El Peugeot 408 tenía un ruido en el eje delantero derecho que aparecía después de los sesenta kilómetros por hora, un zumbido agudo que el mecánico no lograba diagnosticar y que yo ya había aprendido a ignorar como se ignora el tinnitus o la presión alta. Llevaba doce años trabajando el turno de noche, de diez de la noche a seis de la mañana, y mi cuerpo se había adaptado a un ritmo que no era el de los demás: desayuno a las cuatro de la tarde, almuerzo a medianoche, sueño fragmentado durante el día mientras el resto del mundo hacía ruido de obras y perros y vecinos con aspiradoras. A mis sesenta y tres años —sesenta y cuatro dentro de tres meses, si llegaba, que de eso nunca se sabe— tenía las venas de las manos marcadas como mapas de carreteras secundarias, una barriga que empujaba contra el cinturón de seguridad desde que dejé el fútbol cinco años atrás, y una vista cansada para la que necesitaba gafas de lectura que siempre terminaban perdidas entre los asientos, manchadas de grasa y polvo.
Era jueves, o quizá ya viernes según el reloj del salpicadero que adelantaba siempre diez minutos. Había llovido sobre Barcelona —o al menos sobre la zona donde circulaba, entre el Eixample y Gràcia— y el asfalto brillaba con ese reflejo aceitoso que hace que la ciudad parezca una maqueta eléctrica. Llevaba tres carreras cortas: un tipo borracho que olía a orines y me dejó cinco céntimos de propina, una pareja discutiendo en voz baja sobre una hipoteca, y una señora mayor que viajó en silencio desde el hospital hasta su casa, con una bolsa de farmacia sobre las rodillas. La radio estaba sintonizada en una emisora de jazz que solo ponía estándares de los cincuenta, y yo escuchaba a Chet Baker con la atención a medias de quien ya ha oído todo demasiadas veces.
La aplicación me avisó en la avenida Diagonal, cerca de un local que cerraba. Me fijé en el nombre: Lucía. Cuando paré y bajé la ventanilla, la vi saliendo por la puerta de cristal con una naturalidad que no pedía permiso. Llevaba un vestido negro corto, unas botas de tacón que resonaron en la acera mojada y un abrigo de cuero que no se abrochó a pesar de que el termómetro marcaba doce grados. Tenía el pelo oscuro, corto, con un flequillo desordenado. No era guapa al modo de los anuncios. Tenía la nariz ligeramente torcida y una boca grande, con labios que parecían hinchados por el frío o por el hábito de morderse el interior de la mejilla.
—Buenas —dijo, abriendo la puerta trasera derecha.
—Buenas. ¿A dónde vamos?
Me dio una dirección en Sant Andreu. Una carrera larga, lo cual me venía bien porque llevaba horas dando vueltas como un peón de ajedrez en tablero reducido. Se acomodó en el asiento, cruzó las piernas y sacó el móvil. Pensé que sería una de esas: viaje en silencio, mirando la pantalla, ignorando mi existencia salvo para reclamar que pusiera el aire o bajara la música.
Pero no.
—Hace frío para ir en vestido —dije, más por costumbre de romper el hielo que por genuino interés.
—Es que dentro estaba sofocada. Además, el frío despeja. ¿Tú no tienes frío con esa ventanilla bajada?
—El calefactor delantero funciona mal. Si lo pongo en marcha, empieza a oler a quemado. Prefiero el frío real al frío tóxico.
Se rio. No fue una risa cortés. Fue una carcajada breve, con la cabeza echada hacia atrás.
—Eso suena a excusa de taxista veterano.
—Lo soy.
—¿Cuánto llevas en esto?
—Doce años de noche. Veinte en total.
—Joder. Debes conocer cada bache de Barcelona.
—Cada bache, cada semáforo trucado, cada calle en dirección contraria que cambia los domingos. Es como saberse de memoria una ciudad que no te pertenece.
Guardó el móvil en el bolso. Eso me sorprendió. La gente joven no guarda el móvil. Lo lleva en la mano como prolongación del cuerpo.
—¿Y te gusta?
—Es trabajo. Me paga el alquiler y me deja solo, que para mis sesenta y tres años ya es mucho.
—Sesenta y tres —repitió, y sus ojos se encontraron con los míos en el retrovisor—. No los aparentas.
—Miento bien.
—No, es verdad. Tienes cara de haber visto cosas. Eso cansa distinto.
Nadie me decía esas cosas. Las mujeres jóvenes que subían a mi coche me trataban con la amabilidad distante que se reserva a los muebles. Ella me miraba como si yo fuera una persona, y eso me incomodó más de lo que quise admitir.
Cogimos la Gran Via. El tráfico era fluido y las luces se reflejaban en el asfalto mojado como gotas verdes y rojas. Ella se quitó el abrigo. El vestido negro le quedaba ajustado en la cintura y se ensanchaba apenas en las caderas.
—¿Vienes de trabajar?
—De un cumpleaños. Bueno, de la fiesta de mi ex. Rompimos hace seis meses pero seguimos compartiendo amigos, porque en Barcelona el mundo es un pañuelo y acabas bebiendo con gente que no quieres ver.
