Ex amantes

Ninguno de los dos

Ocho años después, Irene y Pau se cruzan en una boda en la costa. Los motivos por los que terminaron siguen en pie, pero su cuerpo no parece haberse enterado.

16 min🔥🔥
Portada de Ninguno de los dos

El coche de alquiler olía a ambientador de pino barato y a sudor del conductor anterior. Conduje los últimos tres kilómetros con la ventanilla bajada, dejando que el aire de agosto, cargado de sal y de polen, me despeinara sin piedad. Llegué al hotel a las seis y cuarto, con el vestido de lino color terracota arrugado en la cintura y los tacones de rafia que me había comprado en rebajas haciéndome ya una ampolla en el talón izquierdo. Me cambié en la habitación 214, una caja blanca con vistas a un parking de caravanas, y bajé a la terraza de la boda con una copa de cava en la mano antes de saber siquiera si recordaba cómo saludar a gente sin apretar los labios.

Era la boda de Laia y Adrià, dos arquitectos del estudio donde había trabajado durante cuatro años en Barcelona, antes de mudarme a Madrid, antes de casarme, antes de divorciarme, antes de convertirme en la persona que mira el móvil en los descansos del baile para no tener que hablar con nadie.

La terraza del hotel daba a una cala de agua transparente que desde arriba parecía de plástico. Había unos sesenta invitados, sudando con elegancia, agitando abanicos de cartulina con los nombres de los novios. Yo estaba en el rincón de la barra, pidiendo un gin-tonic que me sabía a limón deshidratado, cuando lo vi.
Pau llevaba un traje de lino azul claro, sin corbata, con la camisa abierta un botón más de lo que permitía el protocolo. Tenía el pelo más corto que cuando lo dejé, canoso en las sienes de una forma que le daba un aire de profesor universitario disoluto. Estaba hablando con el padre del novio, gesticulando con la mano libre mientras sostenía una cerveza en la otra. Y entonces giró la cabeza. Nuestros ojos se encontraron.

No hubo música de violines. Solo el ruido del DJ poniendo un tema de Rosalía demasiado alto. Pau parpadeó. Una vez. Luego sonrió. No con toda la boca, solo con la comisura izquierda, la misma que usaba cuando sabía que me había pillado mirándole el culo en la cocina de nuestro piso de Gràcia, hacía ocho años.
Se excusó del padre del novio y cruzó la terraza. Caminaba con la misma seguridad de siempre, como si el suelo fuera suyo y el resto del mundo solo estuviera de paso. Se detuvo a treinta centímetros. Olía a jabón de marsella, a cerveza, y a algo más profundo, a piel que se ha quedado demasiado tiempo al sol.

—Irene —dijo. No preguntó.

—Pau.

—Pensaba que Laia te había invitado para hacerme la punta.

—Lo mismo pensaba yo de ti.

Se rio. Fue una carcajada breve, áspera, que le hizo cerrar los ojos un segundo. Cuando los abrió, me recorrió con una mirada que no intentó disimular. Desde los zapatos de rafia que me estaban destrozando el talón, subiendo por el vestido de lino que se me pegaba a los muslos por el sudor, hasta el pelo que ya se me escapaba del recogido.

—Te has cortado el pelo —dijo.

—Hace tres años.

—A mí me gustaba largo.

—A ti te gustaba enredarte en él y luego quejarte porque te tapaba la cara mientras leías.

—Era una queja amorosa.

—Eras un pesado.

Sonrió otra vez. Esta vez con toda la boca. Me di cuenta de que llevaba meses, quizá años, sin que un hombre me mirara así. Con esa mezcla de familiaridad y descubrimiento, como quien abre un cajón y encuentra una foto que no recordaba haber guardado.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Bien. Divorciada. Sin hijos. Viviendo en un piso de Malasaña que tiene goteras en el techo pero una cafetería excelente en la esquina. ¿Y tú?

—Separado. Una hija de tres años. Lola. Vivo en un piso pequeño en Poblenou, cerca de la playa, para que ella pueda jugar en la arena los fines de semana que me toca. Trabajo para una agencia de viajes. Dejo los reportajes fotográficos largos. Solo hago los cortos, los de fin de semana.

—¿Tú? ¿Dejando los viajes largos?

—La paternidad te corta las alas. O te las recorta. A veces echo de menos un hotel en Bangkok sin cuna plegable.

