Subí a la azotea con una caja de libros que pesaba más de lo razonable. Era una tarde de junio en la que el aire acondicionado del portal llevaba tres días averiado y el ascensor olía a desinfectante barato y a algo peor que prefería no identificar. El casero me había dicho que en la azotea había un trastero compartido donde podía dejar cajas hasta que montara las estanterías. Mentira. En la azotea había cuatro macetas con tomates enfermos, una antena de televisión que nadie usaba, y una mujer sentada en un taburete bajo, lijando la puerta de un armario ropero antiguo.
No me oyó llegar. O fingió no oírme. Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño torpe sujeto con un lápiz de carpintero, un overol de trabajo abierto por la cintura, y una camiseta blanca de hombre manchada de pintura en los bordes. Tenía las piernas cruzadas bajo el taburete, los pies descalzos sobre el cemento caliente, y unas manos grandes que movían la lija con una paciencia que me hizo sentir agotada solo de mirarla.
—Perdona —dije, dejando la caja en el suelo con un ruido sordo—. Pensaba que estaría solo.
Levantó la vista. No se sobresaltó. Me evaluó con una calma que no pedía permiso, desde mis zapatos de tacón gastados hasta el traje de chaqueta azul marino que ya me apretaba en las axilas.
—Nunca estás solo en este edificio —dijo—. Hay cucarachas, el vecino del primero que escucha reguetón a las seis de la mañana, y yo. Soy Noa.
—Berta.
—El segundo B. Te he visto mudarte. Con el tipo de la furgoneta que te cobró por subir cada caja.
—Mi hermano.
—Parecía más mercenario que familiar.
Sonrió. No con toda la boca, solo con la comisura izquierda, que se alzaba más que la derecha. Tenía la nariz ancha, pecas que no se molestaba en disimular, y unas cejas gruesas que le daban un aire de alguien que ha decidido no depilarse por principios. Volvió a la lija. El sonido era áspero, regular, hipnótico.
—¿Puedo fumar aquí? —pregunté, más por cortesía que por duda.
—Puedes hacer lo que te dé la gana. Es azotea común. Aunque el reglamento dice que no. Pero el reglamento también dice que el ascensor debe funcionar y aquí estamos.
Saqué el paquete de tabaco que había comprado esa mañana después de dos años sin fumar. Una debilidad que me permití tras firmar los papeles de la separación. Noa dejó la lija sobre el mueble. Se levantó. Se acercó. Me pidió un cigarro con un gesto de dos dedos. Se lo di. Se quedó muy cerca mientras yo buscaba el mechero en el bolso. Olía a trementina, a jabón de marsella, y a sudor seco que no era desagradable. Cuando encendí la llama, ella se inclinó. El mechero iluminó su cara desde abajo, dibujando sombras en sus pómulos, en su boca. Sus ojos, oscuros, me miraron directamente a través de la llama. No apartó la vista. Sostuvo el cigarro entre los labios, inspiró, y se enderezó.
—¿Recién separada? —preguntó, exhalando el humo hacia un lado.
—¿Se nota?
—Se nota en la forma en que miras el edificio como si te debiera algo. En el traje de entrevista de trabajo que llevas puesto un sábado. Y en que has comprado tabaco de liar, no de máquina. Eso es autodestrucción con esfuerzo. Solo lo hacen quienes están en proceso.
—Llevo quince años casada. Bueno, llevaba.
—¿Y ahora qué llevas?
—Un piso de sesenta metros, una hija que me visita los fines de semana, y una lavadora que no centrifuga.
Noa rio. Fue una carcajada breve, áspera, que le hizo doblarse ligeramente. Apagó el cigarro contra la pared, guardó la mitad en el bolsillo del overol, y volvió al taburete.
—Yo llevo doce años en este ático. Sin pareja, sin hijos, sin lavadora propia porque comparto la del patio con la vecina del tercero y me cobra por uso. Pero tengo luz hasta las diez de la noche y nadie me pregunta dónde he estado.
—Suena como un paraíso.
—Suena como lo que es: un sitio donde no te juzgan. Bienvenida al edificio, Berta.
