El avión aún no había despegado y yo ya estaba sudando. No era el calor de la cabina, que el capitán mantenía en una temperatura hospitalaria, sino la certeza de que había cometido un error al subirme a ese vuelo con cuatro horas de retraso, con una resaca emocional de dos años de matrimonio muerto, y con un asiento en clase turista que olía a desinfectante barato y promesas incumplidas.
Treinta y nueve años. Abogada de familia en un bufete de Madrid donde la mediocridad se disfraza de prudencia. Separada desde hacía ocho meses, aunque el divorcio aún no estaba firmado porque mi exmarido, Javier, tenía la capacidad única de convertir cada trámite en una obra de teatro absurdo. Y allí estaba yo, rumbo a un congreso de derecho civil en Lisboa al que no quería ir, con una maleta que pesaba más que mi entusiasmo y un vestido negro que había elegido en cinco minutos porque, según mi hermana, necesitaba "sentirme deseable otra vez".
Lo cual era ridículo. No me sentía deseable. Me sentía cansada.
Apreté el cinturón de seguridad con más fuerza de la necesaria y saqué el móvil para ponerlo en modo avión. Diez minutos más tarde, cuando la azafata ya había explicado por segunda vez cómo abrocharse el chaleco salvavidas, una sombra se detuvo junto a mi fila.
—Perdona, creo que es el mío.
Levanté la vista. Y luego la levanté un poco más.
Era alto. Mucho más alto que la mayoría de los hombres que habitaban mi universo profesional, donde la estatura media rondaba el metro setenta y cinco con corbata a cuadros. Él debía rozar el metro noventa, con hombros que estiraban la tela de una camisa azul marino de cuello abierto, sin corbata, con las mangas remangadas hasta los antebrazos. Piel oscura, no el tono caramelo de los veranos mediterráneos, sino un negro profundo y uniforme que absorbía la luz de la cabina. El pelo corto, casi rapado, con una línea perfecta en las sienes. Y los ojos... los ojos eran de un marrón tan oscuro que parecían negros hasta que la luz los atravesaba por un segundo y revelaba algo más cálido, más peligroso.
—El veintitrés B —dijo, mostrando su billete con una mano grande, de dedos largos y uñas perfectamente cortadas.
Miré mi billete. Veintitrés A. Ventanilla. Él, pasillo. Separados por un reposabrazos de plástico gris y quince centímetros de espacio personal que, de repente, parecían una broma cruel.
—Claro —murmuré, guardando el móvil.
Se sentó con una economía de movimientos que sugería que había hecho eso miles de veces. El asiento gemió ligeramente bajo su peso. No era corpulento, pero tenía una presencia física que ocupaba más espacio del que le correspondía. Olía a algo cítrico y amaderado, una colonia que no reconocí y que, por alguna razón, me hizo pensar en noches de verano en lugares donde no había estado nunca.
—Gracias —dijo, acomodando una bolsa de viaje de cuero marrón bajo el asiento de delante. Su voz era grave, con un acento que no supe identificar de inmediato. No era español. Quizá francés, quizá algo más allá.
Asentí y miré por la ventanilla, fingiendo interés en las luces del aeropuerto de Barajas. No quería conversación. Quería las tres horas de vuelo, una copa de vino barato, y dormir hasta Lisboa. Querida abogada de familia en fuga. Qué patético.
El avión comenzó a rodar hacia la pista. Él sacó un libro de su bolsa. Lo vi por el rabillo del ojo. The Fire Next Time, de James Baldwin. En inglés. Tapas gastadas, páginas dobladas en las esquinas. Un libro leído de verdad, no exhibido.
—Baldwin —dije, antes de poder contenerme.
Me miró. Y esa fue la primera vez que nuestras miradas se cruzaron con intención. No fue un simple intercambio de cortesía. Fue algo que duró una fracción de segundo de más, algo que me hizo bajar la vista hacia mis manos, que de repente parecían inútiles sobre mi regazo.
—¿Lo conoces? —preguntó.
—Lo estudié en la universidad. Hace mucho tiempo.
—Nunca es demasiado tarde para volver a él.
Sonrió. No era una sonrisa de anuncio de dentífrico. Era asimétrica, con un lado de la boca que se alzaba más que el otro, y le arrugaba la comisura del ojo izquierdo. Me hizo sentir, absurdamente, que había dicho algo inteligente cuando en realidad no había dicho nada.
—Soy Daniel —dijo, extendiendo la mano.