La conversación flotaba sobre una superficie de normalidad, pero debajo, las corrientes eran peligrosas. Yo recordaba demasiado. La forma en que se quitaba las botas en el recibidor y las dejaba siempre en el lado izquierdo. El ruido que hacía al moler café manualmente los domingos. La manera en que me tomaba por la cintura cuando estábamos en la cocina y yo intentaba cocinar algo que siempre se me quemaba.

—¿Vienes solo? —preguntó.

—Sí. ¿Tú?

—Sí. La madre de Lola tiene a la niña este fin de semana. Yo vine porque Adrià es mi primo segundo y mi madre me habría matado si no aparecía en las fotos.

—Laia me escribió hace tres meses. Dijo que si no venía, nunca más me perdonaría que me perdiera su boda para quedarme en Madrid viendo documentales sobre crímenes.

—¿Sigues con los documentales sobre crímenes?

—Son mi terapia.

—Y yo pensaba que yo era tu único trauma.

Me quedé sin respuesta. Pau no se inmutó. Tomó un sorbo de cerveza, con los ojos fijos en los míos por encima del borde de la botella. Yo bajé la vista a mi gin-tonic, que ya no tenía hielo. El pepino flotaba en la superficie como un cadáver.

—Vamos a cenar —dijo alguien a través de un micrófono que chirrió.

Me sentaron en la mesa de los solteros y divorciados, una mesa redonda en el extremo de la carpa, junto a una columna de plástico que imitaba mármol. Pau llegó cinco minutos después, con su plato en la mano, y se sentó en la única silla libre. La que estaba a mi izquierda.

—Esto es una trampa —murmuré.

—De Laia. Seguro. Siempre le gustó el cine romántico.

—Esto no es romántico. Es incómodo.

—Entonces fingamos que somos adultos.

Lo intentamos. Hablamos con los demás comensales, dos compañeros del estudio de Laia que no recordaban mi nombre y una prima del novio que trabajaba en marketing. Comimos un risotto que estaba pasado y un pescado que no tenía salsa. Pau me servía vino cada vez que mi copa bajaba de la mitad. Yo le pasaba el agua cuando la suya se vaciaba. Era una coreografía antigua, de músculo, de costumbre.

Cuando el DJ empezó con los temas lentos, la prima del novio se levantó a bailar con uno de los arquitectos. Quedamos solos en la mesa, con los platos retirados y las velas parpadeando.

—¿Por qué terminamos? —preguntó Pau de repente.

—Tú lo sabes.

—Sé la versión oficial. Tú querías estabilidad, plan de pensiones, hipoteca, hijos. Yo quería irme a Laos a fotografiar monjes. Pero nunca me dijiste si eso era real o si era lo que te dijiste a ti misma para no sentir que me dejabas.

Apreté el tallo de la copa de vino. El cristal era fino, barato, el de los hoteles que compran a granel.

—Era real —dije—. Pero también era lo que me dije. Las dos cosas.

—¿Y ahora?

—Ahora no tengo plan de pensiones, ni hipoteca, ni hijos. Tengo un divorcio que me costó media vida y un piso con goteras. Y tú tienes una hija de tres años y un piso en Poblenou. Así que los motivos siguen ahí, Pau. Ninguno de los dos ha cambiado lo suficiente.

Asintió. No parecía ofendido. Se inclinó hacia delante, con los codos en la mesa, y bajó la voz.

—Pero aunque sepamos perfectamente por qué terminamos —dijo—, sigue habiendo algo que no se ha roto. ¿O soy yo el único gilipollas que lo siente?
No respondí. Porque sentía su rodilla contra la mía, bajo la mesa. Un contacto que no se movía, que no se apartaba, que irradiaba calor a través del lino de su traje y la tela fina de mi vestido. Llevaba ocho años sin sentir esa rodilla. Y mi cuerpo la reconoció antes que mi cerebro.

—No eres el único —dije, con la voz más baja de lo que pretendía.

Pau no retiró la rodilla. La movió ligeramente, un roce que subió por mi muslo. Yo no me aparté. Miré al frente, hacia la pista de baile, donde Laia y Adrià bailaban un vals torpe rodeados de abanicos de cartulina. Sentí la mano de Pau en mi muslo. No en la rodilla. En el muslo, por encima del vestido, con los dedos extendidos, con una posesión que no pedía permiso y que yo no le negaba.

