Trío y fantasía de pareja

La Terraza de Enfrente

Mi marido me miró como si acabara de confesar un crimen, no como si simplemente hubiera dicho que el vecino tenía buena voz.

27 min🔥🔥🔥
Portada de La Terraza de Enfrente

La Terraza de Enfrente
Mi marido me miró como si acabara de confesar un crimen, no como si simplemente hubiera dicho que el vecino tenía buena voz.
Llevábamos cuatro días en Hvar y yo ya había leído dos novelas que no recordaría, tomado cuatro copas de loza que Adrián llamaba "vinos de la casa" y fingido tres siestas para no tener que explicar por qué una mujer de cuarenta y cinco años en vacaciones con su marido de veintidós años se sentía aburrida sin saberlo. Adrián, arquitecto de cuarenta y siete con la capacidad única de convertir cualquier silencio en un proyecto de renovación, estaba en la hamaca de la terraza leyendo planos de un hotel en Dubrovnik que no le pertenecían. Yo estaba en el borde de la piscina del apartamento, con los pies en el agua, observando cómo la luz de las seis de la tarde convertía el Adriático en una lámina de metal derretido.
—Marko dice que tienes ojos de alguien que guarda secretos —dijo Adrián, sin levantar la vista de los planos.
—¿Marko? —El nombre me sonó extraño en mi boca, como una fruta que no había probado.
—El vecino. El de la terraza de enfrente. El que te saludó ayer cuando subíamos las bolsas de la compra.
Recordé a un hombre de espaldas anchas, pelo canoso corto, con una camisa de lino blanco abierta sobre un pecho que ya no era joven pero tampoco se rendía. Había levantado una mano en un gesto seco, sin sonrisa, y yo había asentido con la cabeza, sin saber si era un saludo o una advertencia.
—No me ha dicho eso —repliqué, metiendo los dedos en el agua—. Ni siquiera me ha mirado a los ojos.
—Me lo ha dicho a mí. —Adrián dejó los planos en el suelo de baldosas y se incorporó, con esa lentitud suya de oso que siempre me había gustado—. Esta mañana, cuando fui a pedirle sal. Estábamos hablando del viento del norte, de la pesca, de si el tomate croata es mejor que el español. Y de repente me dice: "Tu mujer tiene ojos de alguien que guarda secretos. Es bueno. Las mujeres sin secretos son paisajes sin acantilados."
—Suena a frase de postal.
—Suena a alguien que mira demasiado.
El agua de la piscina estaba demasiado caliente, como un baño que se ha olvidado de enfriarse. Me giré hacia Adrián, buscando en su cara la broma que debía estar a punto de soltar. Pero él me miraba con una seriedad que no correspondía a la situación, con esa mezcla suya de curiosidad y desafío que usaba cuando proponía algo que sabía que me incomodaría.
—¿Por qué me cuentas esto? —pregunté.
—Porque es verdad. —Se encogió de hombros, recostándose de nuevo en la hamaca—. Tú guardas secretos, Eva. Los has guardado siempre. Y yo llevo años intentando averiguar cuáles son.
—No tengo secretos. Tengo privacidad. Son cosas distintas.
—¿Ah, sí? —Sonrió, mostrando el hoyuelo de la mejilla izquierda que solo aparecía cuando sonreía de verdad—. Entonces dime qué pensaste cuando Marko te saludó ayer.
Quería mentir. Quería decir que no había pensado nada, que era un vecino más, que mi cerebro no había registrado la anchura de sus manos ni la forma en que la camisa de lino se pegaba a su espalda cuando se inclinó para recoger algo del suelo. Pero Adrián y yo llevábamos veintidós años juntos, y en algún punto del camino habíamos dejado de mentirnos sobre las cosas pequeñas, aunque las grandes siguieran sin nombrarse.
—Pensé que era guapo —dije, y el aire de la tarde pareció espesarse—. Pensé que era guapo de una manera que no me había pasado en años. No el guapo de los anuncios. El guapo de los hombres que han hecho cosas.
Adrián no se enfadó. No se puso tenso. Se quedó mirándome con una expresión que no supe leer, como si yo hubiera dicho exactamente lo que esperaba que dijera.
—Mañana viene a cenar —anunció.
—¿Quién?
—Marko. Le he invitado. Trae pescado fresco, dice que sabe hacer un brudet que te hace llorar. —Hizo una pausa, y cuando habló de nuevo su voz fue más baja—. He pensado que sería bueno... socializar. Que no pasemos estas dos semanas como dos tortugas en su caparazón.
