Me mudé al cuarto, puerta tercera, hacía veintidós días, contando el domingo en que el ascensor se averió y tuve que subir dos maletas por la escalera mientras un vecino del segundo me observaba con la simpatía perezosa de quien ya pasó por eso. El divorcio me había dejado con medio salón de muebles que no elegí —mi ex se quedó con lo bueno, yo con lo funcional— y una barriga que crecía en paralelo a mi desinterés por el gimnasio. A mis cuarenta y dos años, me había convertido en un hombre que compraba yogures caducados y olvidaba sacar la basura los martes.
Elena apareció el día que el ascensor volvió a la vida.
Subía con una caja de libros que pesaba más de lo razonable cuando las puertas se abrieron en el tercero. Ella entró con una bolsa de red del supermercado que se rompió en el exacto instante en que el ascensor emitió su pitido de cierre. Dos naranjas rodaron por el suelo de goma. Una toronja. Un bote de yogur que, milagrosamente, no explotó.
—Mierda —dijo, sin gritar, con una resignación que me hizo sonreír.
Dejé mi caja en un rincón y me agaché a recoger la fruta. Ella se agachó al mismo tiempo. Nuestros cráneos chocaron con un sonido seco y ridículo que nos hizo reír a los dos, ella con una risa áspera, de fumadora ocasional.
—Perdón —murmuré, frotándome la sien.
—No, culpa mía. Compro las bolsas más baratas y luego lloro.
Sus manos eran pequeñas, con las uñas cortas y pintadas de un color entre burdeos y marrón. Cuando me entregó la toronja, sus dedos rozaron los míos. Fue un contacto breve, húmedo por la fruta. El ascensor reanudó su ascenso lento, con un gemido mecánico que parecía quejarse de nuestro peso.
—Voy al cuarto —dije.
—Yo también. Enfrente de ti, supongo. Te he visto entrar la semana pasada con una lámpara de pie muy fea.
Me quedé sin respuesta. No porque la lámpara no fuera fea —lo era, una cosa de latón que mi madre había colocado en el salón aprovechando una visita—, sino porque ella me había visto. Me había observado lo suficiente como para recordar un mueble.
—Es de mi madre.
—Todas las cosas horribles son de las madres —dijo, y sonrió.
Tenía el pelo castaño claro, recogido en una coleta desordenada de la que se escapaban mechones con canas que no se molestaba en teñir. Llevaba un abrigo verde demasiado grande y unas botas de goma con calcetines de colores visibles por encima. Cuando se agachó para recoger el resto de la compra vi, sin querer, un lunar grande en la curva de su cuello. Me costó apartar la mirada.
—Gracias por el rescate.
Elena, leí en el timbre de su puerta, en una etiqueta escrita a mano con rotulador azul. La puerta se cerró. Yo entré en mi piso oliendo aún en las manos el cítrico de la toronja, preguntándome si su sonrisa había sido amabilidad de vecindad o algo más. Luego me reí de mí mismo. Llevaba un año y medio sin que una mujer me mirara con intención, y ya estaba interpretando señales de humo en una conversación sobre fruta.
El segundo encuentro ocurrió en el aparcamiento, cinco días después.
Bajaba a tirar una bolsa de basura que olía a pescado porque había olvidado sacarla la noche anterior. Ella estaba junto a un utilitario rojo abollado, forcejeando con una maleta rígida que no cabía en el maletero.
—No entra —dijo, sin saludar, como si continuáramos una conversación interrumpida.
—¿Nunca ha entrado?
—Sí, pero ahora llevo una caja de libros dentro. Soy profesora. Acumulo libros como otros acumulan deudas.
Me acerqué. Agarré la maleta por un lateral y la giramos juntos, buscando el ángulo. Nuestros codos se rozaron. Ella llevaba una camiseta vieja de un festival de jazz y unos vaqueros desgastados en las rodillas. Tenía ojeras que le daban un aire de cansancio noble.
—¿Profesora de qué?
—Historia. Instituto. Adolescentes que me miran como si Napoleón fuera un influencer fracasado.
Me reí, la primera vez en días.
—Y tú, ¿a qué te dedicas? Te he visto con corbata, pero también con pintura en las manos.
—Gestor de proyectos en una consultora. La pintura fue porque ayudé a mi hermano con su trastero.