—Salgamos de aquí —dijo él.

—¿Adónde?

—A la terraza de arriba. La del noveno. Hay una barra que cierran a las doce. Después, no hay nadie.

Subimos por la escalera de servicio. El ascensor estaba ocupado por una tía borracha del novio que no conseguía encontrar la planta de su habitación. Pau subía delante de mí, con la mano en la barandilla de hierro, y yo veía su espalda, la forma en que el lino se tensaba entre sus omóplatos, el cuello de la camisa que se había abierto otro botón sin que yo supiera cuándo. Llevaba ocho años sin ver esa espalda. Ocho años sin querer verla.

La terraza del noveno era un rectángulo de cemento con cuatro tumbonas rotas y una vista del mar que a esa hora era solo una mancha negra con reflejos de luna. Pau cerró la puerta de cristal detrás de nosotros. El ruido de la boda quedó ahogado, lejano. Solo se oía el viento y el zumbido lejano de algún barco.

—No deberíamos estar aquí —dije.

—¿Por qué?

—Porque sabemos cómo acaba.

—¿Y si esta vez no acaba? ¿Y si solo empieza?

Se acercó. Estaba a veinte centímetros. Luego a diez. Podía ver la sombra de su barba, las pecas que le habían salido en la nariz, la forma en que sus ojos no parpadeaban.

—Pau —dije. Era una advertencia. O una súplica. Ni yo misma lo sabía.

—Dime que no sientes esto —dijo, poniendo una mano en mi cintura—. Dime que no te pasa nada y me voy.

No dije nada. Su mano apretó. Me atrajo hacia él. Mi cuerpo chocó contra el suyo con una fuerza que nos hizo tambalearnos. Y entonces me besó.

No fue un beso de reencuentro tierno. Fue un ataque. Su boca cayó sobre la mía con una urgencia que me robó el aire. Su lengua entró sin pedir permiso, encontrando la mía con una familiaridad que me dolió. Sus manos bajaron por mi espalda, amasando mi culo a través del lino, tirando de mí contra su entrepierna. Sentí su erección de inmediato, dura, gruesa, la misma que recordaba, la que había intentado olvidar en otros cuerpos que nunca funcionaron igual.

—Joder —murmuró contra mi boca—. Ocho años y sigues sabiendo igual.

—Tú sigues besando igual de mal —dije, jadeando.

—Mentira.

Me besó otra vez. Esta vez yo respondí. Mis manos se enredaron en su pelo, más corto, más áspero, tirando de él para acercarlo. Nos movimos hacia la pared de cristal que daba al mar. Mi espalda chocó contra el frío. Pau se apretó contra mí, con una cadera entre mis piernas, frotándose contra mí con un ritmo que no era consciente, que venía de algún lugar más antiguo que el cerebro.

—Aquí no —dije, separándome lo justo para respirar—. No en la terraza. Me conoce media boda.

—Tu habitación.

—La 214.

—La mía es la 302.

—Más lejos.

—Mejor.

Tomó mi mano. Cruzamos la terraza, bajamos por la escalera de servicio, y entramos en el ascensor del otro ala del hotel. Pau pulsó el tres. Las puertas se cerraron. Estábamos solos. Me empujó contra la pared del ascensor y me besó de nuevo, con una mano entre mis piernas, por encima del vestido, frotando con la palma. Yo gemí. El sonido resonó en la cabina metálica. Cuando las puertas se abrieron en el tercer piso, salimos tambaleándonos por el pasillo, buscando la puerta 302 con la urgencia de adolescentes.

Pau metió la llave con torpeza. La puerta se abrió. Entramos. Era una habitación idéntica a la mía, pero con vistas al mar. No cerré la puerta con pestillo. Pau lo hizo. Luego me giró, me empujó contra la pared junto al interruptor de la luz, y me levantó el vestido por la cintura.

—Sin preámbulos —dije, con la voz rota.

—Ocho años de preámbulos —respondió, bajándome las bragas de un tirón.

Eran de encaje negro, simples. Cayeron al tobillo. Pau se arrodilló. Me separó las piernas con las manos y se hundió entre ellas. Su lengua fue directa. Una fricción larga, desde la entrada hasta el clítoris, que me hizo golpear la cabeza contra la pared. Me mordí el puño para no gritar. Pau no tenía paciencia. Nunca la tuvo. Succionó mi clítoris con una fuerza que me dobló las rodillas, metió dos dedos dentro de mí, curvándolos, buscando el punto que solo él encontraba con tanta facilidad.