—Adrián...
—¿Sí?
—No sé qué estás haciendo.
—Yo tampoco —admitió, y por primera vez en años vi algo parecido a la incertidumbre en sus ojos—. Pero sé que últimamente, cuando te miro, siento que estoy mirando una puerta cerrada. Y me pregunto si la abriré alguna vez, o si simplemente me acostumbraré a verla cerrada.
No respondí. No supe qué responder. El sol se hundió un poco más en el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja enfermizo. Y en la terraza de enfrente, la puerta de cristal se abrió, y Marko salió con una cerveza en la mano, vestido con el mismo lino blanco, con el pecho moreno y una cicatriz blanca justo debajo de la clavícula que parecía el resultado de algo que no había sido una operación rutinaria.
Nos vio. Levantó la cerveza en un brindis silencioso. No sonrió.
Yo levanté mi copa de vino, vacía desde hacía media hora.
Adrián no levantó nada. Solo observó el intercambio con una atención que me hizo sentir desnuda aunque llevaba puesto un bañador negro de una pieza que había comprado en rebajas.
Marko llegó a las ocho con una bolsa de red que goteaba agua de mar y una botella de rakija casera sin etiqueta. Olía a jabón de marsella y a algo más salado, como si trajera consigo una porción del océano. Tenía cuarenta y seis años, nos dijo mientras Adrián buscaba un cuchillo adecuado para el pescado. Viudo desde hacía tres años. Había sido pescador, luego guía de buceo, y ahora "arreglaba cosas" en el pueblo, una descripción vaga que podía significar desde fontanería hasta tráfico de armas.
—¿Arquitecto? —me preguntó, mientras cortaba cebolla con una habilidad que solo tienen quienes han pasado décadas haciendo lo mismo—. Adrián dice que diseñas hoteles.
—Diseño hoteles que luego no me gustan —corrigió Adrián desde la cocina, donde intentaba encender un horno que parecía de la Guerra Fría.
—Yo prefiero los edificios que ya existen —dije—. Los que tienen memoria. Adrián quiere demoler todo y empezar de cero.
—La memoria es peligrosa —dijo Marko, sin levantar la vista de la tabla de cortar—. Te ata a lugares donde ya no deberías estar.
Me miró entonces. Fue una mirada directa, sin las cortesías que usan los hombres cuando hablan con mujeres casadas. Sus ojos eran grises, de un gris casi transparente contra la piel bronceada, y me sostuvieron un segundo más de lo que dictaba la educación.
—¿Y tú? —pregunté, sintiendo que necesitaba recuperar el control de la conversación—. ¿Tienes memoria peligrosa?
—Tengo una esposa muerta que sigue sentada en mi cocina cada mañana cuando hago café. —La frase salió plana, sin melodrama—. Así que sí. Tengo memoria peligrosa.
Adrián volvió con tres copas y la botella de rakija. La bebida era incolora, olía a anís y a venganza, y quemó mi garganta de una manera que me hizo toser como una adolescente.
—Suave —dijo Marko, y por primera vez sonrió. Era una sonrisa torcida, con un diente ligeramente separado del otro, que le daba un aire de pirata decadente.
Cenamos en la terraza, con velas que Adrián había comprado en un mercadillo y que goteaban cera sobre la mesa de hierro forjado. El brudet era excelente, un guiso de pescado con tomate y vino blanco que manchaba los labios y dejaba las manos oliendo a mar. Bebimos demasiado. Los tres. Adrián contó historias de nuestras vacaciones fallidas, de cuando intentamos acampar en los Pirineos y acabamos en un hotel con spa porque yo me negué a dormir en un saco que olía a humedad. Yo reí con la complicidad de quien ha oído la anécdota cien veces pero aún le gusta la forma en que él la cuenta.
Marko escuchaba más de lo que hablaba. Pero cuando hablaba, sus palabras tenían peso. Nos contó sobre la pesca nocturna, sobre cómo el mar cambiaba de color cuando la luna estaba llena, sobre una cueva submarina al norte de la isla donde había encontrado una ancla romana oxidada.
—Deberíamos ir —dijo Adrián, de repente—. Los tres. Mañana. Marko puede guiarnos.
Miré a mi marido. Tenía la cara iluminada por la vela, con sombras que acentuaban las arrugas que habían aparecido alrededor de sus ojos en los últimos tres años. No era una sugerencia casual. Lo conocía lo suficiente para saber que había estado esperando el momento exacto para lanzarla.