—Suena agotador.
—Lo es. Pero me aburría en casa, sola, viendo documentales sobre asesinatos. Al menos allí había gin-tonics baratos.
Cruzó las piernas con una lentitud deliberada y el vestido se deslizó hacia arriba. Yo la veía por el retrovisor, claro. Siempre veo a los pasajeros por el retrovisor. Pero entonces levantó la vista y sus ojos se clavaron en los míos reflejados en el espejo. No aparté la mirada a tiempo.
—Perdón —murmuré.
—¿Por qué? Es tu retrovisor. Estás en tu derecho de mirar.
—No es educado.
—La educación está sobrevalorada a las dos de la mañana.
Callamos. El jazz seguía sonando, un piano desafinado que acompañaba el traqueteo del coche en los badenes. Pasamos por la Sagrada Familia, iluminada como un castillo de feria. Ella se quedó mirando por la ventana y pensé que la conversación había terminado.
Pero se deslizó hacia el centro del asiento. Cuando pasamos bajo un puente oscuro, separó ligeramente las piernas. Tosí, de nerviosismo, de choque. Llevaba décadas sin que una mujer me provocara así. Mi última relación —una viuda del bingo del barrio, tres años atrás— había terminado por abandono mutuo, por el tedio de dos cuerpos que ya no encontraban motivos para desordenar las sábanas.
—¿Todo bien?
—Sí. Polvo en el aire.
—Este coche tiene mucho polvo. Tiene mucho de todo. Historia, por ejemplo. ¿Cuánta gente habrá subido aquí?
—Miles. Pero pocas que recuerde.
—¿Y yo? ¿Me recordarás?
Miré el retrovisor. Ella me observaba con una intensidad que me hizo sudar bajo la camisa.
—Eres diferente.
—¿Diferente cómo?
—Hablas.
—Me gusta saber a quién me confío la vida a las dos de la mañana. Podrías ser un asesino.
—Podrías ser tú la asesina.
Se rio, esta vez más bajo.
—No soy asesina. Pero sí estoy aburrida. Y un poco borracha. Y muy cansada de que nadie me mire.
—Tú me miras —añadió—. No como quien mira un catálogo. Me miras como si estuviera haciendo algo inesperado.
—Lo estás haciendo.
Se inclinó hacia delante. Sentí su aliento cerca de mi oreja.
—¿Sabes qué pasa cuando una mujer se quita el abrigo aunque haga frío? Que quiere que la vean. ¿Y cuando abre las piernas en un taxi?
El coche dio un bandazo leve. Sentí el calor subiendo por mi cuello.
—No lo sé.
—Está probando si el conductor se da cuenta. Si se atreve a mirar de verdad. De frente.
Era absurdo. Una chica joven, probablemente algo borracha, jugando con el viejo del taxi porque no tenía nada mejor que hacer. Las mujeres como ella no se fijaban en hombres como yo, con la barriga, el pelo canoso y las manos secas de agarrar un volante doce horas al día.
—Creo que deberías abrocharte el cinturón.
—El cinturón trasero no funciona. Está roto.
—Es peligroso.
—Me gusta sentir que algo puede pasar.
Pasamos bajo otra avenida. La oscuridad duró tres segundos, y en esos tres segundos sentí su mano en mi hombro. Luego la luz volvió y la mano se retiró, pero el calor permaneció.
—¿Me llevas a un sitio? Hay un aparcamiento junto al parque del Clot. ¿Lo conoces?
—Sí, pero…
—Para allí.
La miré en el retrovisor.
—No sé qué juego es este, pero yo soy un tipo mayor. Tengo nietos. Tengo una exmujer que me odia y una hija que no me llama. No soy lo que estás buscando.
—¿Y qué crees que busco?
—Diversión. Una anécdota. Un viejo al que molestar.
Se inclinó más. Su aliento olía a menta y a alcohol dulce.
—Busco a alguien que no me pregunte mi signo del zodiaco. Alguien que sepa que el tiempo se acaba y que el deseo no es un concurso, sino proximidad. Tú tienes las manos grandes. Y me has mirado durante cinco minutos sin disimulo. Eso me ha hecho sentir más que toda la noche con mis amigos fingiendo que estamos bien.
—Para el coche —repitió.
Y lo hice. Quizá porque llevaba años sin que nadie me deseara. Quizá porque tenía miedo de pasar el resto de mi vida preguntándome qué habría ocurrido. Entré en el aparcamiento del parque del Clot, casi vacío a esa hora, y detuve el motor. El zumbido cesó. El jazz quedó solo, una trompeta triste que sonaba ridícula en ese contexto.
Apagué el taxímetro. La luz de «ocupado» seguía encendida, roja, brillando en el salpicadero como un testigo.
—Quédate ahí —dijo ella.
Salió por la puerta trasera. Pensé que se iría, que era una broma. Pero dio la vuelta al coche, abrió la puerta del copiloto y se sentó a mi lado. Ahora estaba cerca. Podía ver la textura de su piel, una pequeña cicatriz blanca en la barbilla. Olía a perfume, a lluvia y a mujer despierta.