Recogió la lija. Yo me quedé allí, con el cigarro encendido en la mano, mirando cómo movía el brazo con un ritmo que parecía meditación. El sol de la tarde caía sobre sus hombros, sobre la curva de su espalda bajo la camiseta blanca. Bajé la vista. Apagué el cigarro. Cogí la caja de libros y la dejé junto a la puerta del trastero, que no cerraba bien. Cuando me fui, Noa no levantó la cabeza. Pero sonrió otra vez, con esa comisura torcida, como si supiera algo que yo todavía ignoraba.
El ascensor llevaba una semana con un cartel de "AVERIADO. EN REPARACIÓN." que alguien había escrito con rotulador permanente sobre una hoja de papel arrancada de un cuaderno. Subía las escaleras con las bolsas del súper, jurando en voz baja, con el traje de chaqueta puesto porque había vuelto de una reunión con el abogado. En el rellano del primer piso, me crucé con ella.
Noa bajaba con un saco de arena para gatos sobre el hombro, el overol abierto por la cintura, una camiseta gris debajo, y unas zapatillas de lona rotas. El saco debía de pesar. Tenía una vena marcada en la frente, el pelo suelto ahora, cayéndole por la cara en una melena oscura que le llegaba a los hombros. Se detuvo al verme.
—Déjame —dijo, dejando el saco en el suelo con un ruido seco—. Te ayudo.
—No hace falta.
—Hace falta. Pareces a punto de soltar una bolsa y matar a alguien en el descansillo.
Cogió dos bolsas de las de plástico que yo llevaba en la mano izquierda. Subimos juntas. El hueco de la escalera era estrecho, con olor a humedad y a fritura de alguna cocina vecina. Sus codos rozaban los míos en cada giro. En el rellano del segundo, dejó las bolsas en el felpudo de mi puerta.
—Gracias —dije, buscando las llaves.
—¿Tienes café?
La pregunta me pilló con la llave a mitad de la cerradura.
—¿Perdón?
—Café. Negro. Si lo tienes, me quedo cinco minutos. Si no, me voy y nos seguiremos saludando en la escalera durante los próximos diez años.
Abrí la puerta. Mi piso era un campo de batalla doméstico: cajas sin deshacer en el pasillo, una lámpara de pie sin pantalla, una nevera que solo contenía cervezas, yogures caducados y un limón que se estaba poniendo verde de moho. Noa entró sin invitación expresa. Se sentó en una caja de cartón marcada con "COCINA" y miró alrededor con una curiosidad que no juzgaba.
—Desastre controlado —dijo.
—Desastre sin controlar. No encuentro las tazas.
—Tazas de cartón valen.
Preparé café en dos vasos de papel que había traído del trabajo. Se lo ofrecí. Lo cogió con ambas manos, soplando antes de beber. Yo me quité la chaqueta, la colgué en una percha que colgaba de una bombilla, y me senté en otra caja, frente a ella.
—¿Cómo va lo de la separación? —preguntó.
—¿Siempre eres así de directa?
—Solo con la gente que me cae bien. Con la que me cae mal, soy educada.
—No me caigo bien a mí misma últimamente.
—Eso es normal. Dura unos seis meses. Luego empiezas a odiar al otro y te sientes mejor.
Bebió. Yo observé sus manos sobre el vaso de cartón. Tenía las uñas cortas, con restos de pintura blanca en las cutículas. Una cicatriz fina cruzaba el nudillo del dedo corazón. Movía el pulgar en círculos sobre el papel, una pequeña inquietud que contrastaba con su aparience calmada.
—¿Te duele? —pregunté, señalando la cicatriz.
—Una lija rebelde. Me pasó el mes pasado. No duele ya.
—Yo tengo una en la rodilla. De una caída en bicicleta cuando tenía doce años.
—Enséñala.
Me quedé paralizada. Fue una petición absurda, íntima, fuera de lugar. Pero el tono de Noa no era provocador. Era práctico, como si las cicatrices fueran mapas que había que comparar. Me levanté. Me subí la falda del traje hasta la rodilla. La cicatriz era blanca, pálida, en forma de media luna. Noa se inclinó. No tocó. Solo miró. Su aliento rozó mi piel a escasos centímetros.
