La cómoda ocupaba el rincón del salón como un reproche. Era de nogal, con cajones que se atascaban y una capa de barniz amarillento que hacía que la madera pareciera enferma. Mi abuela la había usado sesenta años. Yo la había arrastrado desde Albacete en un furgón de alquiler, convencida de que restaurarla sería un proyecto terapéutico. Eso fue hace ocho meses. Desde entonces, la cómoda servía de perchero para abrigos y de superficie donde apilar facturas pendientes.
—Es una pieza interesante —dijo él, agachándose frente a ella.
Dani había llegado puntual, cosa que no esperaba de un artesano. En mi experiencia, los que trabajan con las manos consideran el reloj una sugerencia, no una norma. Pero a las seis en punto, el timbre sonó. Abriendo, me lo encontré con una camisa de franela gris, vaqueros con polvo de serrín en las rodillas, y una expresión que no pedía permiso. Me tendió una mano grande, con las uñas cortas y la palma áspera.
—Dani. Vengo por la cómoda.
—Clara. Pase.
Entró sin mirar alrededor con la curiosidad de quien valora espacios. Su mirada fue directa al mueble. Se agachó, abrió un cajón con un tirón seco, lo cerró, lo volvió a abrir. Luego pasó los nudillos por la superficie superior, como quien toca la piel de un animal para evaluar su calidad.
—El barniz está muerto —dijo.
—Lo sé. Por eso la quiero restaurar.
—No se puede restaurar lo muerto. Hay que quitarlo y empezar de cero.
—Cuánto me costaría y cuánto tardaría —pregunté, sacando el móvil para anotar.
Dani levantó la vista. Me miró desde abajo, con los codos apoyados en sus rodillas. Tenía el pelo castaño oscuro, corto, con una entradina que le daba un aire de cansancio juvenil. Los ojos eran de un color indefinido, entre verde y gris.
—Depende.
—Depende de qué.
—De si quiere que dure o que sea rápido.
—Quiero que sea rápido y que dure.
—Entonces llame a IKEA.
Se levantó. No con prisa. Se sacudió las manos en los vaqueros y se dirigió a la puerta. Yo me quedé con el móvil en la mano, sintiendo un pinchazo en el estómago que no supe identificar. No era la primera vez que un proveedor me daba largas, pero sí la primera vez que alguien se iba sin intentar venderme nada.
—Espere —dije.
Se detuvo. Se giró. No sonrió. Solo esperó.
—Tres semanas —dije—. Es lo máximo que puedo esperar.
—Tres semanas es lo mínimo que necesito. Si la quiere antes, no soy su carpintero.
—Hay otros carpinteros.
—Seguro.
No se movió. Me miró con una calma que me hizo sentir que estaba negociando con el aire. Llevaba quince años dirigiendo equipos, imponiendo plazos, decidiendo quién entraba y quién salía de una reunión. En mi trabajo, la gente me decía "sí, Clara" y luego hacía lo que yo ordenaba. Este tipo, con polvo en los vaqueros, no parecía impresionado.
—Vale —dije, y la palabra me supo extraña en la boca—. Tres semanas.
—La recojo mañana. No la toque usted, por favor. No intente quitarle el barniz con productos de supermercado. La madera está sensible.
—Yo no iba a...
—Sí que iba. Lo veo en sus ojos. Tiene usted cara de quien no puede dejar las cosas en paz.
Quise enfadarme. Pero tenía razón. Había comprado un bote de decapante el fin de semana anterior, convencida de que podía adelantar trabajo. Lo tenía escondido debajo del fregadero.
—No la tocaré —dije.
—Gracias.
Me dio una tarjeta de cartulina blanca, rugosa, con solo un nombre y un número. Cuando nuestras manos se rozaron, la suya estaba seca y cálida. La mía, sudorosa. Se fue. Yo me quedé junto a la cómoda, con la tarjeta en la mano, preguntándome por qué me había quedado quieta mientras él me daba órdenes.
Fui a su taller el sábado siguiente. No había quedado. Simplemente aparecí a las once de la mañana con dos cafés con leche de la cafetería de la esquina y una excusa preparada sobre si necesitaba ver el color de la madera para coordinar cortinas.