—Divorciado —dijo. No preguntó. Afirmó.
—¿Se nota tanto?
—Se nota en la forma en que cierras la puerta. Dos golpes secos, como si quisieras asegurarte de que nadie te sigue. Los casados cierran distinto, más perezosos.
Me quedé parado con la basura en la mano, sintiéndome expuesto. Ella se apoyó en el coche y me miró con una intensidad que me hizo sudar bajo la camisa.
—Yo también estoy sola. Sola de verdad. Sin ex que venga los fines de semana a recoger a nadie. Solo yo y un gato que me odia.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos años. Tú, ¿cuánto?
—Uno y medio. Oficialmente. En realidad, llevábamos tres años siendo compañeros de piso con cuentas conjuntas.
Ella asintió. Luego pasó a mi lado y apoyó la palma sobre mi clavícula durante un segundo que duró lo suficiente para que sintiera su calor a través de la tela.
—Bienvenido al edificio. Aunque ya es tarde para eso.
Se alejó hacia la escalera. Yo me quedé en el aparcamiento, con la basura oliendo a pescado y el peso fantasma de su mano en el hombro. Me dije que era amabilidad. Pero esa noche, mientras cenaba solo unas lentejas recalentadas, me descubrí mirando la puerta, esperando que sonara el timbre.
El tercer encuentro fue una trampa.
Había llovido todo el día, una lluvia fina de noviembre que calaba los huesos. Volvía del supermercado cuando ella apareció en el portal justo mientras yo buscaba la llave. Llevaba un impermeable amarillo demasiado grande y el pelo suelto, mojado, pegado a la cara. Olía a lluvia y a tabaco húmedo.
—Coincidencia —dijo.
—O destino —respondí, sin pensar.
El ascensor, con su malicia habitual, se detuvo entre el segundo y el tercero durante treinta segundos. La luz se apagó un instante. En esa oscuridad breve, sentí su respiración cerca de mi oído. Cuando regresó la luz, su hombro estaba contra mi brazo.
—Hace frío —dije, una estupidez.
—Tú haces calor —respondió, con la mirada fija en los números del panel.
Llegamos al cuarto. Salí primero, pero esta vez ella no se giró hacia su puerta. Se quedó en el rellano, con la espalda contra la pared, mirándome. Yo tenía la llave lista, pero no giré la cerradura.
Elena se quitó el impermeable. Debajo llevaba una camiseta blanca de tirantes, mojada en los hombros. No se cubrió. Se quedó quieta, dejando que yo mirara. Y yo miré. Llevaba semanas convenciéndome de que proyectaba deseo sobre la amabilidad vecinal, pero sus ojos me dijeron que no me equivocaba.
Mi teléfono sonó. Era mi exmujer. La pantalla iluminó el rellano con una luz azulada y violenta. Quería cambiar el horario del sábado para recoger a nuestra hija. Elena me miró un segundo más, sonrió con tristeza y entró en su piso. La puerta se cerró con un clic suave.
Colgué. Golpeé mi puerta con la frente. Dos golpes secos, como ella había dicho.
Tres noches después, sonó el timbre a las diez y cuarto.
Abrí con una camiseta vieja de un maratón que nunca corrí y unos pantalones de chándal con un agujero en la rodilla. Elena estaba al otro lado, en calcetines de lana grises, un jersey de cuello alto que le llegaba a medio muslo y el pelo mojado, como si acabara de ducharse.
—Se me ha fundido la bombilla del recibidor. Y no tengo escalera. He visto que en tu salón tienes una plegable de aluminio.
Fui a buscarla. Cuando volví, ella había entrado un paso, sobre el felpudo que decía Bienvenido en letras descoloridas. La escalera, entre nosotros, creaba una barrera ridícula.
—Aquí tienes.
No la cogió. Miró la escalera y luego a mí.
—La verdad es que no sabía si tocar tu timbre.
—¿Por qué?
—Porque no estoy segura de querer la escalera.
El silencio se extendió como agua en un suelo inclinado. Tenía cuarenta y dos años, una hija, una hipoteca, y una mujer de treinta y siete en calcetines de lana me estaba diciendo, sin decirlo, que había cruzado el rellano para verme.
—Si no quieres la escalera, ¿qué quieres?