—Bonita —dijo—. Parece una boca pequeña.
Se enderezó. Nuestros ojos se encontraron. Yo todavía tenía la falda subida. Noa no apartó la vista. Yo bajé la tela despacio, con un movimiento torpe. Me senté. El silencio se extendió, no incómodo, pero cargado de algo que no sabía nombrar.
—Deberías pintar las paredes —dijo Noa de repente—. Este color amarillo enfermizo no te va.
—No sé pintar.
—Yo sí. Te ayudo. Un sábado. A cambio de que me invites a cenar después.
—Vale.
Se levantó. Dejó el vaso vacío sobre una caja de libros. Se acercó a la puerta. Se giró.
—Berta.
—¿Sí?
—Hueles a oficina. A tinta de impresora y a miedo. Deberías oler a otras cosas.
Salió. Cerró la puerta sin portazo. Yo me quedé sentada en la caja de cartón, con el vaso de café frío en las manos, oliéndome la muñeca como una idiota. No olía a nada. O quizá olía a lo que ella decía.
El sábado llegó con una tormenta de verano que no refrescaba, solo convertía el aire en vapor. Noa subió a las diez de la mañana con una caja de herramientas, dos botes de pintura azul grisáceo, y unos pantalones cortos de trabajo que dejaban ver las rodillas raspadas y los gemelos fuertes. Yo llevaba unos vaqueros viejos y una camiseta de tirantes que había encontrado en una caja marcada "VERANO 2009".
Pintamos el salón. O mejor dicho, Noa pintó y yo intenté no manchar el suelo de parqué. Ella subía y bajaba de la escalera de aluminio con una agilidad que me mareaba. Yo le pasaba los botes, los rodillos, sosteniendo la escalera cuando ella se inclinaba hacia el techo. Desde abajo, veía sus muslos tensos, la curva de su cadera bajo los pantalones cortos, la piel de su espalda que se asomaba por debajo de la camiseta cuando se estiraba.
—¿Miras algo en concreto? —preguntó, sin bajar la vista.
—Miro que no te caigas.
—Mentira. Me estás mirando el culo.
El rodillo se detuvo. Yo sentí que el rubor me subía por el cuello, una reacción traicionera que no podía controlar.
—Perdona —dije.
—No pidas perdón. Es mi culo. Si me molestara, lo cubriría.
Siguió pintando. Yo me quedé abajo, con la escalera en las manos, preguntándome por qué no me había enfadado. Por qué no había dicho "qué te crees". Por qué, en cambio, sentía una punzada en el estómago que no tenía nada que ver con la vergüenza.
A la una paramos. El salón olía a pintura fresca y a sudor. Noa se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared recién pintada, y abrió una cerveza que había traído en una nevera portátil. Me ofreció una. Acepté. Nos sentamos en el suelo, con las piernas estiradas, casi tocándonos.
—¿Te arrepientes? —preguntó.
—¿De qué?
—De haberte separado. De estar aquí, en este piso, con una desconocida que te acaba de pillar mirándole el culo.
—No me arrepiento de separarme. Me arrepiento de no haberlo hecho antes.
—¿Y de lo otro?
—De lo otro no sé qué sentir.
Noa giró la cabeza hacia mí. Estaba muy cerca. Podía ver las motas doradas en sus ojos oscuros, la gota de sudor que le caía por la sien, el pequeño lunar en la comisura de la mandíbula.
—¿Nunca has sentido curiosidad? —preguntó.
—¿Por qué?
—Por las cosas que no has probado. Por los cuerpos que no has tocado.
—He tocado bastantes cuerpos. Estuve casada quince años.
—Tocar un cuerpo de hombre no es tocar todos los cuerpos. Es tocar una opción. Hay otras.
—Noa...
—No te asustes. No te estoy proponiendo nada. Solo te pregunto si alguna vez has mirado a una mujer y has pensado: quiero saber cómo sabe.