La tomé. Su piel era cálida, ligeramente áspera en la base de los dedos. Mi mano, blanca, de uñas pintadas de un rojo oscuro que ya se estaba descascarando, desapareció dentro de la suya. El contacto duró un segundo más de lo estrictamente necesario.
—Elena.
—Elena —repitió, como probando el sabor. Asintió una vez, como si mi nombre hubiera pasado algún tipo de prueba invisible, y volvió a su libro.
El avión aceleró. Nos inclinamos hacia atrás. Madrid se convirtió en un mosaico de luces amarillas bajo nosotros, y yo me quedé mirando fijamente el reposabrazos que nos separaba, consciente de que algo había cambiado, aunque no supiera qué. Ni por qué me importaba.
La primera hora de vuelo transcurrió en un silencio que no era incómodo, pero tampoco era indiferente. Daniel leía. Yo fingía leer un informe del congreso en mi tablet, aunque no retenía una sola palabra. Cada vez que él giraba una página, yo notaba el movimiento en mi peripheral. Cada vez que se ajustaba en el asiento, el roce de su brazo contra el mío —siempre breve, siempre accidental— me hacía tensar los hombros.
Pedí una Coca-Cola Light. Él pidió un whisky doble, sin hielo, en español perfecto pero con esa entonación que ahora identifiqué como francés. Había vivido en París, supuse. O quizá era de allí.
—¿Vas a Lisboa por trabajo? —preguntó, de repente, cuando la azafata se alejó.
—Un congreso. Abogada.
—¿De familia?
Me sorprendió que hubiera deducido el campo. La mayoría de la gente asumía penal o mercantil.
—¿Cómo lo sabes?
—Tienes cara de alguien que ha visto demasiadas rupturas. —Dio un sorbo a su whisky, sin apartar los ojos de mí—. Yo soy arquitecto. Restauración de edificios históricos. Estoy yendo a ver una iglesia del siglo XVI que se está cayendo a pedazos. Mi cliente quiere convertirla en un hotel boutique. Yo quiero convencerlo de que eso sería un crimen.
—Suena... apasionante.
—Lo es. A veces. Otras veces es discutir con gente que cree que el patrimonio es un obstáculo para el beneficio.
Hablamos durante veinte minutos. De arquitectura, de leyes de urbanismo, de la imposibilidad de comer bien en un aeropuerto. Era fácil hablar con él. Demasiado fácil. Tenía una forma de escuchar que hacía que uno quisiera seguir hablando, de hacer preguntas que no eran obvias, de reír con una especie de ronquido bajo que vibraba en su pecho y que, por alguna razón, me hacía sentir calor en el cuello.
Cuando el capitán anunció turbulencias y encendió la señal de abrocharse los cinturones, yo ya estaba tan absorta en la conversación que ni siquiera me asusté.
—¿Y tú? —pregunté, cuando el avión dio un bote y las luces parpadearon—. ¿Vives en Madrid?
—Vivo en París. Pero paso mucho tiempo en España. Mi madre es senegalesa, mi padre francés. Crecí entre Dakar y París, y ahora... bueno, ahora voy donde me contratan. —Se encogió de hombros, una contracción elegante de músculos bajo la camisa—. ¿Y tú? ¿Eres de Madrid?
—Nací en Valencia. Me mudé hace doce años. Por amor —añadí, y la palabra sonó extraña en mi boca, como un hueso que no encajaba—. Bueno, por lo que entonces creía que era amor.
No sé por qué lo dije. No era de las que confiesan su vida sentimental a desconocidos en aviones. Pero algo en la forma en que me miraba, con atención total, sin esa prisa sutil con la que la gente escucha para poder responder, me hizo sentir que podía decirlo.
—¿Y ahora? —preguntó, suavemente.
—Ahora estoy separada. El divorcio está en trámite. —Miré mis manos, donde aún llevaba la alianza, un círculo de oro que se había convertido en un hábito más que en una promesa—. Hace ocho meses.
—¿Te arrepientes?
—De la separación, no. De haber perdido tanto tiempo fingiendo, sí.
El avión dio otro bote, más fuerte esta vez. Las luces se apagaron por un segundo y volvieron. Daniel no se inmutó. Siguió mirándome con esa intensidad que ya empezaba a reconocer, esa que hacía que mi piel se sintiera demasiado ajustada a mis huesos.