—Hola de frente —dijo, y sonrió.
—Hola.
Me puso una mano sobre el muslo. Volví a decirle que tenía sesenta y tres años, como si eso fuera un argumento. Ella contestó que tenía treinta y dos y que la decisión era suya. Le pregunté si estaba segura. Dijo que sí sin apartar los ojos de los míos.
El beso fue directo, sin el tanteo de quienes todavía esperan permiso, pero se detuvo un instante cuando yo me quedé rígido. La miré. Ella me miró. Volví a acercarme y aquella vez fui yo quien cerró la distancia.
El coche era demasiado pequeño para tanta urgencia. Nos reímos cuando su rodilla chocó con el salpicadero, y esa risa quitó solemnidad al momento. Después hubo manos, respiraciones desordenadas y el cuidado mínimo —pero imprescindible— de comprobar que ambos queríamos seguir. La luz roja seguía encendida sobre nosotros, absurda y perfecta.
Durante unos minutos dejé de pensar en mi edad, en mi barriga, en la hija que no llamaba y en el piso vacío. Ella dejó de fingir que estaba bien. Nos encontramos en ese espacio estrecho sin promesas y sin biografías, dos desconocidos que habían decidido verse de verdad.
Cuando todo terminó, se quedó apoyada contra mí. Nuestros pechos subían y bajaban buscando aire. El jazz seguía sonando, ahora un piano lento, melancólico, ridículamente apropiado.
Pasaron minutos. Ella no se apartó. Yo no quise que se apartara. Sentía su corazón contra mi pecho, acelerado pero bajando, y el mío latía con un ritmo que no era el de un hombre de sesenta y tres años, sino el de alguien mucho más vivo.
—Tu bigote me pica —dijo al fin.
—Lo tengo desde los veinte. Ya es parte de mí.
Se rio, suave y cansada. Se acomodó en el asiento del copiloto, se arregló el vestido y se peinó el flequillo con los dedos. Nos quedamos en silencio. El coche se enfriaba. Fuera, un gato maulló en algún rincón del parque.
—¿Te llevo a Sant Andreu?
—Sí. Pero sin taxímetro. Esta carrera va por cuenta de la casa.
—No puedo…
—Puedes. Y lo harás.
Arranqué. El zumbido del eje delantero volvió, reconfortante en su familiaridad. Saqué el coche del aparcamiento y conduje más despacio de lo necesario. No por prudencia, sino porque no quería que terminara.
—No me des tu número —dijo de repente, mirando por la ventana.
—No iba a hacerlo.
—Bien. Porque mañana esto será un recuerdo perfecto. Si intercambiamos números, se convierte en algo que hay que gestionar. Y yo no quiero gestionar nada.
—Yo tampoco.
—¿Tienes hijos?
—Una hija. Treinta y ocho años. Vive en Madrid.
—Casi me lleva la edad.
—Sí.
—¿Y qué diría si supiera lo que ha pasado?
—Que soy un viejo verde. Y tendría razón.
—No. Eres un hombre al que alguien ha deseado esta noche. Hay diferencia.
Llegamos a su dirección. Era un edificio de ladrillo visto, con balcones pequeños y persianas bajadas. Paré en doble fila.
Ella recogió su abrigo. Antes de bajar, se inclinó y me dio un beso en la mejilla. No en los labios. En la mejilla, con una ternura que me dolió más que cualquier otra cosa.
—Gracias por la carrera.
—Gracias por elegir mi coche.
Sonrió, esa sonrisa torcida que le subía más a la izquierda que a la derecha. Salió y caminó hacia el portal sin mirar atrás. La vi introducir el código, desaparecer dentro, y quedé solo.
Apagué las luces de emergencia. El taxímetro marcaba cero. La luz de «ocupado» seguía encendida, roja, tonta, brillando para nadie. Me quedé un rato mirando el edificio. Luego saqué el termo de café frío, bebí un trago amargo y encendí la radio. El jazz había terminado. Ahora daban noticias, algo sobre economía, cifras que no entendía.
Me toqué la mejilla donde ella me había besado. Me palpé el hombro donde sus uñas habían dejado marcas. Me dolía. Me gustaba que doliera.
Arranqué. El eje delantero zumbó, fiel. Tenía cuatro horas más de turno, y luego el viaje de vuelta a mi piso vacío, la ducha solitaria, la cama con las sábanas que no cambiaba con la frecuencia suficiente. Pero algo había cambiado. No era dramático. No era una revelación existencial. Era solo que, durante cuarenta minutos, una mujer de treinta y dos años había decidido que yo valía la pena. Que mi cuerpo viejo y mi coche ruidoso y mi olor a tabaco de pipa eran suficientes.
Doblé en la siguiente esquina, buscando otra carrera. La ciudad seguía ahí, con sus semáforos y sus borrachos y sus silencios. Pero ahora, cuando mirara el retrovisor, sabría que a veces, si uno se atreve a mirar de verdad, lo que ve devuelve la mirada. Y eso, para un taxista de sesenta y tres años, era suficiente para seguir conduciendo hasta que el coche o el cuerpo dijeran basta.