El taller estaba en un bajo comercial de Lavapiés, entre una tienda de productos africanos y una academia de idiomas que anunciaba clases de chino con letras de neón. Dani abrió la puerta metálica con una mano llena de virutas. Llevava una camiseta blanca de algodón, un delantal de cuero gastado, y las gafas de seguridad subidas en la frente. Olía a trementina, a madera recién cortada, y a algo dulce que no supe identificar.
—No sabía que venía —dijo.
—Pasaba por aquí.
—Mentira. Vive usted en Chamberí. No pasa nadie por aquí.
Entré sin que me invitara. El local era un rectángulo largo, con herramientas colgadas en la pared como trofeos, mesas de trabajo llenas de piezas a medio restaurar, y una radio vieja que emitía jazz con estática. La cómoda estaba en el fondo, desnuda, con el barniz quitado a medias, revelando un nogal oscuro y hermoso que yo no sabía que existía.
—Es preciosa —dije.
—Siempre lo fue. Solo estaba escondida.
Dejó lo que estaba haciendo, una silla de roble con el asiento roto, y se acercó a la cómoda. Cogió una lija fina y empezó a pasarla por un lateral con movimientos largos, pausados, que no tenían prisa. Yo me quedé de pie, con los cafés en las manos, sintiéndome de más.
—Le he traído café —dije.
—Póngalo ahí. No se acerque con el líquido cerca de la barnizadora. Estoy a punto de dar la imprimación.
—¿Puedo ver?
—Si se queda quieta.
Me senté en un taburete bajo de madera, cerca de la puerta. El taburete no tenía respaldo. Me obligaba a mantener la espalda recta, alerta. Dani seguía lijando. El sonido era regular, hipnótico. Yo abrí mi café y bebí, observando sus brazos. Tenían vello oscuro, músculos que no eran de gimnasio sino de uso, y una cicatriz blanca en el antebrazo derecho que parecía de quemadura.
—¿Se ha quemado? —pregunté, señalando.
—Hace años. Con la pistola de calor. No mire el móvil, por favor. Le estoy hablando.
Bajé la vista. Tenía el teléfono en la mano, revisando correos sin darme cuenta. Lo guardé en el bolso. Dani dejó la lija y se acercó a mí. Se agachó. Estaba tan cerca que podía ver las pecas en su nariz, el brillo de sudor en su sien.
—Tiene serrín en la mejilla —dijo.
Levantó el pulgar y me lo pasó por la cara, despacio, con una ternza que no esperaba. Su piel era áspera. Yo me quedé quieta, con el café en las manos, con la respuesta suspendida en la garganta. Cuando retiró el dedo, no se apartó de inmediato. Sus ojos recorrieron mi cara, de arriba abajo, sin prisa.
—Usted no para de moverse —dijo—. Incluso sentada, parece que está a punto de levantar una reunión.
—Es que tengo mucho que hacer.
—Siempre tiene mucho que hacer. Eso es lo que le dice a todo el mundo. Pero aquí no hay nada que hacer. Solo madera y polvo.
—No sé estar sin hacer nada.
—Aprenda.
Se enderezó. Volvió a la cómoda. Cogió una herramienta que parecía un cuchillo curvo y empezó a tallar el borde de un cajón, quitando restos de barniz antiguo. Yo me quedé en el taburete, sintiendo el punto de la mejilla donde me había tocado. Intenté no moverme. Cruzé las piernas. Luego las descruzé. Me ajusté el pelo. Dani levantó la vista un segundo, sin dejar de trabajar, y me miró. No dijo nada. Pero su mirada decía "quietud". Me obligué a inmovilizarme. Apoyé las manos en las rodillas. Conté los segundos. El minuto que siguó fue el más largo de mi semana. Y, sin embargo, cuando Dani volvió a hablar, me di cuenta de que había dejado de pensar en el trabajo.
—Venga —dijo—. Páseme esa gubia. La de mango oscuro, en la pared de su derecha.
Me levanté. Busqué entre las herramientas. No sabía cuál era una gubia. Cogí una herramienta al azar.
—Esa es formón. La gubia tiene la punta curva.
La encontré. Se la acerqué. Dani no la cogió de inmediato. Dejó que yo se la sostuviera mientras él limpiaba las manos en un trapo. Luego extendió la mano, y sus dedos rozaron los míos al tomarla. El contacto duró un segundo.
—Gracias —dijo.
—De nada.