—El arrepentimiento es un lujo —dijo—. Yo prefiero la curiosidad. ¿Hacia dónde vas ahora?
—No lo sé —respondí, y por primera vez en meses, fue verdad.
Las turbulencias empeoraron. El capitán pidió a la tripulación que se sentara y abrocharan los cinturones. Las bebidas quedaron suspendidas en carritos medio recogidos. El avión se convirtió en un tambor que alguien golpeaba sin ritmo.
A mi lado, Daniel cerró su libro y lo guardó. Cuando el avión se hundió en una corriente de aire inesperada, su mano se posó sobre el reposabrazos, a centímetros de la mía. No se movió. Yo tampoco.
—¿Te asusta volar? —preguntó.
—No. Me asusta perder el control.
Sonrió. Esa sonrisa torcida.
—Eso es volar, Elena. Perder el control y confiar en que las corrientes te sostendrán.
Otra sacudida. Esta vez, mi mano se deslizó involuntariamente y rozó la suya. El contacto fue eléctrico, literalmente; la electricidad estática del aire seco de la cabina, o algo más antiguo y primitivo. Retiré la mano de inmediato, sintiendo el calor de su piel como una marca.
—Perdona —murmuré.
—No hay nada que perdonar.
Pero sus ojos decían otra cosa. Sus ojos decían que había notado el contacto, que lo había buscado, que estaba esperando a ver si yo lo buscaba de nuevo.
No lo hice. Al menos, no entonces.
El avión se estabilizó después de lo que pareció una eternidad. La señal de los cinturones se apagó. La azafata pasó ofreciendo agua. Yo la pedí, con la garganta seca, y bebí en pequeños sorbos mientras miraba por la ventanilla la oscuridad absoluta fuera, interrumpida solo por las luces de otro avión a lo lejos, una estrella fugaz mecánica.
—¿Tienes hambre? —preguntó Daniel.
—¿Perdona?
—Tengo una tableta de chocolate negro en mi bolsa. El de este avión es incomible. —Se inclinó hacia delante, y su hombro rozó el mío. El olor a cítricos y madera se intensificó. Sacó una envoltura de papel arrugada y me la ofreció—. Setenta por ciento cacao. Lo suficientemente amargo para ser honesto.
Tomé un trozo. Nuestros dedos se rozaron al entregarlo. El chocolate era intenso, con notas de café y algo ahumado. Lo dejé derretirse en mi lengua, consciente de que él me observaba.
—Bueno —dije.
—¿Solo bueno?
—Intenso.
—¿Te gusta lo intenso, Elena?
La pregunta colgó en el aire entre nosotros, inocente en su formulación, cargada en su entrega. No era una insinuación grosera. Era una pregunta genuina, como si mi respuesta realmente importara, como si estuviera recopilando datos sobre mí, pieza por pieza.
—Depende —respondí, y mi voz sonó más baja de lo que pretendía—. Depende de si puedo controlar la intensidad.
—Y si no puedes?
—Entonces depende de si confío en quien la genera.
Me miró durante un largo momento. El ruido del avión se convirtió en un zumbido lejano. Alguien tosió tres filas más atrás. Una azafata pasó con una bolsa de basura. Y en ese pequeño universo de asientos apretados y aire reciclado, algo pasó. Un reconocimiento. Una posibilidad que se abría como una puerta entreabierta.
—Confianza —repitió, como saboreando la palabra—. Eso es raro hoy en día.
—¿Tú confías fácilmente?
—No. Pero cuando lo hago, lo hago por completo.
Se inclinó un poco hacia mí, no mucho, apenas unos centímetros, pero suficiente para que su aliento me rozara la sien cuando habló.
—¿Sabes qué me dijo mi abuela senegalesa antes de morir? Dijo que el destino no se encuentra en los grandes momentos, sino en los pequeños desplazamientos. El asiento que eliges. El libro que sacas en un avión. La mano que no retiras cuando podrías haberlo hecho.
Mi corazón latió una vez, fuerte, contra mis costillas.
—¿Estás sugiriendo que esto es destino, Daniel?
—Estoy sugiriendo —dijo, volviendo a su posición original, pero dejando su brazo en el reposabrazos, tan cerca del mío que podía sentir el calor irradiando de su piel—. que a veces vale la pena prestar atención a los pequeños desplazamientos.
