A los sesenta y un años, ya no esperaba que una desconocida me mirara como si yo fuera un libro que ella decidiera si leer o no.
Llevaba veinte minutos en el andén de Valencia-Joaquín Sorolla, con la chaqueta de tweed abrochada contra el viento húmedo de diciembre, cuando la vi. No la vi primero por su cara, sino por su forma de caminar: una urgencia contenida, como si el mundo entero le debiera cinco minutos. Llevaba un abrigo verde botella que le quedaba grande, el pelo castaño recogido en un moño torpe sujeto con lo que parecía un lápiz de carpintero, y unas botas de tacón bajo que hacían un ruido seco contra el hormigón. En una mano, una maleta de ruedas que no obedecía; en la otra, un teléfono que consultaba cada diez segundos.
Me aparté para dejarla pasar. Ella no me miró. No esperaba que lo hiciera. A esa edad, ya había aprendido la invisibilidad que otorgan las canas y las arrugas de expresión. No era una queja. Era un hecho, como la gravedad.
El tren nocturno a Madrid rechinó al entrar a la vía. Me subí al vagón doce, como indicaba mi billete, y encontré mi compartimento de cuatro plazas. Ya había un hombre joven con auriculares en el asiento de la ventanilla izquierda, absorto en una pantalla. Yo ocupé el de la derecha, lado pasillo, y saqué el libro que estaba traduciendo: una edición de Les Fleurs du Mal que me tenía atascado desde octubre. Las palabras de Baudelaire danzaban ante mis ojos, pero mi concentración había quedado en el andén, con el abrigo verde.
Ella entró al vagón cuando ya pitaba el cierre de puertas. Miró su billete, miró los asientos, y sus ojos —verdes, con un pequeño lunar en el párpado inferior izquierdo— se posaron en mí.
—¿El doce, asiento cuarenta y cuatro? —preguntó.
—El cuarenta y dos —respondí, señalando el de al lado—. El cuarenta y cuatro es el de la ventanilla, al otro lado.
—Mierda —dijo, sin dramatismo, como quien anota un dato meteorológico.
Se sentó enfrente de mí, en el asiento cuarenta y tres, dejando el cuarenta y cuatro libre. El joven de los auriculares ni siquiera levantó la vista. Ella guardó su maleta en el portaequipajes con un movimiento seco, se quitó el abrigo —debajo llevaba un vestido de lana gris que le llegaba a media rodilla— y se dejó caer en el asiento con un suspiro que sonó a rendición.
El tren se movió. Valencia empezó a deslizarse tras los cristales, una ciudad de luces anaranjadas y reflejos húmedos.
Saqué mis gafas de lectura y volví a Baudelaire. O eso fingí. Porque a los cinco minutos, ella habló.
—Esa edición es terrible —dijo.
Levanté la vista. Me miraba directamente, con una ceja arqueada y una media sonrisa que no sabía si era provocación o simple constatación.
—¿Perdona?
—La traducción de Espino. Es rígida. Le quita la sangre a los versos. —Señaló el libro con su barbilla—. "Tu risa me llena de alegría" no es Ton rire m'enchante. Es demasiado... educado.
Sentí un calor extraño en el pecho. No era solo que conociera el libro. Era que me había corregido sin pedir permiso, con la naturalidad de quien está acostumbrada a tener razón.
—¿Y tú cómo lo traducirías? —pregunté, cerrando el volumen.
Ella se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas. Tenía las manos pequeñas, con uñas cortas y pintadas de un color oscuro que no logré identificar. En el dorso de la izquierda, una pequeña mancha de pintura blanca, como si hubiera estado restaurando algo horas antes.
—"Tu risa me embruja" —dijo—. O "me hechiza". Algo que implique que no es una elección tuya sentirte bien. Que es una magia, una trampa.
—Eso suena peligroso.
—La poesía debería ser peligrosa. Si no lo es, es propaganda.
Me reí. Fue una risa genuina, que me salió de las tripas y me sorprendió a mí mismo. No recordaba cuándo había reído así la última vez, solo, con una desconocida, por algo que no fuera una anécdota de rigor social.