—Puede irse. La próxima vez, avise.
—¿Hay próxima vez?
Dani me miró. Por primera vez, casi sonrió. Solo una comisura de la boca.
—Si quiere ver cómo termina, sí.
La tercera semana, Dani me envió un mensaje breve: La entrego el jueves a las 19:00. Estará en su casa. No preguntó si me venía bien. Asumió que mi agenda se adaptaría a él. Y lo hice. Cancelé una cena de trabajo, inventando una excusa sobre migraña.
Llegó puntual, como la primera vez. Traía la cómoda en una furgoneta blanca que aparcó en doble fila, sin importarle el ruido de los claxones. Subió la pieza con una carretilla de aluminio, solo, sin pedir ayuda. Yo intenté sujetar la puerta del ascensor. Me miró.
—No. No toque nada. Puede rayar el marco.
Obedecí. Me quedé en el rellano, con las manos en los bolsillos, viéndolo maniobrar la cómoda por el hueco de la escalera con una destreza que me hizo sentir inútil. Cuando la dejó en el salón, quitó las mantas de fieltro que la protegían y la giró despacio.
Era otra pieza. El nogal brillaba con una profundidad que no recordaba. Los cajones se abrían y cerraban con un deslizamiento suave, casi silencioso. Los tiradores de latón, antes opacos, relucían. Me acerqué para tocarla. Dani me detuvo con una mano en el aire.
—Espere. Déjela asentar. La última capa de barniz tiene cuarenta y ocho horas de secado. Si la toca ahora, dejará huellas.
—Quiero ver si queda bien.
—Queda bien. Confíe en mí.
—Yo no confío. Yo compruebo.
Dani dejó caer la mano. Se enderezó. Me miró con una intensidad que me hizo dar un paso atrás, hacia la pared.
—¿Siempre tiene que encontrar algo para corregir? —preguntó.
—Es mi trabajo. Soy directora de operaciones. Corregir es lo que hago.
—Y en su vida personal, ¿también corrige? ¿A su ex? ¿A sus amigas? ¿A sí misma?
—No veo qué tiene que ver...
—Tiene que ver porque está agotada, Clara. Se le ve. En las ojeras. En la forma en que aprieta la mandíbula. En que no puede ver una pieza perfecta sin querer tocarla para comprobar que no se cae a pedazos.
Me quedé sin respuesta. Nadie me había dicho algo así en años. Nadie se atrevía. Mis empleados me temían. Mi ex me odiaba por mi eficiencia. Mis amigas me envidiaban mi control. Y este hombre, que acababa de subir una cómoda por tres pisos, me estaba diciendo que estaba agotada.
—¿Y qué propone? —pregunté, con una voz más aguda de lo que pretendía.
Dani se acercó. Un paso. Luego otro. Me dejó contra la pared, junto a la cómoda restaurada. Cogió el trapo que llevaba en el bolsillo delantal y me limpió una mancha imaginaria de la barbilla. O quizá no era imaginaria. No lo sé. Su pulgar rozó mi piel y yo cerré los ojos sin poder evitarlo.
—Propongo que esta noche, en este piso, usted no decida nada —dijo, con una voz que bajó de volumen hasta convertirse en un hilo.
—¿Cómo?
—Que se quede quieta. Que me deje hacer. Que no piense en el trabajo, en la cómoda, en lo que viene mañana. Que simplemente... obedezca.
Abrí los ojos. Lo miré. Mi cerebro lanzó alarmas. Mi cuerpo, en cambio, se quedó inmóvil. No de miedo. De algo más antiguo, más profundo.
—No sé hacer eso —dije.
—Lo sé. Por eso le propongo un límite. Una palabra. Si la dice, paramos. Sin preguntas. Sin reproches.
—¿Y si no la digo?
—Entonces es porque quiere seguir.
Negociamos. Fue rápido, casi clínico. Mi palabra sería "barniz". Si la decía, todo se detenía. Él no haría nada que dejara marca visible. No dolor que no fuera el de la tensión contenida. Y yo podía decir que no en cualquier momento, aunque la idea era que no dijera nada salvo la palabra de seguridad.
—¿Quiere empezar? —preguntó.