La conversación cambió después de eso. Se volvió más personal, más peligrosa. Me contó sobre su exnovia en París, una violinista que había elegido su carrera sobre él. Él me contó sobre su madre, sobre el racismo que había enfrentado en la escuela de arquitectura, sobre la soledad de vivir entre dos mundos sin pertenecer del todo a ninguno.
Yo le conté cosas que no le había contado a nadie. Sobre la noche en que supe que mi matrimonio había terminado, no por una traición espectacular, sino porque Javier me miró desde el otro lado de la mesa del comedor y yo no sentí nada. Ni rabia, ni tristeza, solo una indiferencia tan profunda que me asustó. Sobre los meses de terapia. Sobre el miedo a que mi mejor momento ya hubiera pasado, a que a los treinta y nueve años lo único que me esperara fuera una sucesión de días grises.
—Eso es absurdo —dijo Daniel, cuando el avión empezó su descenso hacia Lisboa—. Tienes treinta y nueve años. Es la edad en que empiezas a saber quién eres. Antes solo estabas ensayando.
—¿Y tú? ¿Quién eres?
—Alguien que está disfrutando demasiado esta conversación como para querer que termine.
El avión se inclinó. Yo me deslicé ligeramente hacia él, y su mano se movió, rápida y natural, para estabilizarme. Se posó en mi cadera, justo donde el cinturón de seguridad cruzaba mi cuerpo. Los dedos anchos, la palma cálida a través de la tela de mi vestido. No me aparté. Él no retiró la mano de inmediato. Nos quedamos así, en esa postura imposible, mientras el avión rectificaba y Lisboa aparecía bajo nosotros, un manto de luces doradas y blancas que se extendía hasta el océano negro.
Cuando la mano de Daniel se retiró, fue lenta, casi reluctante. Pero se fue.
—Perdona —dijo, y esta vez la palabra sonía diferente en su boca. No era una disculpa. Era una admisión.
—No pasa nada —respondí, y mi voz sonía extraña, ronca.
Aterrizamos con un suave chirriado de ruedas. Los pasajeros aplaudieron, como hacen siempre, ese ritual absurdo de gratitud por no haber muerto. Daniel y yo permanecimos en silencio mientras el avión rodaba hacia la terminal.
—¿Tienes hotel en Lisboa? —preguntó, desabrochándose el cinturón.
—Sí. Cerca del Rossio.
—Yo también. —Se quedó quieto un momento, con su bolsa de viaje en el regazo, mirándome con esa intensidad que ya había empezado a necesitar—. Elena, no sé cuál es el protocolo aquí. No sé si esto... —hizo un gesto vago entre nosotros—. si esto es solo una buena conversación en un avión, o si es algo más. Pero sé que no quiero que termine en la puerta de desembarque.
Mi corazón latía con fuerza en mi garganta. Podía decir que no. Podía sonreír, decir que había sido un placer, y perderme en la multitud del aeropuerto. Podía volver a mi habitación de hotel, a mi congreso de derecho civil, a mi vida de alianza vacía y noches de insomnio.
O podía...
—Hay un bar en mi hotel —dije, y la frase salió antes de que mi cerebro pudiera vetarla—. En la azotea. Dicen que tienen buen vino portugués.
Daniel sonrió. Esa sonrisa torcida que ya me había desarmado una docena de veces en tres horas.
—¿A qué hora?
—Diez. Después de que me dé una ducha y me quite el olor a avión.
—A las diez, entonces.
Se levantó para dejarme pasar. En el pasillo estrecho, nuestros cuerpos se rozaron. Su pecho contra mi hombro, su mano en mi cintura para guiarme, un contacto que duró una fracción de segundo más de lo necesario. Me estremecí. No pude evitarlo.
Cuando llegamos a la puerta de desembarque, nos separamos sin tocarnos. Pero cuando me volví, una vez en la terminal, él seguía allí, mirándome. Y sonrió.
El hotel era un edificio del siglo XVIII con azulejos azules en la fachada y un ascensor de hierro forjado que chirriaba como un animal herido. Mi habitación, en el tercer piso, tenía una cama con dosel, una ventana que daba a una calle empedrada, y un espejo de cuerpo entero en el baño que me mostró a una mujer con el pelo revuelto, los ojos demasiado brillantes, y una expresión que no reconocí de inmediato.
Era deseo. Puro, simple, aterrador.
Me duché con agua casi hirviendo, frotándome la piel con un jabón de lavanda que olía a nada en particular. Me puse el vestido negro de nuevo, pero esta vez sin medias, con la cremallera un poco más baja de lo que habría sido prudente. Me recogí el pelo en un moño desordenado, dejando algunos mechones sueltos en el cuello. Me pinté los labios de un rojo oscuro, casi borgoña, y me miré en el espejo.