—Yo no buceo —dije.
—No hace falta bucear. Se puede nadar.
—El agua está fría —objecté.
—Entonces nos quedamos en la cala. Tomamos el sol. Bebemos cerveza. —Adrián me miró, y en sus ojos había algo que no había visto en mucho tiempo: emoción genuina, la de un niño que propone una travesura—. Vamos, Eva. No seas la mujer que solo lee novelas junto a la piscina.
Marko no dijo nada. Pero su silencio era una presencia. Observaba el intercambio entre nosotros como quien observa una partida de ajedrez, sin saber aún de qué color son las piezas.
—Vale —dije, y la palabra sonió a capitulación, aunque no sabía ante qué.
Marko levantó su copa.
—A las calas, entonces. Y a las mujeres que leen novelas junto a la piscina. —Me miró directamente—. A veces las historias más interesantes están en las personas que no leen.
La cala era un bolsillo de paraíso escondido entre dos paredes de roca caliza. Llegamos en un coche de alquiler que Adrián conducía demasiado deprisa por carreteras que serpenteaban entre pinos y acantilados. Marko iba en el asiento de atrás, con las ventanillas bajadas, y yo lo veía en el espejo retrovisor, con los ojos cerrados y el viento agitando su pelo canoso.
El agua era de un azul que no tenía nombre. Nos cambiamos detrás de las rocas —Marko se quitó la camisa sin ceremonia, revelando un torso con vello gris en el pecho y la cicatriz de la clavícula que ahora veía mejor, una línea blanca de unos diez centímetros— y entramos en el mar con gritos de frío que rompieron el silencio de la cala.
Nadamos durante media hora. Los tres, pero también cada uno por su lado. Adrián hizo largos con una energía que no sabía que tenía, como si estuviera demostrando algo. Marko flotaba boca arriba, inmóvil, como una ofrenda al sol. Yo me quedé en la orilla, con el agua hasta la cintura, observándolos. Observándolo a él.
Cuando salimos, el sol ya castigaba sin piedad. Nos tendimos en una toalla grande que Marko había traído, una tela desgastada con el escudo de algún club de fútbol yugoslavo. Yo en el centro, Adrián a mi izquierda, Marko a mi derecha. El espacio era justo. Nuestros cuerpos, mojados y calientes, se rozaban cada vez que alguien se movía.
—Eres morena —dijo Marko, señalando mi hombro con la barbilla—. Pero aquí —tocó mi cadera, justo donde el bikini azul dejaba una línea blanca—. aquí eres otra mujer.
Fue un contacto breve, el dorso de sus dedos contra mi piel húmeda. Pero Adrián lo vio. Lo vi verlo, por el rabillo del ojo, mientras se ajustaba las gafas de sol. No dijo nada. No se movió. Solo observó.
—Adrián me compró este bikini —dije, con una voz que sonó más aguda de lo que pretendía—. Dijo que el azul hacía juego con mis ojos.
—Adrián tiene buen ojo —dijo Marko, retirando la mano pero sin disculparse—. Pero yo prefiero las líneas blancas. Son mapas de lugares donde el sol no ha llegado. Lugares secretos.
Adrián se rio. No fue una risa tensa. Fue una risa de complicidad, como si Marko hubiera dicho algo que ambos habían pensado.
—Eva odia que la miren —dijo Adrián, volviéndose hacia mí, con la cabeza apoyada en el codo—. Pero le gusta ser vista. Es una contradicción que nunca he entendido.
—No es una contradicción —intervino Marko—. Es precaución. Las mujeres que han sido vistas de la manera equivocada aprenden a controlar quién mira. —Se volvió hacia mí, y sus ojos grises me atravesaron las gafas de sol—. Pero a veces el espectador correcto puede hacer que la vista sea un regalo, no una amenaza.
Me incorporé, buscando mi bolsa, mi libro, cualquier excusa para romper el momento. Pero Adrián me tomó de la muñeca. Su agarre era suave, pero firme.
—Quédate —dijo, y no era una petición. Era algo más cercano a una necesidad—. Por favor.
Me quedé. Marko se recostó de nuevo, cerrando los ojos. Adrián no soltó mi muñeca. La acarició con el pulgar, en círculos lentos, mientras con la otra mano se quitaba las gafas de sol y me miraba con una intensidad que me recordó a nuestros primeros años, cuando aún no nos conocíamos del todo y cada mirada era una exploración.