—Soy Martín —dije, extendiendo la mano.
—Lucía —respondió, estrechándola. Su mano estaba fría, ligeramente áspera en los dedos, de quien trabaja con objetos más que con personas—. Conservadora en el Museo de Bellas Artes de Valencia. O lo era hasta hace tres meses. Ahora soy una conservadora en tránsito, que suena a eufemismo de algo.
—¿A qué te dedicas tú? —preguntó, recostándose en su asiento.
—Traductor. Francés, principalmente. Algún inglés.
—¿Y vas a Madrid a traducir?
—Voy a Madrid a entregar un trabajo que debería haber terminado hace dos meses —admití, y no supe por qué lo hice—. Y a evitar la casa vacía, si te soy honesto.
Lucía me estudió un segundo. Fue una mirada de esas que pesan, que recorren la superficie y se adentran unos centímetros en lo que hay debajo. No me incomodó. Me desarmó.
—La casa vacía es la peor —dijo finalmente—. Yo vivo en una llena de muebles que no elegí y un marido que no me habla desde junio. Al menos el silencio de los objetos es honesto.
El tren aceleró. El paisaje se convirtió en una franja negra interrumpida por luces aisladas de pueblos que no veíamos. El joven de los auriculares se levantó, murmuró algo sobre el vagón restaurante, y desapareció por el pasillo. Quedamos solos en el compartimento.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Vas a Madrid por trabajo?
—Voy a Madrid a firmar papeles de divorcio —dijo, con la misma naturalidad con la que había corregido mi traducción—. Mañana por la mañana, en el juzgado de Plaza de Castilla. Llevo seis meses posponiéndolo. Hoy mi abogada me ha llamado y me ha dicho que si no firmaba mañana, mi marido se quedaba con el piso de Valencia. Así que aquí estoy. En un tren, con un desconocido, hablando de Baudelaire.
—Lo siento —dije, automáticamente.
—No lo sientas. Lo que siento yo es alivio. El problema es que el alivio también cansa.
Se quitó las botas. Lo hizo sin ceremonia, con un gemido de placer cuando sus pies quedaron libres, envueltos en unos calcetines gruesos de lana. Cruzó las piernas sobre el asiento, dejando ver un tobillo delgado y una cicatriz blanca en la rodilla, del tamaño de una uña.
—Accidente de bicicleta —dijo, notando mi mirada—. A los quince. Mi madre decía que me quedaría fea. Mi padre decía que le daba carácter. Mi padre tenía razón.
—Tienes razón en eso —dije, y luego me arrepentí de inmediato. Sonó a piropo de viejo verde, a cumplido de quiosquero.
Pero Lucía no se ofendió. Se rio. No fue una risa melodiosa de anuncio. Fue áspera, con un pequeño resoplido al final.
—Eres directo, Martín. Eso se agradece. La mayoría de los hombres de tu edad se vuelven diplomáticos hasta la náusea.
—¿Y eso es malo?
—Es aburrido.
La palabra flotó entre nosotros como una bandera. Aburrido. La sentenció con la contundencia de quien ha sufrido el aburrimiento en carne propia.
Saqué del bolsillo de mi chaqueta una petaca de plata que me había regalado mi hija cuando cumplí cincuenta. La abrí, bebí un trago de cognac, y se la ofrecí.
—¿Para el alivio cansado? —preguntó.
—Para la honestidad.
Tomó la petaca. Bebió sin titubear, dejando que el licor le quemara la garganta antes de devolvérmela. Sus labios dejaron una huella casi invisible en el metal. La guardé, consciente de que ahora llevaba algo de ella conmigo, aunque fuera molecular.
—¿Tienes hijos? —preguntó.
—Una. Marta. Tiene treinta años, vive en Berlín, diseña software y me llama los domingos para explicarme cosas que no entiendo. —Hice una pausa—. Mi mujer murió hace cinco años. Cáncer. Rápido.
Lucía dejó de masticar el chicle que no sabía que tenía. Su mandíbula se detuvo un segundo.
—Mierda —dijo otra vez. Esta vez la palabra sonó diferente. Más suave.