—Pau... —jadeé.

—No digas nada —murmuró contra mi piel—. Solo siente. Ocho años, Irene. Ocho años sin esto.

Me corrió en su boca. Fue un orgasmo que no me dio tiempo a preparar. Subió desde mi base como un relámpago, contrayendo mis paredes internas alrededor de sus dedos, haciéndome ver puntos blancos detrás de los párpados. Pau no se apartó. Siguió lamiendo, más suave ahora, prolongando cada espasmo hasta que tuve que empujar su cabeza, porque la sensibilidad era insoportable.

Se levantó. Se quitó la chaqueta de un tirón. Se desabrochó los pantalones. Yo todavía estaba contra la pared, con el vestido levantado, con las bragas en el tobillo, jadeando. Saqué su erección. Era la misma. Gruesa, con la vena prominente en el lateral, la punta brillante de humedad. La tomé con ambas manos, acariciándola con el ritmo que sabía que le gustaba. Pau cerró los ojos. Apoyó una mano en la pared, junto a mi cabeza, y gruñó.

—Dentro —dije—. Ahora.

—Condón —jadeó.

—¿Dónde?

—Cartera. Chaqueta.

Me agaché. Cogí la chaqueta del suelo. Saqué la cartera. Encontré un preservativo arrugado, vencido quizá, pero lo rasgué con los dientes. Pau me lo quitó de las manos. Lo desenrolló sobre sí mismo con una eficiencia que me excitó más. Luego me tomó de la cintura, me giró, y me puso de espaldas a la pared.

—Mírame —ordenó.

Lo miré. Me penetró de una sola embestida. Profundo, hasta el fondo, hasta que sentí sus caderas contra las mías. Grité. No me contuve. El pasillo del hotel estaba al otro lado de la puerta, pero no me importó. Pau se quedó quieto un segundo, con los ojos cerrados, con la mandíbula tensa, respirando por la nariz.

—Joder —dijo—. Eres la misma. Exactamente la misma.

Empezó a moverse. Embestidas duras, profundas, con las manos en mis caderas, tirando de mí hacia él con cada golpe. Mi espalda se frotaba contra la pared, el lino del vestido se arrugaba entre nosotros. Yo envolví una pierna alrededor de su cintura, abriéndome más, queriendo que entrara más profundo. Pau me levantó. Me cargó en brazos, todavía dentro de mí, y me llevó a la cama. Me dejó caer sobre el colchón. El vestido se me subió hasta la cintura. Él se quedó de pie al borde de la cama, me tomó de los tobillos, y me atrajo hacia él. Me penetró de nuevo, desde arriba, con un ángulo que me hizo ver estrellas.

—Más fuerte —pedí, con la voz que no reconocía.

—¿Segura?

—Más fuerte, Pau. Joder, más fuerte.

Aumentó el ritmo. La cama crujía. Los cojines caían al suelo. Él me tomó de los pechos, por encima del vestido, amasándolos con una rudeza que me hizo gemir más alto. Luego me giró. Me puso a cuatro patas sobre la cama, con la cara enterrada en la almohada, y me penetró desde atrás. Esta vez fue más profundo. Cada embestida hacía que mi cuerpo se deslizara hacia delante sobre las sábanas. Sus manos se clavaron en mis caderas, sus uñas dejaron marcas que sabía que vería al día siguiente en el espejo.

—Tócate —ordenó—. Tócate mientras te follo.

Llevé una mano entre mis piernas. Encontré mi clítoris, hinchado, expuesto. Lo froté al ritmo de sus embestidas. El placer se triplicó. Era una sensación abrumadora, una presión que crecía desde mi interior y mi exterior al mismo tiempo. Pau aceleró. Sus embestidas se volvieron más cortas, más desesperadas. Sentí que se acercaba, que su cuerpo se tensaba, que su respiración se cortaba.

—Me voy a correr —avisó.

—Dentro. Quiero sentirlo.

—El condón...

—Dentro, Pau. Por favor.