No respondí. Porque la respuesta era sí. Había sido en el gimnasio, hacía años, viendo a una monitora estirarse. Había sido en una playa, observando a una mujer aplicar crema solar en los hombros de su amiga. Había sido en el espejo del probador de una tienda, cuando la dependienta me abrochó un vestido por detrás y sus dedos rozaron mi nuca. Pero nunca le había dado nombre. Nunca había dejado que la idea creciera más allá de un destello.
—No pasa nada si la respuesta es no —dijo Noa, volviendo a su cerveza.
—No es no —dije, tan bajo que casi no me oí.
Noa se qued quieta. Luego terminó su cerveza de un trago. Se levantó. Recogió sus cosas con una eficiencia que me dejó desorientada.
—La pintura necesita cuatro horas para secar. No toques las paredes. Y Berta...
—¿Sí?
—Cuando sepas qué es, avísame. Me gusta la gente que sabe lo que siente.
Se fue. Dejó la caja de herramientas olvidada en un rincón. Yo me quedé en el suelo de mi salón nuevo, con la cerveza caliente en la mano, mirando la pared azul grisácea y sintiendo que algo se había agrietado en mi interior, algo que no sabía si quería reparar.
El timbre sonó el miércoles siguiente, a las nueve de la noche. Yo estaba en pijama, viendo un documental sobre ballenas que no me interesaba, con una taza de té en las manos. Abrí la puerta. Noa estaba allí, con un jersey de lana gris que le quedaba grande, unos leggings negros, y el pelo mojado de la ducha. Tenía una caja de cartón en las manos.
—He traído la caja de herramientas. Y he traído esto —dijo, levantando la caja—. Tarta de queso. La he hecho yo. Bueno, la he intentado. Puede ser un ladrillo camuflado.
—Entra.
Entró. Esta vez el piso estaba más ordenado. Había colgado cortinas. Había una planta en la ventana que había comprado en el súper, aunque ya se le caían las hojas. Noa dejó la tarta en la mesa de la cocina. Se quitó los zapatos. Se quedó en calcetines gruesos, mirando alrededor.
—Huele mejor —dijo.
—He comprado velas. De vainilla. Para tapar el olor a pintura.
—No huele a vainilla. Huele a ti.
Fue a la cocina. Abrió los cajones hasta encontrar los cuchillos. Cortó la tarta con torpeza. La sirvió en dos platos que yo había lavado esa mañana. Nos sentamos en el sofá, que ya no estaba cubierto de cajas, aunque el tapizado seguía siendo feo. Comimos en silencio. La tarta estaba densa, demasiado azucarada, con un borde quemado.
—Está buena —mentí.
—Está horrible. Pero gracias por mentir.
Noa dejó el plato en la mesa. Se giró hacia mí. Estaba a medio metro, con una pierna doblada bajo el cuerpo, la otra colgando del sofá. La luz de la lámpara de pie la iluminaba desde un lado, dibujando sombras en su rostro.
—¿Ya sabes? —preguntó.
—¿El qué?
—Lo de la otra noche. Lo que sientes.
—Noa, yo tengo cuarenta y tres años. He estado casada con un hombre desde los veinticinco. Tengo una hija. No es que... no es que no haya pensado en ello. Es que no sé si es real o si es una reacción a la separación. Una especie de rebeldía.
—¿Y si no es rebeldía? ¿Y si es simplemente que nunca te habías permitido mirar?
Se inclinó. No mucho. Solo lo suficiente para que su mano, la de la cicatriz en el nudillo, se posara sobre mi rodilla. A través del pijama de algodón, sentí el calor de su palma. No me moví. No aparté la mano. Ella apretó ligeramente, un gesto que no era sexual, o al menos no solo sexual. Era un ancla.
—No tienes que ser nada, Berta. No tienes que ser heterosexual, ni bisexual, ni ninguna etiqueta que no te venga bien. Solo tienes que decidir si quieres que te bese. Ahora. Aquí. Sin que signifique nada más que esto.
Mi corazón latía con una fuerza que me pareció ridícula. Era un timbre antiguo, un órgano que se negaba a modernizarse. Miré la mano de Noa en mi rodilla. Miré su cara, sus ojos que no parpadearon, su boca que esperaba.