Miré mi salón. La cómoda perfecta. El móvil en la mesa, con veinte notificaciones sin leer. Mi vida, ordenada, controlada, planificada. Luego miré a Dani. Tenía las manos manchadas de barniz, el pelo revuelto, una expresión que no pedía permiso pero que tampoco imponía. Solo ofrecía.
—Sí —dije.
—Quítese la chaqueta.
Me quité la chaqueta de traje. La dejé caer al suelo, algo que nunca hacía. Dani la recogió. La dobló. La puso sobre la cómoda, con una delicadeza que me desarmó.
—Ahora quédese quieta.
Se acercó. Me desabrochó los botones de la blusa, uno a uno, con los dedos ásperos. No me miró a los ojos. Se concentró en la tela, en los botones, en la forma en que la blusa se abría sobre mi piel. Cuando llegó al último, separó la tela. Yo llevaba un sujetador de encaje beige, simple, sin adornos. Dani lo observó como si fuera una pieza de madera que necesitara evaluación.
—Baje los brazos —ordenó.
Los bajé. Me quitó la blusa. La dobló también, aunque menos cuidadosamente, y la dejó sobre la chaqueta. Quedé en sujetador y falda pantalón negra. El aire acondicionado del salón me golpeó la piel desnuda. No tenía frío. Tenía algo más parecido a fiebre.
—Arrodíllese.
Dudé. El suelo de parquet era duro. Llevaba quince años sin arrodillarme ante nadie. Pero algo en la forma en que Dani me miró, sin prisa, sin exigencia, solo esperando, hizo que mis rodillas cedieran. Caí sobre el suelo de madera. El impacto fue seco. Dani se arrodilló frente a mí. Estábamos a la misma altura. Me tomó la cara con ambas manos. Sus palmas eran cálidas, ásperas, y olían a trementina y a jabón.
—Me va a besar —dije. No pregunté. Afirmé, por costumbre de controlar las situaciones.
—No —dijo él—. No me dice lo que voy a hacer. Usted espera.
Y esperé. Dani se acercó hasta que nuestras narices casi se tocaron. Su aliento olía a café de máquina y a algo dulce. Me miró a los ojos durante segundos que se hicieron eternos. Luego, cuando yo ya había dejado de respirar, posó los labios sobre los míos.
Fue un beso que no pedía entrada. Dani cerró los ojos y mantuvo los labios apretados contra los míos, sin moverse, sin lengua, solo presión y calor. Yo quería abrir la boca, quería acelerar, quería tomar la iniciativa. Pero sus manos en mi cara me sujetaban con una firmeza suave que me decía "quietud". Cuando por fin separó los labios, lo hizo para morderme el labio inferior. No fuerte. Lo suficiente para que sintiera un piquete de dolor que se convirtió en algo líquido en mi vientre.
—Levántese —dijo.
Me levanté. Me costó. Las rodillas me temblaban. Dani se levantó también. Me tomó de la mano y me llevó hacia el dormitorio. Yo no dije nada. Mi cama estaba hecha, con sábanas blancas de algodón egipcio que había comprado en una rebaja online. Dani me soltó la mano. Se giró. Me miró de arriba abajo.
—Quítese la falda.
Me bajé la cremallera. La falda pantalón cayó al suelo. Quedé en bragas a juego con el sujetador, de encaje beige. Dani no se movió. Me dejó allí, de pie, mientras él me observaba con una atención que me hizo sentir más desnuda que si estuviera completamente sin ropa.
—Quítese el sujetador.
Lo desabroché. Lo dejé caer. Mis pechos quedaron libres, con los pezones erectos por el aire y por la excitación. Dani se acercó. No los tocó. Solo sopló. Un soplo cálido sobre el pezón derecho, luego el izquierdo. Yo gemí. Fue un sonido que no reconocí, agudo, vulnerable.
—No haga ruido —ordenó—. Aguante.
Me mordí el labio. Dani se inclinó y tomó mi pezón en la boca. Succionó con fuerza, con una intensidad que me dobló por la mitad. Sus manos fueron a mis caderas, sosteniéndome, impidiendo que me moviera. Pasó al otro pecho. Mordió, succionó, lamió con la lengua en círculos que me hacían ver puntos detrás de los párpados. Yo agarré su pelo, tirando sin fuerza, sin saber si quería acercarlo o apartarlo.
—Suélteme —dijo contra mi piel.