—¿Recuerdas cuando éramos jóvenes? —dijo, en voz baja, para que solo yo pudiera oírlo, aunque Marko estaba lo suficientemente cerca—. ¿Cuando hacíamos el amor en sitios donde podían pillarnos? En el coche, en la playa, en el baño de casa de mis padres...
—Éramos idiotas —susurré, pero sonreí.
—Éramos vivos. —Su pulgar seguía dibujando círculos en mi muñeca—. A veces pienso que hemos dejado de serlo. Que nos hemos convertido en muebles el uno del otro. Cómodos. Predictibles. Sin riesgo.
—¿Y qué propones? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta, o al menos intuía su forma.
Adrián no respondió. Miró a Marko, que parecía dormir, con el pecho subiendo y bajando en un ritmo lento. Luego me miró a mí. Y en su mirada vi todo lo que no había dicho en meses. El aburrimiento que no era culpa mía. La curiosidad que no era traición. El deseo de verme deseada por alguien más, no porque me quisiera perder, sino porque quería recordar quién era la mujer que había elegido.
—No estoy proponiendo nada —dijo finalmente, soltando mi muñeca—. Solo estoy... abriendo una ventana. A ver qué entra.
Esa noche, en la terraza del apartamento, bebimos demasiado de nuevo. Pero esta vez fue diferente. Esta vez Adrián se sentó en el borde de la hamaca, con Marko en la silla de hierro y yo en el suelo de baldosas, con las piernas cruzadas, sintiendo el calor residual del día que subía desde la piedra. La conversación giró en círculos. Sobre el divorcio de Marko —no, no estaba divorciado, estaba viudo, y la distinción importaba—. Sobre nuestro matrimonio, que Adrián describió como "una casa bien construida que necesita una reforma". Sobre el sexo, que surgió no como tema sino como consecuencia de la rakija y el silencio cómodo que nos habíamos ganado.
—¿Y tú, Eva? —preguntó Marko, de repente—. ¿Qué necesitas?
La pregunta me desarmó. No porque fuera íntima, sino porque nadie me la había hecho en años. Adrián me preguntaba qué quería cenar, si necesitaba que recogiera la ropa del tinte, si preferíamos Netflix o una película en la tele del dormitorio. Pero nadie me preguntaba qué necesitaba, en ese sentido grande y antiguo de la palabra.
—Necesito... —empecé, y me detuve. El aire olía a jazmín de algún balcón cercano y a sal del mar—. Necesito sentir que mi cuerpo todavía puede sorprenderme. Que no es solo el vehículo que lleva mi cabeza de una reunión a otra.
—Tu cuerpo es más que eso —dijo Adrián, y su voz era grave, casi ronca.
—¿Lo es? —Me volví hacia él—. ¿Cuándo fue la última vez que me miraste como si no supieras exactamente cómo estoy hecha?
Adrián no respondió. Se quedó quieto, con la copa de rakija suspendida a medio camino de los labios. Marko tampoco habló. Pero se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas, y me miró de una manera que hizo que el aire de la terraza dejara de circular.
—Yo no sé cómo estás hecha —dijo Marko—. Y me gustaría saberlo.
El silencio que siguió fue denso, palpable. Podía oír el zumbido de un mosquito cerca de mi oído, el crujido de la hamaca cuando Adrián se movió, el latido de mi propio corazón que parecía haberse mudado a mi garganta.
—Adrián... —empecé, buscando una salida, una broma, una negativa que me salvara de tener que decir que sí.
—Estoy aquí —dijo él, y su voz era firme—. No me voy a ir. Pero quiero que sepas que... que me excita verte deseada. Me excita que alguien más vea lo que yo veo todos los días y se quede sin aliento. Es egoísta, lo sé. Es raro. Pero es verdad.
—¿Quieres que me acueste con él? —La pregunta salió más dura de lo que pretendía, con un filo de acusación que hizo que Adrián se encogiera ligeramente.
—Quiero que hagas lo que quieras —respondió—. Y quiero estar aquí cuando lo hagas. No como espectador. Como... parte.
Marko se levantó. Fue un movimiento lento, deliberado. Caminó hasta donde yo estaba sentada en el suelo y se agachó, quedando a mi altura. Su cara estaba a escasos centímetros de la mía. Podía oler el anís de la rakija en su aliento, el jabón de marsella en su piel, algo más oscuro debajo.