—Sí. Mierda.
—¿Y desde entonces?
—Desde entonces, traduzco. Camino. Como en un tren que no para donde debería, pero tampoco sé dónde bajarme.
Ella asintió, como si esa metáfora torpe le pareciera exacta. Y entonces hizo algo que no esperaba. Se levantó, cruzó el pasillo estrecho del compartimento, y se sentó a mi lado. No en el asiento cuarenta y cuatro, de enfrente. A mi lado, en el cuarenta y dos, dejando apenas quince centímetros entre su cadera y la mía.
—Desde aquí se ve mejor la luna —dijo, señalando la ventanilla.
Mentía. La luna estaba del otro lado del tren.
—Lucía —dije, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía.
—¿Sí, Martín?
—No sé qué estás haciendo.
—Yo tampoco —respondió, sin girarse—. Pero sé que no quiero seguir en el asiento de enfrente, contando los minutos hasta Madrid.
El tren entró en un túnel. Las luces del compartimento parpadearon una vez, dos, y se apagaron. La oscuridad fue total, un negro tan denso que no veía mi propia mano. El ruido del tren se amplificó, convirtiéndose en un rugido metálico que vibraba en los huesos.
Y entonces sentí su mano.
No fue un roce accidental. Fue una búsqueda deliberada. Sus dedos se deslizaron por el asiento de cuero sintético, encontraron mi muslo, y se posaron allí. Fríos al principio, luego cálidos a través de la tela de mis pantalones. No se movieron. Solo estaban. Afirmando algo que ninguno de los dos había dicho en voz alta.
Mi corazón latió con tal fuerza que temí que ella lo sintiera bajo su palma. Tenía sesenta y un años. Llevaba cinco sin tocar a una mujer que no fuera mi hija en un abrazo de despedida. Y una desconocida de treinta y nueve años tenía la mano en mi pierna, en la oscuridad de un túnel, como si fuera lo más natural del mundo.
Las luces del tren parpadearon y volvieron.
Lucía ya había retirado la mano. Estaba sentada exactamente como antes, mirando por la ventanilla, con una expresión serena que no correspondía con lo que acababa de pasar. Yo, en cambio, estaba jadeando como un adolescente. Sentí que mi cara ardía.
—El túnel de Buñol —dijo ella, como si nada—. Dura casi tres minutos. Siempre me ha dado miedo.
—¿Por eso me...?
—¿Por eso qué? —me miró, y en sus ojos había un desafío, una pregunta que no se atrevía a formular.
—Nada —dije, y odié mi cobardía de inmediato.
El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad. Lucía se levantó, caminó hasta el final del compartimento, y se quedó mirando por la ventanilla del pasillo. Tenía la espalda recta, los hombros tensos. Pensé que se arrepentía. Pensé que yo había arruinado algo que no sabía que tenía.
Pensé, sobre todo, que era un viejo estúpido que había interpretado mal una señal de miedo genuino.
Me levanté para ir al baño. Para alejarme. Para recuperar la dignidad que había dejado en el asiento cuarenta y dos. Pero cuando pasé a su lado, ella se giró. Y su mano —esa mano pequeña, con la mancha de pintura blanca— se cerró sobre mi muñeca.
—No te vayas —dijo. No era una súplica. Era una orden, pero pronunciada con una voz que temblaba apenas.
—Lucía, yo...
—Tengo treinta y nueve años, Martín. —Su agarre se intensificó—. He pasado los últimos quince con un hombre que me trataba como un mueble más del salón. Hoy he subido a este tren pensando que mi vida sexual había muerto junto con mi matrimonio. Y en veinte minutos contigo he sentido más deseo que en toda la última década. Así que, por favor, no te vayas. No todavía.
La miré. Realmente la miré. Vi las ojeras que intentaba disimular con maquillaje, la tensión en la mandíbula, el miedo que intentaba ocultar bajo la bravuconada. Vi una mujer que se arriesgaba a ser vulnerable con un desconocido, no porque yo fuera especial, sino porque ella necesitaba demostrarse a sí misma que todavía podía sentir.
