—Lo es.

Se abrazaron. Fue un abrazo de amigos, de compañeros de piso que han compartido algo más que un alquiler. Luego Elena entró en la cocina, ya vestida, y les arreó a los dos con una toalla de cocina.

—Dejad de filosofar y servidme agua, machotes.

Laura apareció en la puerta, envuelta en el jersey de Marcos. Tenía el pelo revuelto, las mejillas sonrojadas, y un brillo en los ojos que Marcos no veía desde hacía años.

—¿Alguien quiere tarta de queso? —preguntó.

—Yo quiero —dijo Elena.

—Yo también —dijo Raúl.

—Yo quiero que esto no sea la última vez —dijo Laura, y la frase quedó flotando en la cocina como una pregunta sin respuesta.
Marcos la miró. Ella le sonrió. No era la sonrisa de disculpa ni de culpa. Era la sonrisa de quien ha probado algo nuevo y descubre que le gusta.

—La tarta primero —dijo Marcos—. Ya veremos lo demás.

Se sentaron alrededor de la mesa de la cocina, despeinados, oliendo a sexo y a ginebra, comiendo la tarta de queso con las manos, sin platos. La conversación volvió a la normalidad, a los niños, a las vacaciones de verano, a la hipoteca. Pero debajo de cada palabra corría una corriente nueva, una electricidad que no estaba antes.

Cuando Raúl y Elena se fueron, a las dos de la mañana, se despidieron con dos besos cada uno, como siempre. Pero Elena le mordió el lóbulo de la oreja a Marcos al segundo beso, y Raúl le apretó la mano a Laura un segundo más de lo debido.
Marcos cerró la puerta. Se quedó en el recibidor, con Laura a su lado. El piso olía a incienso barato que Elena había encendido en el baño y a algo más profundo, a ellos.

—¿Duermes? —preguntó Laura.

—No.

—Yo tampoco.

Se fueron al dormitorio. Se acostaron boca arriba, mirando el techo, sin tocarse todavía.

—¿Te ha gustado? —preguntó Marcos al cabo de un rato.
—Sí —dijo Laura—. ¿A ti?

—Sí.

—¿Lo repetimos?

Marcos se giró. Laura ya lo miraba. En sus ojos había una pregunta y una respuesta al mismo tiempo.

—Sí —dijo él.

Laura se acercó. Se puso encima de él, a horcajadas, con el jersey de él todavía puesto. Esta vez fue ella quien le quitó los calzoncillos, ella quien lo guió hacia su interior, ella quien se movió despacio, mirándolo a los ojos, mientras fuera la lluvia de febrero seguía cayendo indiferente sobre Madrid.

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