—Dime que no —dijo, y sus ojos grises me sostuvieron con una fuerza que me hizo temblar—. Dime que esto es una locura, que me vaya, que no vuelva a mirarte. Y me iré. No preguntaré dos veces.
Miré a Adrián. Él asintió, casi imperceptiblemente. No era un permiso. Era una entrega. Un acto de fe en lo que éramos, o en lo que aún podíamos ser.
—No te voy a decir que no —susurré.
Marko me besó.
Fue un beso que no pedí pero que necesitaba con una urgencia que me avergonzaba. Sus labios eran más ásperos que los de Adrián, con una barba incipiente que raspaba mi piel. Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso, explorando con una confianza que me hizo abrirme de inmediato. Sentí sus manos en mi cara, sosteniéndome, y luego una de ellas bajó por mi cuello, mi clavícula, el borde de mi camiseta sin mangas.
Cuando nos separamos, jadeando, Adrián estaba de pie. No se había movido de la hamaca. Pero se había inclinado hacia delante, con las manos entre las rodillas, observándonos con una intensidad que era casi dolorosa. Vi la protuberancia en sus pantalones cortos, la forma en que su pecho subía y bajaba con una rapidez que no correspondía al esfuerzo físico.
Marko se apartó, pero no se alejó. Se quedó arrodillado frente a mí, con una mano en mi rodilla, mientras Adrián se acercaba por detrás. Sentí las manos de mi marido en mis hombros, masajeándome con una familiaridad que contrastaba con la novedad de Marko. Adrián besó mi cuello, justo debajo de la oreja, en el punto exacto que conocía desde hacía dos décadas.
—¿Estás bien? —susurró Adrián en mi oído.
—No sé —respondí, y era la verdad.
—¿Quieres que pare?
Miré a Marko, que esperaba, inmóvil, con la mano todavía en mi rodilla. Miré a Adrián, que tenía los ojos húmedos, no de tristeza, sino de algo más complejo. Luego miré hacia abajo, hacia mis manos, que temblaban sobre mis muslos.
—No —dije, y la palabra me salió de algún lugar profundo, antiguo, que no visitaba desde los veinte—. No quiero que pare. Pero quiero que sea consciente. Quiero que mañana, cuando me despierte, no piense que esto me pasó. Quiero saber que lo elegí.
—Lo eliges —dijo Adrián, y su voz se quebró ligeramente—. Nos eliges a los dos. O a ninguno.
Me levanté. Estaba temblando, pero no de miedo. De anticipación. Tomé la mano de Adrián con mi derecha. La de Marko con mi izquierda. Los guié hacia el interior del apartamento, hacia el dormitorio con las ventanas abiertas y las sábanas blancas que olían a detergente y a vacaciones.
La luz de la luna entraba por las ventanas sin cortinas, dibujando rectángulos plateados en el suelo. Adrián cerró la puerta. Marko se quedó cerca de ella, con los brazos a los costados, como un soldado esperando órdenes. Yo estaba en el centro de la habitación, entre los dos, con el corazón martilleando contra mis costillas.
Adrián fue el primero en moverse. Se acercó a mí con la lentitud de quien no quiere asustar a un animal herido. Me tomó la cara entre las manos y me besó. Fue un beso de marido, al principio. Familiar, dulce, con el sabor a rakija que compartíamos. Pero luego cambió. Se volvió más profundo, más urgente, con una lengua que reclamaba algo que no le había dado en meses. Sus manos bajaron por mi espalda, encontraron el borde de mi camiseta, y la subieron por encima de mi cabeza. Me quedé en sujetador, con el aire nocturno besando mi piel.
Marko no se movía. Pero lo sentía. Lo sentía mirar.
Adrián me desabrochó el sujetador. Lo dejó caer al suelo. Mis pechos quedaron expuestos a la luz de la luna, con los pezones endurecidos por una mezcla de frío y excitación. Adrián los tomó con ambas manos, amasándolos con la habilidad de quien conoce cada curva, cada respuesta. Pellizcó un pezón, lo retorció suavemente, y yo gemí, arqueándome contra él.
—Mírala —dijo Adrián, sin dejar de acariciarme, dirigiéndose a Marko—. Mírala. Es hermosa, ¿verdad?
—Sí —respondió Marko, y su voz sonó ronca, extranjera.
—Tócala.
La orden fue simple, directa, sin espacio para malentendidos. Marko dio dos pasos y estuvo detrás de mí. Sentí sus manos en mi cintura, grandes y ásperas, con callos que raspaban mi piel. Subieron por mis costillas, lentamente, hasta que encontraron mis pechos por detrás, cubriendo las manos de Adrián, que se retiraron para dejarle espacio.