Esto podría no pasar nada, me dije. Podría ser solo una copa de vino. Una conversación. Un recuerdo bonito.
Pero cuando bajé al ascensor y las puertas de hierro se abrieron en la planta baja, y vi a Daniel apoyado en la recepción con un vaso de algo ámbar en la mano, vestido con una camisa negra ahora, los primeros botones desabrochados, los antebrazos a la vista, supe que no sería solo una copa de vino.
Me vio antes de que yo pudiera hablar. Se enderezó, y sus ojos me recorrieron de arriba abajo con una lentitud deliberada que me hizo sentir desnuda aunque estuviera completamente vestida.
—Eres puntual —dijo.
—Soy abogada. La puntualidad es una enfermedad profesional.
—¿Y el vestido? ¿También es profesional?
—No —respondí, acercándome a él—. El vestido es personal.
El bar de la azotea estaba medio vacío. Un par de turistas alemanes en una esquina, un camarero aburrido que miraba su teléfono. La noche de Lisboa se extendía ante nosotros, con el Castelo de São Jorge iluminado en la colina y el río Tajo brillando bajo la luna como una cinta de plata rota.
Pedimos un vino tinto de la región de Alentejo. Daniel lo probó, hizo una mueca aprobatoria, y llenó mi copa hasta el borde.
—A los encuentros inesperados —dijo, levantando la suya.
—A los encuentros inesperados —repetí.
El vino era robusto, con taninos que dejaban la boca seca y un regusto a frutos del bosque. Bebimos en silencio durante un momento, mirando la ciudad. La distancia entre nosotros en la mesa redonda era de menos de un metro, pero parecía tanto y tan poco al mismo tiempo.
—¿Por qué arquitectura? —pregunté, rompiendo el silencio.
—Porque los edificios no mienten. —Se giró hacia mí, apoyando el codo en el respaldo de su silla—. Un edificio del siglo XVI te dice exactamente lo que era la gente que lo construyó. Sus miedos, sus creencias, su idea de la belleza. No puede fingir. No puede decir que está bien cuando se está cayendo. —Hizo una pausa, dando un sorbo a su vino—. Me gusta la honestidad estructural.
—¿Y las personas? ¿No te gusta la honestidad en las personas?
—En las personas es más complicada. La honestidad requiere vulnerabilidad, y la vulnerabilidad requiere confianza. Y la confianza... —me miró directamente a los ojos—. la confianza requiere tiempo. O algo que acelere el tiempo.
—¿Como qué?
—Como reconocer algo en alguien que no sabías que estabas buscando.
El vino me había calentado las mejillas. O quizá era su mirada. O quizá era la certeza, cada vez más clara, de que estábamos hablando de algo más grande que arquitectura y leyes.
—Daniel...
—Dime.
—No sé qué estoy haciendo aquí.
—Sí que lo sabes —dijo, suavemente—. Solo te da miedo admitirlo.
Se inclinó hacia delante. No mucho. Lo suficiente para que su mano, apoyada en la mesa, quedara a centímetros de la mía. Lo suficiente para que yo pudiera ver la textura de su piel en la luz tenue del bar, la forma en que la luna resaltaba los pómulos altos, la línea firme de su mandíbula.
—Tengo treinta y nueve años —dije, como si eso explicara algo.
—Y yo treinta y siete. ¿Eso importa?
—Importa que no hago esto. No conozco a alguien en un avión y... y...
—¿Y qué? —Su voz era un murmullo, una invitación—. ¿Y te sientes viva? ¿Y te arriesgas? ¿Y descubres que todavía puedes sentir algo que no sea resignación?
Su mano se movió. Un centímetro. Dos. Sus dedos rozaron los míos sobre la mesa. Un contacto mínimo, casi accidental. Pero no lo era. Y ambos lo sabíamos.
—Ven —dijo, levantándose de repente.
—¿Adónde?
—A ver algo.
Me tomó de la mano. No me dio tiempo a pensar, a dudar, a racionalizar. Me llevó a través de la puerta de emergencia del bar, que daba a una terraza inferior cerrada al público, con macetas vacías y sillas apiladas y una vista aún mejor de la ciudad. El aire de la noche era cálido, cargado de sal marina y jazmín de algún balcón cercano.