Ella dio un paso alrededor del objeto metálico. Estaba tan cerca que podía ver las gotas que aún le quedaban en las pestañas.
—Quiero que me mires como me miraste en el rellano. Sin cortarte. Sin pensar que te lo estás inventando.
—No me lo invento. Llevo semanas fijándome en cómo cierras tu puerta. En que usas el mismo champú de almendras que yo. En que tienes una cicatriz pequeña en la rodilla izquierda. En que te ríes con la boca abierta y a mí eso me parece…
No terminé. Ella se estiró y me besó.
Fue torpe al principio, con los dientes chocando. Pero luego sus labios se abrieron y la escalera cayó al suelo con un ruido metálico que ninguno atendió. Sus manos subieron por mi pecho y me empujaron hacia el salón. Entramos tambaleándonos entre cajas. Ella tropezó con una que contenía libros de cocina que nunca abrí y se rio contra mi boca. La sostuve por la cintura y sentí su peso real.
—Espera —dije, separándome lo justo para respirar—. ¿Estás segura?
Elena tomó mi mano y la llevó hasta su corazón, que latía tan fuerte como el mío.
—Llevo desde la toronja queriendo hacer esto. ¿Tú crees que eso es estar segura?
Nos sentamos en el sofá con las piernas entrelazadas de lado, como adolescentes en un rincón del instituto. Pero éramos adultos, con cuerpos que crujían, arrugas que se marcaban y la certeza de que no había prisa porque nadie nos esperaba.
Lo que siguió tuvo más de descubrimiento que de urgencia. Nos fuimos quitando las capas con la torpeza de quienes no se conocen pero llevan semanas imaginándose. Ella recorrió mi barriga y la cicatriz de la apendicitis; yo besé el lunar de su cuello. Ninguno fingió un cuerpo distinto del que tenía.
—Esto es real —murmuró.
—¿Qué?
—Esto. Tú. Yo. Sin que nadie nos cuente cómo debe ser.
La llevé de la mano al dormitorio. Entre cajas aún sin abrir y la lámpara horrible, nos miramos sin escondernos. Había celulitis, canas, cicatrices y rodillas que protestaban. También había deseo, claro y recíproco.
Nos buscamos despacio, haciendo preguntas que apenas necesitaban palabras. La cama crujió con un ritmo que probablemente llegó al rellano. A ratos nos reíamos; a ratos el mundo se reducía a respiraciones, manos y al olor a champú de almendras mezclado con el sudor. Cuando la intensidad terminó por vencernos, nos abrazamos con esa fuerza que no nace de la posesión, sino del alivio de haber acertado.
Elena se quedó quieta sobre mí, jadeando. Mi corazón latía contra su pecho, y el suyo contra el mío, en una conversación que no necesitaba palabras. El edificio siguió con su ruido nocturno habitual: una tubería que goteaba, el ascensor que gemía en algún piso inferior, el viento contra la ventana.
Se apartó despacio, rodando a mi lado. Las sábanas nuevas olían a nosotros. Nos quedamos boca arriba, mirando el techo, con las manos buscándose en la oscuridad hasta entrelazarse.
—Tu escalera sigue en el recibidor.
—Sí.
—¿La necesitas mañana?
—No.
—Entonces me la quedo unos días. Por si necesito cambiar otra bombilla.
Sonreí en la oscuridad. Su mano apretó la mía.
—O por si necesito otra excusa —añadió.
No hablamos de volver a vernos. No hizo falta. Vivíamos enfrente. Mañana coincidiríamos en el ascensor, en el aparcamiento o en el rellano, y nos miraríamos con el secreto de quienes ya se conocen de otra manera. No era una relación. No era una promesa. Era una escalera plegable de aluminio que ahora pertenecía a los dos, y una puerta de enfrente que dejaba de ser un muro para convertirse en una posibilidad.
Ella se durmió primero, con la respiración profunda y un leve ronquido que me pareció perfecto. Yo la observé un rato, el lunar en la penumbra, el pelo revuelto sobre mi almohada. Luego cerré los ojos, pensando en que el sábado vendría mi hija, en que tendría que esconder las cajas del salón y en que Elena probablemente me vería desde su puerta, con la escalera apoyada en el marco, esperando a que yo la mirara.