—Sí —dije.
Noa se acercó. No fue un movimiento brusco. Fue una inclinación lenta, como cuando inclinas un vaso para verter el agua. Sus labios tocaron los míos. Eran más suaves de lo que esperaba, y más fríos. No abrió la boca de inmediato. Fue un beso cerrado, largo, que sabía a tarta de queso y a algo más profundo. Luego, cuando yo no me aparté, cuando en cambio incliné la cabeza para encontrar mejor su boca, ella abrió los labios. Su lengua entró con una lentitud que me desarmó. No exigía. Exploraba.
Mis manos fueron a su jersey. Lo agarré por los bordes, tirando sin fuerza, sin saber si quería acercarla o apartarla. Ella lo interpretó como invitación. Se subió al sofá, a horcajadas sobre mí, con las rodillas a ambos lados de mis caderas. El beso se hizo más profundo. Su cuerpo, delgado pero sólido, se apoyó contra el mío. Sentí sus pechos contra mi pecho, una suavidad diferente, una presión que no reconocía. Sus manos subieron por mi cuello, se enredaron en mi pelo, tiraron suavemente hacia atrás para exponer mi garganta. Me besó el cuello. Luego la clavícula. Luego el hueco donde el pijama se abría.
—¿Quieres parar? —preguntó, con la voz ronca.
—No.
—Di mi nombre.
—Noa.
—Otra vez.
—Noa.
Me levantó del sofá. Me tomó de la mano y me llevó al dormitorio. Mi cama era nueva, con sábanas blancas que había comprado en una rebaja. Noa me empujó suavemente hasta que caí sentada en el borde. Se quedó de pie frente a mí. Se quitó el jersey. Debajo no llevaba sujetador. Sus pechos eran pequeños, con pezones oscuros que se endurecieron al contacto con el aire. Yo los miré. Era la primera vez que veía un cuerpo femenino con intención, con permiso, con tiempo. Noa no se cubrió. Me dejó mirar.
—Tócame —dijo.
Levanté las manos. Temblaban. Puse las palmas sobre sus caderas, sobre el leggings negro. Subí despacio, sintiendo la curva de su cintura, la costilla que sobresalía ligeramente, la piel tibia. Cuando llegué a sus pechos, ella cerró los ojos. Los amasé con una torpeza que me avergonzó. Eran diferentes a los míos, más firmes, con una textura que no esperaba. Pellizqué un pezón entre el pulgar y el índice. Noa jadeó. Fue un sonido breve, casi un tic.
—Así —dijo—. Sin miedo.
La besé de nuevo. Esta vez yo fui la que inicié, la que tiró de ella hacia la cama. Caímos juntas sobre las sábanas blancas. Noa se puso encima de mí, separando mis piernas con una rodilla. Su muslo presionó contra mi entrepierna, a través del pijama, y yo gemí. Fue un sonido que no reconocí, agudo, vulnerable. Noa se apartó un poco. Me miró a los ojos.
—Te gusta —dijo. No preguntó.
Asentí. Ella bajó la cabeza. Me besó el vientre, subiendo la camiseta del pijama con la barbilla. Llegó a mis pechos. Tomó uno en la boca, succionando con una fuerza que me hizo arquear la espalda. Con la otra mano, pellizcó el otro pezón. Yo agarré las sábanas con ambas manos, con los ojos cerrados, sintiendo una electricidad que bajaba directa entre mis piernas.
Noa siguió bajando. Me quitó los pantalones del pijama de un tirón. Quedé en bragas, simples, de algodón. Ella las besó por encima de la tela. Luego las bajó, despacio, besando cada centímetro de piel que iba descubriendo. Cuando llegó a mi sexo, dudó. No por timidez. Por teatro. Me miró, con la boca a centímetros de mí, y sonrió.
—Hueles a jabón de glicerina —dijo.
—Me he duchado.
—No. Hueles a ti. Y yo llevo semanas queriendo saber cómo sabes.