—Daniel, no deberíamos estar aquí.
—Lo sé —dijo, sin soltarme la mano—. Por eso estamos aquí.
Me empujó suavemente contra la barandilla de hierro forjado. No con fuerza. Con intención. Mis manos se aferraron al frío metal detrás de mí. Él se quedó a escasos centímetros, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, que podía oler su colonia mezclada con el vino y algo más elemental, algo que no tenía nombre.
—Dime que no quieres esto —dijo, y su voz era grave, ronca, completamente distinta a la del hombre educado del avión—. Dime que quieres volver a tu habitación, a tu congreso, a tu vida. Dime que esto es una locura, y me iré.
Lo miré. Realmente lo miré. Y vi todo lo que había estado negándome a ver. La fuerza contenida en sus hombros. La suavidad de su boca. La pregunta en sus ojos, que no era solo sobre sexo, sino sobre algo más profundo. Sobre si yo estaba dispuesta a ser honesta conmigo misma por primera vez en años.
—Es una locura —dije.
—¿Y?
—Y quiero que me beses.
No esperó. No pidió permiso de nuevo. Sus manos se posaron en mi cintura, anchas y firmes, y su boca encontró la mía con una precisión que me dejó sin aliento.
El beso no fue suave. Fue hambriento, como si ambos hubiéramos estado muriendo de sed y acabáramos de encontrar agua. Su lengua se deslizó entre mis labios, explorando, reclamando. Sus manos se deslizaron por mi espalda, bajando hasta la curva de mis caderas, apretándome contra él. Sentí su dureza contra mi vientre, y el conocimiento de que me deseaba, que me deseaba con esa urgencia, me hizo gemir contra su boca.
—Joder —murmuró él contra mi cuello, donde empezaba a dejar un rastro de besos que quemaban—. Llevaba tres horas queriendo hacer esto.
—¿Solo tres? —jadeé, arqueándome contra él.
—Desde que dijiste "Baldwin".
Su mano encontró la cremallera de mi vestido. La bajó lentamente, centímetro a centímetro, mientras su boca seguía su camino por mi clavícula, mi hombro, el valle entre mis pechos. Cuando la cremallera llegó a su fin, el vestido se abrió como una flor nocturna, y el aire fresco de la terraza besó mi piel.
—Eres hermosa —dijo, y no sonó a frase hecha. Sonó a revelación.
Me besó de nuevo, y esta vez sus manos se deslizaron por mi espalda desnuda, bajando por la curva de mis nalgas, levantándome ligeramente contra la barandilla. Envuelví mis piernas alrededor de su cintura, sintiendo la fuerza de sus muslos contra los míos, la dureza insistente de su erección justo donde más la necesitaba.
—Aquí no —dije, con la respiración entrecortada, consciente de que en cualquier momento podía aparecer alguien, un camarero, un vigilante—. No aquí.
—Tu habitación —dijo, y no era una pregunta.
—Sí.
El ascensor de hierro forjado nunca había subido tan despacio. Estábamos solos en esa jaula metálica que olía a aceite viejo y a promesas. Daniel me tenía contra la pared, una mano en mi cintura desnuda bajo el vestido abierto, la otra enterrada en mi pelo, deshaciendo el moño con dedos hábiles. Me besaba con una voracidad que me robaba el pensamiento, mientras su otra mano se deslizaba hacia arriba, rozando mi costilla, encontrando el borde de mi sujetador.
—Esto es una locura —repetí, porque necesitaba decirlo en voz alta, porque necesitaba que supiera que lo sabía.
—La mejor clase de locura —respondió, y su mano cerró sobre mi pecho, amasándolo con una firmeza que me hizo jadear.
La campana del ascensor sonó. Las puertas se abrieron. Salimos tambaleándonos por el pasillo, riendo en susurros, con mi vestido todavía medio abierto y el pelo cayéndome por los hombros. Saqué la llave de mi bolso con dedos torpes, la metí en la cerradura, y entramos.
La habitación estaba oscura, iluminada solo por la luz de la calle que se filtraba por las cortinas. Daniel cerró la puerta con el pie y me empujó contra ella, capturando mis manes sobre mi cabeza con una de las suyas. Con la otra, terminó de abrir mi vestido, dejándolo caer al suelo en un susurro de tela.
—Mírate —dijo, retrocediendo un paso para verme.