Solteé. Dani se apartó. Me miró. Sus ojos estaban oscuros, con una pupila dilatada que devoraba el verde grisáceo.
—Túmbese en la cama. Boca arriba. Brazos extendidos.
Obedecí. La cama crujió. Las sábanas estaban frescas. Apoyé la cabeza en la almohada, con los brazos abiertos, sintiendo la posición de ofrenda, de entrega. Dani se quitó la camisa. Su torso no era de gimnasio. Tenía vello oscuro en el pecho, una barriga modesta, una cicatriz de quemadura en el costado que subía hasta el ombligo. Se bajó los vaqueros. No llevaba ropa interior. Su erección saltó libre, gruesa, de un color más oscuro que el resto de su piel, con una vena que palpitaba visible.
—Míreme —ordenó.
Lo miré. Él se subió a la cama. Se colocó entre mis piernas, a horcajadas sobre mi vientre, sin penetrarme. Cogió mis muñecas y las inmovilizó sobre la almohada, a ambos lados de mi cabeza. Con la otra mano, se tocó. Se masturbó despacio, mirándome, con su verga a centímetros de mi boca.
—No abra la boca —dijo—. Solo mire.
Lo observé. Cada movimiento de su mano, cada gota de humedad que brillaba en la punta, cada contracción de su vientre. Era una tortura deliciosa. Yo quería tomarlo, quería saborearlo, pero la orden me mantenía quieta, con la boca cerrada, con los ojos fijos en él. Dani aceleró el ritmo. Su respiración se hizo audible, un jadeo seco que rompía el silencio de la habitación. Cuando estuvo al borde, se apartó. Dejó su erección palpitando en el aire, roja, sin terminar.
—No se corre usted hasta que yo diga —dijo.
Bajó por mi cuerpo. Me besó el vientre, la cadera, el interior del muslo. Me quitó las bragas de un tirón. Quedé completamente desnuda, con las piernas abiertas, expuesta. Dani se hundió entre ellas. Su lengua fue directa. No hubo preámbulos. Lamió mi raja de abajo arriba, una fricción larga y firme que me hizo arquear la espalda contra el colchón. Metió dos dedos dentro de mí, curvándolos, buscando. Cuando encontró el punto, cuando presionó mientras su lengua giraba alrededor de mi clítoris, tuve que morderme el puño para no gritar.
—No se muerda —dijo él, levantando la vista—. Quiero oírla. Pero solo cuando se corra. Antes, aguante.
Volvió a su tarea. Sus dedos se movían dentro de mí con una precisión cruel, frotando el punto G con cada embestida, mientras su lengua, áspera y cálida, me devoraba por fuera. Yo me retorcía en las sábanas, con las manos agarrando la cabecera de la cama, con los ojos cerrados y la boca abierta. El placer se acumulaba en mi base, una presión insoportable que crecía con cada movimiento de su boca.
—Por favor —supliqué, con la voz rota.
—¿Por favor qué?
—Déjame... déjame correrme.
—No.
Aceleró. Sus dedos se clavaron más profundo. Su lengua se movió más rápido, dibujando círculos implacables alrededor de mi clítoris. Yo estaba al borde, colgando de un precipicio, con el cuerpo entero temblando. Y entonces, justo cuando creí que iba a desmayarme, Dani se detuvo. Retiró los dedos. Se apartó. Me dejó en el borde, jadeando, con el sexo palpitando en el aire frío.
—No —gemí, una protesta que sonía a súplica.
—Shhh —dijo él. Se subió por mi cuerpo. Me besó. Su boca sabía a mí, a mi propia humedad, y eso me excitó más. Se posicionó entre mis piernas. Tomó su erección con una mano y la frotó contra mi entrada, arriba y abajo, mojándose en mi excitación pero sin penetrarme.
—¿Quiere esto? —preguntó.
—Sí.
—¿Quiere que la folle?
—Sí. Por favor.
—¿Y si le digo que espere?
—No puedo...
—Puede. Porque yo lo digo.
Me penetró. Fue un movimiento único, profundo, que me llenó de golpe. Grité. No me contuve. El sonido salió de mi garganta con una fuerza que me sorprendió a mí misma. Dani se quedó quieto, completamente dentro de mí, con los ojos cerrados y la mandíbula tensa.
—Joder —murmuró, más para sí mismo que para mí.