Fue la sensación más extraña de mi vida. Los pechos de mi marido, que habían amasado los mismos pechos durante veintidós años, se apartaron, y fueron reemplazados por unas manos que no conocían mi cuerpo. Marko los tomó con una fuerza diferente, más áspera, pellizcando los pezones con una intensidad que me hizo jadear. Adrián, frente a mí, se quitó la camisa y se arrodilló. Sus manos encontraron el botón de mis pantalones cortos. Lo desabrochó. Los bajó por mis caderas, junto con las bragas, dejándome completamente desnuda entre dos hombres.
Adrián besó mi vientre. Justo debajo del ombligo, donde tengo una pequeña cicatriz de una operación de apendicitis a los quince. Luego bajó más. Sus labios rozaron el monte de Venus, y sentí su aliento cálido contra mi sexo. Marko, detrás de mí, seguía amasando mis pechos, con su erección dura contra la curva de mis nalgas, a través de la tela de sus pantalones.
—Abre las piernas —ordenó Adrián, y obedecí.
Su lengua encontró mi clítoris con una precisión que solo veintidós años de práctica pueden dar. Lamió en círculos lentos, insistentes, mientras Marko pellizcaba mis pezones con una fuerza que rozaba el dolor. El contraste entre la suavidad de Adrián y la rudeza de Marko me volvió loca. Mis manos se aferraron al pelo de Adrián, guiándolo, mientras mi espalda se arqueaba contra el pecho de Marko.
—Joder —gemí, y no supe a quién se lo decía.
Marko soltó mis pechos. Sus manos bajaron por mi espalda, por la curva de mis nalgas, y se deslizaron por delante, encontrando el punto donde la lengua de Adrián trabajaba. Introdujo un dedo, luego dos, mientras Adrián seguía lamiendo mi clítoris. La doble penetración —la lengua de mi marido, los dedos de un desconocido— fue demasiado. El primer orgasmo me golpeó con la fuerza de un tren descarrilado, haciendo que mis piernas cedieran y que solo el cuerpo de Marko detrás de mí me mantuviera en pie.
—Eso es —susurró Marko en mi oído, con su acento arrastrando las erres—. Eso es, Eva. Ven para nosotros.
Adrián se levantó. Se quitó el resto de la ropa con movimientos urgentes, revelando el cuerpo que conocía tan bien: la barriga suave que había aparecido en los últimos años, las piernas fuertes de quien camina mucho, la erección que, aunque no era la de un joven, estaba allí, firme, real, mía.
Marko también se desvistió. Lo hizo sin prisa, con la economía de movimientos de quien no tiene vergüenza de su cuerpo. Su torso era más musculoso de lo que parecía con la ropa, con un vello gris que descendía en línea recta hasta su sexo. Su erección era imponente, gruesa, con una vena visible que palpitaba. Me miró mientras se tocaba a sí mismo, una caricia lenta y deliberada, como si estuviera ofreciéndome algo.
—¿La cama? —preguntó Adrián.
—La cama —confirmé.
Marko me tomó en brazos. Fue un gesto teatral, de película, que bajo otras circunstancias me habría hecho reír. Pero allí, con el sudor pegando nuestras pieles y el olor a sexo ya flotando en el aire, me pareció lo más natural del mundo. Me depositó en el centro del colchón, con las sábanas blancas contra mi espalda desnuda, y se quedó de pie al borde de la cama, mirándome.
Adrián se tendió a mi lado. Me besó, con una ternura que me hizo querer llorar. Su mano acarició mi pelo, mi cara, mi cuello, mientras Marko se arrodillaba entre mis piernas. Sentí la lengua de Marko en mi interior, diferente a la de Adrián, más áspera, más exigente, explorando profundamente mientras Adrián seguía besándome, tragándose mis gemidos.
—Quiero verte con él —susurró Adrián contra mi boca—. Quiero verte recibirlo.
Marko se levantó. Se posicionó entre mis piernas, guiando su erección hacia mi entrada. La punta rozó mis labios hinchados, húmedos, y yo arqueé la espalda, pidiendo sin palabras. Pero no entró. Se quedó allí, a centímetros, mirándome con una intensidad que me hizo sentir expuesta de una manera que no tenía nada que ver con la desnudez.
—Dime que me quieres dentro —dijo Marko.