Y yo, a mis sesenta y un años, necesitaba demostrarme que todavía podía ser deseado.
—No me voy —dije.
Ella soltó mi muñeca, pero no se apartó. Estábamos en el pasillo del vagón, entre los compartimentos. A ambos lados, puertas cerradas. Delante, la ventanilla que mostraba la noche española deslizándose a ciento cincuenta kilómetros por hora. Detrás, el vagón restaurante, casi vacío a esas horas.
—El revisor pasa cada cuarenta minutos —dijo ella, en voz baja—. La última vez fue hace veinticinco.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque le pedí agua. Y me miró como se mira a una mujer sola en un tren: con lástima mezclada con precaución.
Se acercó un paso. Su pecho casi rozaba el mío. Podía oler su perfume ahora, algo amaderado con un fondo de naranja amarga. No era el perfume de una joven. Era el de una mujer que sabía lo que quería.
—Martín —susurró—. No quiero que pienses que hago esto siempre. No soy... no busco esto en trenes. Pero hay algo en ti. En tu forma de escuchar. En que no me has mirado el escote ni una sola vez en media hora.
—Lo he mirado —confesé—. Solo que lo he hecho cuando tú no veías.
Se rio. Esa risa áspera de antes. Y entonces, con un movimiento que pareció costarle todo su valor, levantó la mano y posó su palma contra mi pecho, justo donde latía mi corazón.
—Estás temblando —dijo.
—Tú también.
—Es que tengo miedo.
—¿De qué?
—De que esto sea solo el tren. De que mañana, a la luz del día, me dé vergüenza. O peor: de que tú te arrepientas.
La tomé de la mano. La llevé a mis labios, y besé sus nudillos, uno por uno, con una lentitud que me dolió. Era un gesto de otra época, de cuando los hombres cortejaban con pausas y las mujeres se dejaban querer con tiempo.
—Yo no me arrepiento de nada —dije—. Pero tú tienes que estar segura. Mañana firmas tu divorcio. Hoy no necesitas complicaciones.
—Hoy necesito exactamente eso —respondió, y se puso de puntillas para besarme.
Fue un beso torpe al principio. Nuestros dientes chocaron ligeramente. Ella sonrió contra mi boca, se ajustó el ángulo, y entonces encajamos. Sus labios eran suaves, con un sabor residual a cognac y algo dulce que no supe identificar. Su lengua se deslizó contra la mía con una timidez que no esperaba, como si estuviera re-aprendiendo a besar.
Mis manos, esas manos grandes y arrugadas de traductor, se posaron en su cintura. Sentí la tela gruesa de su vestido, el calor de su piel debajo. La atraje hacia mí, suavemente, y ella vino. Su cuerpo se ajustó al mío con una precisión que parecía calculada por geometría sagrada.
El tren dio una sacudida al cambiar de vía. Nos separamos, jadeando. Lucía tenía las mejillas encendidas, el moño deshecho, y el lápiz de carpintero a punto de caerse.
—Dios —suspiró.
—¿Qué?
—Que llevo años sin que un beso me dure más de cinco segundos. Mi marido besaba como quien firma un recibo. Rápido, funcional, sin mirar a los ojos.
—Yo no firmo recibos —dije, y la besé de nuevo.
Esta vez fue ella la que tomó la iniciativa. Sus manos se deslizaron por mi pecho, encontraron los botones de mi camisa, y empezó a desabrocharlos con dedos que temblaban. Cada botón que caía revelaba más piel, más años, más canas en el pecho. No me avergoncé. Ella no me miró con lástima. Me miró con hambre.
—Quiero verte —dijo—. Toda la vida he estado con hombres que se escondían bajo la ropa. Tú tienes el cuerpo de alguien que ha vivido. Enséñamelo.
Me quité la camisa. Me dejó hacerlo, observando con una atención que me erizó la piel. Luego fue ella quien se desabrochó el vestido por detrás, girándose para que la ayudara. Mis dedos, torpes por la edad y la excitación, lucharon con el cierre. Ella se rio, un sonido bajo y cálido, y finalmente el vestido se abrió.