Empezó a moverse. No rápido. Con un ritmo pausado, casi cruel, que me hacía sentir cada centímetro de su entrada y salida. Cada vez que se hundía, golpeaba el fondo de mi interior con una precisión que me hacía ver estrellas. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavándole los talones en la espalda, empujándolo a entrar más profundo.
—No —dijo él, agarrando mis muñecas y volviéndolas a inmovilizar sobre la almohada—. Usted no empuja. Usted recibe.
Y recibí. Dani me embistió con una fuerza que hacía crujir la cama. Cada choque de sus caderas contra las mías producía un sonido seco que se mezclaba con mis gemidos. Él controlaba todo: el ángulo, la profundidad, el ritmo. Yo estaba inmóvil, abierta, a merced de su voluntad. Y en esa inmovilidad, en esa entrega forzada, encontré una liberación que no había conocido en quince años de sexo planificado.
—Tóquese —ordenó de repente—. Tóquese el clítoris. Pero no se corra.
Llevé una mano entre nosotros. Encontré mi clítoris, hinchado, expuesto. Lo froté con los dedos, al ritmo de sus embestidas. El placer se triplicó. Era una sensación abrumadora, una ola que subía desde mi interior y desde mi exterior al mismo tiempo, convergiendo en un punto que amenazaba con explotarme.
—Dani... —jadeé.
—Aguante.
—No puedo...
—Aguante. Para mí.
Apreté los dientes. El cuerpo entero me temblaba. Dani aceleró. Sus embestidas se volvieron más cortas, más profundas, más desesperadas. Él también estaba al borde. Lo vi en su rostro, en la forma en que fruncía el ceño, en los gruñidos que escapaban de su garganta.
—Ahora —dijo, con la voz destrozada—. Ahora sí. Córrete. Córrete conmigo.
Explosión. Fue un orgasmo que no empezó en un lugar concreto. Fue todo mi cuerpo al mismo tiempo. Las paredes internas se contrajeron alrededor de su erección con espasmos brutales, una y otra vez, mientras yo gritaba con una voz que no reconocía. Dani se quedó inmóvil, clavado en mí, y soltó un gemido largo, gutural. Sentí cada pulsación de su orgasmo, cada descarga caliente que me llenaba, cada convulsión de su cuerpo sobre el mío.
Cuando terminó, no se apartó de inmediato. Se quedó dentro de mí, menguando pero aún presente, con la frente apoyada en mi hombro, jadeando. Yo tenía los brazos aún extendidos, con las manos agarrando la cabecera, como si no me atreviera a soltarla. Dani levantó la cabeza. Me miró. Sus ojos tenían una ternura que no esperaba.
—¿Está bien? —preguntó.
Asentí. No confiaba en mi voz.
—¿Ha dicho la palabra en algún momento?
Negué con la cabeza.
—Bien —dijo. Se apartó despacio. Salió de mí con una pérdida que sentí físicamente. Se tumbó a mi lado, en la cama, con un brazo sobre el pecho y la otra mano buscando la mía.
Yo solté la cabecera. Baje los brazos. Me giré hacia él. Mi cuerpo estaba laxo, pesado, como si alguien hubiera vaciado mi interior de toda la tensión acumulada en años.
—Nunca había hecho esto —dije al cabo de un rato.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque solo la gente que nunca lo ha hecho pregunta "¿está bien?" después en lugar de antes. Los que están acostumbrados, negocian antes. Usted confió. Eso es diferente.
Me acerqué. Apoyé la cabeza en su hombro. Olía a sudor, a trementina, a sexo. No era un olor limpio. Era un olor real.
—¿Volverá? —pregunté.
—¿A quedarse quieta? —Dani se rio, una risa baja que vibró en su pecho—. Eso depende de usted. Yo solo doy las órdenes si alguien las acepta.
—Las acepto.
—Entonces volveré. Pero la próxima vez, no será en su cama. Será en mi taller. Y usted vendrá sabiendo que no decidirá nada.
Cerré los ojos. Fuera, en la calle, el tráfico de Madrid seguía su ruido habitual. En mi salón, la cómoda restaurada brillaba bajo la luz de la lámpara. Y en mi cama, por primera vez en años, no había nada que controlar. Solo la respiración de un hombre que sabía esperar, y el peso de mi propio cuerpo, finalmente en paz.