—Te quiero dentro —respondí, y la frase me costó, porque era una entrega, una admisión, un acto de fe.
Entró en un solo movimiento, lento pero implacable. Me llenó por completo, estirándome, reclamándome. El gemido que solté fue largo, ronco, arrancado de algún lugar que no visitaba desde hacía años. Adrián, a mi lado, observaba con los ojos fijos en el punto donde Marko y yo nos uníamos. Vi su mano moverse hacia su propia erección, acariciándose con un ritmo que copiaba el de Marko.
—Eso es —dijo Adrián, con la voz entrecortada—. Eso es, cariño. Tómatelo todo.
Marko empezó a moverse. Primero lento, con embestidas profundas que hacían que la cama chirriara. Luego más rápido, con un ritmo que encontraba algo dentro de mí, un ángulo que hacía que mis ojos se cerraran y mi boca se abriera en una "o" silenciosa. Adrián se inclinó sobre mí y tomó un pezón en su boca, succionando con fuerza mientras Marko me penetraba con una intensidad que me hacía deslizarme hacia arriba en el colchón.
—Más fuerte —pedí, y no supe a quién se lo pedía, o quizá se lo pedía a los dos.
Marko aumentó el ritmo. Sus embestidas se volvieron duras, casi brutales, y el sonido de nuestros cuerpos chocando se mezcló con los jadeos de Adrián, que se masturbaba a mi lado con una urgencia que nunca le había visto. Tomé su mano, la que no estaba ocupada, y la guié hacia mi pecho. Él amasó con fuerza, pellizcando, tirando, mientras Marko seguía moviéndose dentro de mí con una regularidad de máquina que me estaba llevando al borde otra vez.
—Voy a venirme —avisé, con la voz rota.
—Dentro —ordenó Adrián, y la palabra sonó extraña en su boca, una faceta de él que no conocía—. Quiero que se vacíe dentro de ti. Quiero que lo sientas.
Marko gruñó. Fue un sonido animal, que venía de lo más profundo de su pecho. Sus embestidas se volvieron erráticas, desenfrenadas, y cuando se clavó hasta el fondo y se quedó quieto, sentí el calor de su semen inundándome en espasmos largos y profundos. Eso fue lo que me llevó al segundo orgasmo: no solo la fricción, sino la certeza de que estaba siendo llenada por un desconocido mientras mi marido miraba, excitado, con los ojos húmedos y la mano todavía en su propio sexo.
Marko se retiró con cuidado, jadeando. Su semen goteó de mí, húmedo, caliente, sobre las sábanas blancas. Pero no hubo tiempo de sentir vergüenza. Adrián se movió con una rapidez que no esperaba. Se posicionó entre mis piernas, todavía abiertas, todavía húmedas con el residuo de Marko, y entró en mí de una sola embestida.
Grité. Fue un sonido que no reconocí como mío, agudo, salvaje. Adrián me penetró con una fuerza que no usaba desde nuestros veinte, con una posesividad que me dijo, sin palabras, que yo seguía siendo suya, que esto no me había quitado de él, que quizá, de alguna manera retorcida, me había devuelto.
—Eres mía —gruñó, moviéndose con un ritmo frenético—. Dime que eres mía.
—Soy tuya —jadeé, arqueándome contra él—. Siempre tuya.
Marko, a mi lado, se había recostado. Observaba con una mano en mi pecho, acariciando con una ternura que contrastaba con la brutalidad de momentos antes. Su otra mano se deslizó entre mi cuerpo y el de Adrián, encontrando mi clítoris hinchado, y empezó a frotar con círculos precisos mientras Adrián me penetraba con embestidas que me hacían ver estrellas.
—Ven —susurró Marko en mi oído—. Ven para los dos.
Y lo hice. El tercer orgasmo fue el más intenso de todos, una convulsión que partió desde mi centro y se extendió por todo mi cuerpo en oleadas que me hicieron perder la vista durante unos segundos, que me hicieron clavar las uñas en la espalda de Adrián hasta que supe que le había dejado marcas. Adrián se vino conmigo, con un gemido largo y ronco que sonó casi como un llanto, vaciándose dentro de mí con espasmos que me hicieron sentir cada centímetro de su liberación.
Quedamos así durante minutos. Un enredo de tres cuerpos sobre sábanas manchadas, con el sudor pegando nuestras pieles, con la respiración entrecortada como única música. Marko fue el primero en apartarse. Se levantó de la cama con una lentitud que sugería dolor, y caminó hasta el baño. Oí el grifo correr.