Él gruñó. Se quedó inmóvil, clavado en mí, y soltó un gemido largo, gutural. Sentí las pulsaciones a través del látex fino, cada descarga que lo sacudía, cada espasmo que lo doblaba sobre mi espalda. Yo seguí frotándome, y cuando el segundo orgasmo me golpeó, fue con la misma violencia del primero. Contraje alrededor de él, con espasmos que parecían no terminar, mientras gritaba en la almohada, con la voz ronca, con el cuerpo convulsionando bajo el suyo.

Cuando terminamos, nos derrumbamos sobre la cama. Él se apartó despacio, saliendo de mí con una pérdida que ambos sentimos. Se quitó el condón con torpeza, lo anudó, lo dejó en la mesa de noche. Yo me quedé boca arriba, con el vestido subido hasta el cuello, con las piernas abiertas, con el pelo pegado a la frente por el sudor. Olía a sexo, a lino arrugado, a nosotros.

Pau se tumbó a mi lado. Nos quedamos en silencio, mirando el techo, con las manos buscándose en la oscuridad hasta entrelazarse.

—Esto no cambia nada —dije al cabo de un rato.

—Lo sé.

—Tú sigues viviendo en Barcelona. Yo en Madrid. Tú tienes una hija. Yo tengo un divorcio que aún me duele. Los motivos siguen ahí.

—Lo sé —repitió.

—Entonces ¿por qué lo hemos hecho?

Pau se giró. Me miró. En sus ojos había una ternura que no esperaba, mezclada con una resignación adulta.

—Porque algunas cosas no se rompen, Irene. Se desgastan, se olvidan, se entierran. Pero no se rompen. Y cuando vuelves a tocarlas, descubres que siguen ahí, calientes, esperando.

No respondí. Me acerqué a él. Apoyé la cabeza en su hombro. Sentí su corazón, que ya volvía a la normalidad, y el mío, que aún latía con fuerza.

—No vamos a volver —dije.

—No.

—No vamos a intentarlo.

—No.

—Pero esta noche...

—Esta noche somos lo que éramos. Sin futuro. Sin promesas. Solo esto.

Asentí. Cerré los ojos. Pau me tapó con la sábana. Nos quedamos dormidos, creo, durante una hora. O dos. Cuando me desperté, eran las cuatro de la mañana. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando su rostro dormido. Tenía la boca entreabierta, la mano todavía en mi cadera.

Me levanté despacio. Busqué mis bragas en el suelo. Me las puse. Me bajé el vestido. Me peiné el pelo con los dedos. En el baño, me lavé la cara. Me miré al espejo. Tenía los labios hinchados, una marca roja en el cuello que el vestido no taparía, y una expresión que no recordaba haber visto en años. No era felicidad. Era algo más peligroso. Era paz.

Salí del baño. Pau seguía dormido. Fui a la puerta. La abrí despacio. Antes de salir, me giré. Lo miré. Y supe, con una certeza que me dolió en el pecho, que si me quedaba, si despertaba y le decía "vamos a intentarlo", acabaríamos destruyéndonos otra vez. Porque los motivos seguían ahí. Porque ninguno de los dos había cambiado lo suficiente.

Cerré la puerta sin hacer ruido. Bajé por la escalera, porque el ascensor me parecía una trampa. En el pasillo del segundo piso, me crucé con un camarero que llevaba una bandeja de desayunos. Me sonrió. Yo le devolví la sonrisa. En mi habitación, la 214, me quité el vestido de lino arrugado y me metí en la ducha. El agua caliente me quemó la piel donde él me había tocado.

A las once, bajé a desayunar. Pau estaba en la terraza, con una taza de café y el móvil en la mano. Llevaba gafas de sol que no le había visto nunca. Me vio llegar. No se levantó. Solo asintió, con una inclinación de cabeza casi imperceptible. Yo asentí a mi vez. Cogí un café. Me senté en otra mesa, con la espalda hacia él. No hablamos. No nos acercamos.

A la una, subí al coche de alquiler. Olía aún a ambientador de pino. Conduje hacia Madrid con la ventanilla cerrada y el aire acondicionado a tope. En el retrovisor, el hotel se hizo pequeño, luego desapareció. Pero durante ciento cincuenta kilómetros, sentí el cosquilleo de sus uñas en mis caderas, el sabor de su boca, la frase que no dijo y que yo tampoco dije.

Ninguno de los dos había cambiado. Y por eso, exactamente por eso, no podíamos volver. Pero también por eso, esa noche había valido la pena. Porque a veces, lo que no se puede tener, se disfruta mejor cuando se sabe que se va a perder.

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