Me quedé allí, en la penumbra, con solo la ropa interior de encaje negro que había elegido esa mañana sin pensar, sin saber que alguien la vería. Me sentí expuesta, vulnerable, completamente viva. Y bajo su mirada, me sentí hermosa. No por cumplir un estándar, sino porque él me miraba como si fuera la única cosa en el mundo que mereciera su atención.
Se quitó la camisa. Lo hizo con la misma economía de movimientos que había mostrado en el avión, pero ahora cada gesto era cargado de erotismo. Su torso se reveló poco a poco: pectorales definidos, abdomen con líneas que desaparecían en el cinturón, piel oscura y perfecta que parecía absorber la luz. Tenía un tatuaje en el hombro izquierdo, algo geométrico y abstracto que no pude identificar en la penumbra.
—Ven aquí —dije, y mi voz sonía extranjera en mi propia boca, más profunda, más segura.
Se acercó. Lo tomé de la mano y lo llevé a la cama con dosel. Lo empujé para que se sentara en el borde, y me arrodillé entre sus piernas, desabrochándole el cinturón con dedos que ya no temblaban. Su erección se reveló contra su ropa interior, imponente, y sentí una punzada de anticipación mezclada con algo parecido al miedo. No por su tamaño, que era considerable, sino por lo que significaba. Por la frontera que estábamos a punto de cruzar.
Lo liberé. Su piel era oscura incluso allí, con una vena que palpitaba visible bajo mi tacto. Lo tomé con ambas manos, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre la dureza. Lo acaricié una vez, de base a punta, y Daniel dejó escapar un gemido bajo que vibró en su pecho.
—Elena...
—Shh —dije, y lo tomé en mi boca.
El sabor era salado, masculino, completamente nuevo. Lo recorrí con la lengua, desde la base hasta la punta, dibujando círculos alrededor del glande, succionando con una intensidad que me sorprendió a mí misma. Sus manos se aferraron a mi pelo, no guiándome, solo aferrándose, como si necesitara anclarse.
—Joder, Elena, si sigues así...
Me aparté, sonriendo, con los labios hinchados.
—¿Si sigo así, qué?
—Te voy a tomar aquí mismo, en el suelo, como un animal.
—Promesas, promesas —susurré, y me puse de pie.
Me quité el sujetador. Mis pechos, que habían amamantado a nadie, que se habían vuelto un poco menos firmes con los años, quedaron expuestos a su mirada. Daniel no miró con juicio. Miró con hambre. Se inclinó hacia delante y tomó un pezón en su boca, succionando con fuerza mientras su mano se cerraba sobre el otro, pellizcando, amasando. El placer fue directo, intenso, una línea eléctrica que conectaba mis pechos con mi centro.
—La tanga —ordenó, con una voz que no admitía discusión—. Quítatela.
Me bajé la ropa interior lentamente, consciente de cada segundo, de cada centímetro de piel que revelaba. Cuando estuve completamente desnuda ante él, me sentí poderosa. No porque estuviera desnuda, sino porque él estaba completamente vestido de cintura para abajo, y su mirada decía que habría dado cualquier cosa por estar donde estaba yo.
Se levantó. Me tomó en sus brazos con una facilidad que me cortó la respiración, y me depositó en la cama. Se quitó el resto de la ropa con movimientos urgentes, y entonces estuvo sobre mí, su cuerpo oscuro contra mi piel pálida, el contraste tan marcado que casi me hizo llorar de la belleza de ello.
—Dime que estás segura —dijo, posicionándose entre mis piernas, la punta de su erección rozando mi entrada.
—Estoy segura —respondí, y lo era. Más segura de lo que había estado de nada en años.
Entró en un solo movimiento, lento pero implacable. Me llenó por completo, estirándome, reclamándome. El dolor fue mínimo, una quemadura agradable que rápidamente se convirtió en algo más. Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto, respirando con dificultad, con la frente apoyada contra la mía.
—Eres increíble —murmuró.
—Muévete —pedí, arqueándome contra él—. Por favor, muévete.
Y se movió. Primero lento, con embestidas profundas y deliberadas que me hacían sentir cada centímetro de él. Luego más rápido, con un ritmo que encontró algo dentro de mí, un punto que hacía que mis ojos se cerraran y mi boca se abriera en gemidos que no podía controlar. Sus manos estaban por todas partes: en mis caderas, levantándome para encontrar un ángulo mejor; en mi pelo, tirando ligeramente; en mi boca, dejándome saborear mi propia excitación en sus dedos.