Adrián se derrumbó sobre mí, con su peso aplastándome de una manera que no era incómoda, sino reconfortante. Estábamos unidos, literal y figurativamente, con el semen de dos hombres mezclándose dentro de mí, con el olor a sexo impregnando el aire, con la certeza de que algo había cambiado para siempre.
—¿Estás bien? —preguntó Adrián, con la voz amortiguada contra mi cuello.
—No lo sé —respondí, y era la verdad—. Pero no quiero que sea de otra manera.
Marko volvió del baño con una toalla húmeda. Se sentó en el borde de la cama y me limpió con una suavidad que me hizo cerrar los ojos. La fricción de la tela contra mi piel sensible fue casi dolorosa, pero no le pedí que parara. Cuando terminó, dejó la toalla en el suelo y se inclinó para besarme en la frente.
—Gracias —dijo, y la palabra sonió extraña, como si yo le hubiera hecho un favor.
—¿Por qué gracias?
—Por dejarme veros. —Se levantó, recogió su ropa del suelo, y empezó a vestirse—. No todo el mundo deja que un extraño entre en su casa. En su cama. En su... —buscó la palabra—. en su complicidad.
Adrián se apartó de mí y se sentó en la cama, con la espalda contra el cabecero. Me miró, luego miró a Marko.
—Quédate —dijo, y la oferta me sorprendió tanto a mí como a Marko, que se detuvo con la camisa a medio abotonar.
—¿Perdona?
—Quédate. No toda la noche. Pero un rato. Bebamos algo. Hablemos. —Adrián se rio, una risa cansada pero genuina—. Es que de repente me doy cuenta de que no quiero que esto termine como una escena de película porno, con el extraño yéndose en silencio. Quiero... no sé. Quiero que sepas quiénes somos.
Marko terminó de abotonarse la camisa. Luego, lentamente, se la desabrochó de nuevo. Se sentó en la silla de mimbre que había junto a la ventana, desnudo de cintura para arriba, con los pantalones todavía puestos pero desabrochados.
—Hablen, entonces —dijo—. Yo escucho.
Nos quedamos en la habitación, los tres, con las ventanas abiertas y el sonido del mar entrando en olas. Adrián y yo nos arropamos con la sábana superior, formando un nido improvisado. Marko se quedó en la silla, con una pierna cruzada sobre la otra, fumando un cigarrillo que Adrián le ofreció y que yo no sabía que mi marido guardaba en el fondo de su maleta.
Hablamos de cosas sin importancia. Del precio del pescado en Hvar. De por qué los croatas odian a los turistas pero aman su dinero. De la novela que estaba leyendo, que Marko había leído también, y que resultó ser la misma edición de El extranjero que yo había traído. Hablamos hasta que el cigarrillo de Marko se consumió y la luna se movió hacia el otro lado del cielo.
Cuando Marko se levantó para irse, esta vez de verdad, lo hizo sin dramatismo. Besó mi mano, que estaba sobre la sábana. Estrechó la de Adrián. Y en la puerta, se giró.
—Mañana estaré en el bar del puerto, a partir de las seis —dijo—. Si queréis rakija decente, en vez de esa basura que bebéis aquí.
—Iremos —dije, antes de que Adrián pudiera responder.
Marko sonrió. Esa sonrisa torcida de pirata. Y se fue, cerrando la puerta con un clic suave que sonó a final de acto, pero no a final de historia.
Adrián y yo nos quedamos en la oscuridad. Nos miramos. No había vergüenza en sus ojos. No había arrepentimiento. Había algo más grande, más antiguo, más peligroso.
—¿Me odias? —preguntó él.
—No —respondí, y lo besé—. Pero mañana me compras otro bikini. El azul ya no me gusta.
Se rio. Esa risa suya de oso que había echado de menos sin saberlo. Y cuando me abrazó, con la barbilla apoyada en mi cabeza, sentí que el espacio entre nosotros, esa distancia que habíamos estado construyendo ladrillo a ladrillo durante años, se había llenado de algo inesperado. No con un desconocido. Con nosotros mismos, vistos desde un ángulo que no sabíamos que existía.
Fuera, el mar seguía su ritmo eterno. Y yo, con cuarenta y cinco años, con el cuerpo dolorido y la mente despejada, supe que algunas puertas, una vez abiertas, no se cierran. Y que no siempre eso es una tragedia.
A veces, es simplemente una casa que por fin deja entrar la brisa.

Todos los relatos