Extendió la lengua. Fue un contacto breve, una fricción larga desde la entrada hasta el clítoris. Mi cuerpo se convulsionó. Ella lo hizo de nuevo. Y otra vez. Luego se instaló, con la boca completa sobre mí, succionando con un ritmo que no era regular, que variaba, que me mantenía en un borde constante. Metió dos dedos dentro de mí, curvándolos, buscando. Cuando encontró el punto, cuando presionó mientras su lengua giraba alrededor de mi clítoris, exploté.
El orgasmo fue una ola que no pedía permiso. Contraje alrededor de sus dedos, con espasmos que subían desde mi base hasta mi garganta. Grité. No me contuve. Grité con una voz que no sabía que tenía, ronca, desgarrada. Noa no se apartó. Siguió lamiendo, más suave ahora, prolongando cada pulsación hasta que tuve que empujarla, sobresaltada, porque la sensibilidad era insoportable.
Se incorporó. Se limpió la boca con el dorso de la mano. Se quitó los leggings. No llevaba bragas. Su sexo estaba afeitado, con los labios hinchados y brillantes. Se subió a la cama, a horcajadas sobre mi torso, ofreciéndose. Me tomó de la mano y me guio hacia ella.
—Tócame —dijo otra vez.
Levanté la mano. Temblaba aún. Toqué sus labios, húmedos, cálidos. Separé con dos dedos, sintiendo la humedad, la suavidad interna. Ella se frotó contra mi mano, dictando el ritmo. Luego se inclinó, apoyando las manos en la cabecera de la cama, y se posicionó sobre mi boca.
—Lámame —ordenó.
Obedecí. Extendí la lengua, probando. Sabía diferente a mí, más ácido, más intenso. Lamí de abajo arriba, separando sus pliegues con la punta de la lengua. Ella se movió sobre mí, frotándose contra mi boca, usando mi cara para su propio placer. Yo la agarré por las caderas, tirando de ella hacia mí, queriendo más profundo, más cerca. Ella jadeó, con la cabeza echada hacia atrás, con los pechos rebotando ligeramente con cada movimiento.
—Joder, Berta —gruñó—. Justo ahí. No pares.
No paré. Introduje la lengua dentro de ella, moviéndola con una urgencia que venía de algún lugar instintivo. Con una mano, me toqué a mí misma, frotándome al ritmo de su movimiento sobre mi boca. Ella se corrió de repente, sin aviso. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de mi lengua, con espasmos violentos que la hicieron gritar. Se derrumbó hacia delante, apoyando las manos en la pared, jadeando.
Nos quedamos así. Ella encima de mí, yo debajo, con su sabor en la boca y mi propia humedad en los dedos. Luego Noa se giró. Se tumjó a mi lado, con la cabeza en mi hombro, con una mano en mi vientre.
—¿Bien? —preguntó, con la voz rota.
—No sé —dije, y era verdad.
—¿Quieres que me vaya?
—No.
—¿Quieres que me quede?
—Sí.
Durmió en mi cama esa noche. Y la siguiente. Y la del viernes. No hablamos de etiquetas. No hablamos de orientación. Hablamos de quién hacía el café por la mañana, de si el tomate de la azotea necesitaba más agua, de si pintaríamos el dormitorio de verde. Hablamos de cosas que no tenían nada que ver con sexo, aunque el sexo estuviera siempre ahí, en cada mirada, en cada roce accidental en la cocina.
Una semana después, subí a la azotea con dos cervezas. Noa estaba lijando otro mueble. Dejé una cerveza a su lado. Me senté en el suelo, con las piernas cruzadas, mirando el cielo gris de Madrid.
—He pensado en lo que dijiste —dije.
—¿El qué?
—Que no tenía que ser nada. Que solo tenía que decidir si quería que me besaras.
—¿Y?
—Creo que quiero que me beses otra vez.
Noa dejó la lija. Se inclinó. Me besó. Fue un beso corto, dulce, que sabía a trementina y a cerveza.
—Eso es fácil —dijo—. Lo difícil es que me dejes quedarme.
—Puedes quedarte —respondí.
Y se quedó.