—Mírame —ordenó—. Mírame mientras te follo.
Abrí los ojos. Lo vi sobre mí, con los músculos de su cuello tensos, el sudor brillando en su piel oscura, sus ojos fijos en los míos con una intensidad que era casi violenta. Y en esa mirada vi todo: el deseo, la necesidad, la vulnerabilidad que escondía detrás de su fuerza. Vi a un hombre que me deseaba no como objeto, sino como compañera de esta locura. Como testigo. Como cómplice.
El orgasmo me tomó por sorpresa. No fue una acumulación gradual, sino una explosión repentina que irradió desde mi centro y se extendió por todo mi cuerpo en oleadas que me hicieron gritar, que me hicieron clavar las uñas en su espalda, que me hicieron perder el contacto con todo excepto con la sensación de él dentro de mí, con el peso de su cuerpo sobre el mío, con la certeza absoluta de que estaba viva.
—Eso es —gruñó él, sintiendo mis contracciones alrededor de él—. Eso es, ven para mí, Elena.
Me tomó de las caderas, me giró sobre el vientre, y volvió a entrar desde atrás, más profundo esta vez, con un ángulo que me hizo ver estrellas. Sus manos se cerraron sobre las mías, entrelazando nuestros dedos contra el colchón, mientras su ritmo se volvía desenfrenado, primal. El sonido de nuestras pieles chocando llenaba la habitación, mezclado con nuestras respiraciones entrecortadas y los gemidos que no podíamos contener.
—Voy a venirme —advirtió, con la voz estrangulada.
—Dentro —pedí, sorprendiéndome a mí misma—. Quiero sentirte.
Fue lo que necesitaba. Con un último empuje profundo que me hizo gritar de nuevo, se vació dentro de mí con un gemido largo y ronco que sonó casi como un dolor. Se derrumbó sobre mí, su peso aplastándome contra el colchón de una manera que no era incómoda, sino reconfortante. Estábamos unidos, literal y figurativamente, con el sudor pegando nuestras pieles, con nuestras respiraciones sincronizándose poco a poco.
Pasaron minutos. Quizá horas. El tiempo había dejado de tener sentido. Cuando finalmente se apartó, fue para rodar sobre su espalda y tomarme contra él, acunando mi cabeza en su hombro, con una mano dibujando círculos perezosos en mi espalda.
—Eso fue... —empecé, pero no encontré la palabra.
—¿Sí? —dijo, con una sonrisa en su voz.
—Inesperado.
Se rio. Esa risa ronca que ya amaba.
—¿Y ahora qué? —preguntó, después de un rato.
Miré por la ventana. Lisboa dormía bajo nosotros, indiferente a nuestra pequeña revolución. Pensé en mi congreso, en mi alianza de oro en algún cajón de mi casa en Madrid, en mi vida que se extendía ante mí como un mapa en blanco.
—Ahora —dije, apoyándome en un codo para mirarlo a la cara—. ahora duermo un poco. Y mañana... mañana desayunamos juntos. Y vemos si esto es solo una noche, o si es el principio de algo.
—¿Y si es solo una noche?
Entonces sonreí. La sonrisa más genuina que había sentido en años.
—Entonces será la mejor noche de mi vida. Y no me arrepentiré de nada.
Daniel me miró con algo que no supe identificar. Respeto, quizá. O algo más grande.
—Eres una mujer extraordinaria, Elena.
—Y tú —dije, besándolo suavemente—. eres un hombre que sabe escuchar. Y eso es mucho más raro de lo que crees.
Nos quedamos en silencio, mirando el techo, con las piernas entrelazadas y las manos buscándose en la oscuridad. Fuera, el primer indicio del amanecer empezaba a teñir el cielo de un gris perlado. Y por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo al día siguiente. No porque supiera lo que vendría, sino porque, después de años de dormirwalk por mi propia vida, había despertado.
Y el hombre que me había despertado, con sus manos grandes y su risa torcida y su amor por los edificios honestos, yacía a mi lado, respirando con la calma de quien ha encontrado algo que no sabía que buscaba.
No sabía si nos volveríamos a ver después de Lisboa. No sabía si esto era amor, o lujuria, o la alquimia mágica de una noche perfecta. Pero sabía una cosa con una certeza que me llegó hasta los huesos:
Nunca volvería a ser la misma.
Y esa era, exactamente, la idea.
Turbulencias
Nunca había deseado que un vuelo se retrasara.