Debajo, solo llevaba un sujetador de encaje negro y unas bragas a juego. No eran de los conjuntos ostentosos de lencería cara. Eran simples, elegantes, con un pequeño desgaste en el elástico que me pareció más erótico que cualquier prenda nueva.
—Me los puse esta mañana sin pensar —dijo, como disculpándose.
—Están perfectos.
—Tú también —respondió, y posó su mano sobre mi estómago, donde la piel se había vuelto blanda con los años—. No te escondas. A mí no me importa.
La tomé en brazos. Fue un esfuerzo —tenía sesenta y un años y una rodilla que me molestaba cuando llovía—, pero lo logré. La senté en el respaldo del asiento del compartimento vacío, el que había quedado libre cuando el joven se fue al restaurante. Ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, y sentí su calor contra mi estómago, a través de la tela de mis pantalones.
—Aquí no —dijo de repente, mirando hacia el pasillo—. Si viene alguien...
Se bajó del respaldo, tomó mi mano, y me arrastró hacia el final del vagón. Allí había un pequeño espacio entre el último compartimento y la puerta de unión con el siguiente vagón. Un rincón oscuro, mal iluminado por una luz de emergencia roja, con una ventana grande que daba a la noche y unos maleteros de metal donde el personal del tren guardaba mantas y almohadas.
—Aquí —susurró, cerrando la cortina de tela que separaba el pasillo del hueco—. Si viene alguien, oiremos la puerta.
—Lucía, esto es...
—¿Loco? —Se volvió hacia mí, con los ojos brillando en la penumbra rojiza—. Sí. Pero es mi locura. Y quiero compartirla contigo.
Me empujó suavemente contra la pared del vagón. El metal estaba frío en mi espalda desnuda. Ella se apretó contra mí, y sentí sus pechos contra mi pecho, sus caderas contra las mías, su aliento cálido en mi cuello.
—Tócame —ordenó—. No con cuidado. Con necesidad.
Mis manos se deslizaron por su espalda, encontraron el cierre del sujetador, y lo abrieron. Sus pechos cayeron en mis palmas, pesados, reales, con pezones que se endurecieron al instante bajo mi tacto. Los amasé con una fuerza que me sorprendió, pellizcando, acariciando, mientras ella arqueaba la espalda y gemía contra mi hombro, mordiéndome para ahogar el sonido.
—Más —susurró—. No pares.
Bajé una mano por su vientre, encontré el borde de sus bragas, y me deslicé dentro. Estaba húmeda, increíblemente húmeda, y caliente. Introduje un dedo, luego dos, y ella se estremeció, apretando sus muslos contra mi muñeca.
—Joder, Martín —jadeó—. Justo ahí. No te muevas.
No me moví. Mantuve la presión, curvando los dedos dentro de ella, mientras mi otra mano seguía trabajando su pecho. Ella se balanceaba contra mí, usando mi cuerpo como punto de apoyo, con los ojos cerrados y la boca abierta en una "o" silenciosa.
El tren entró en otro túnel. La oscuridad fue absoluta, salvo por la luz roja parpadeante. En ese segundo ciego, Lucía desabrochó mi cinturón, bajó la cremallera de mis pantalones, y me liberó.
Su mano se cerró alrededor de mí. Fue un shock de placer tan intenso que tuve que morderme el labio para no gritar. No era un tacto de adolescente inexperta. Era firme, seguro, con un ritmo que ella controlaba a la perfección.
—Eres grande —dijo, y no sonó a cumplido vacío. Sonó a constatación de algo que la excitaba.
—Y tú eres una tentación —respondí, jadeando.
—Entonces tómate lo que quieras.
Se quitó las bragas de un tirón, las dejó caer al suelo del vagón, y se volvió hacia la ventanilla. Se apoyó contra el cristal frío, con las manos extendidas, ofreciéndome su espalda, sus nalgas, su sexo abierto y brillante en la penumbra.
—Por detrás —dijo—. Quiero sentirte todo. Y quiero ver el paisaje mientras lo haces.
Me posicioné detrás de ella. El suelo del tren vibraba bajo mis pies. El ruido del viento y las ruedas cubría cualquier sonido que pudiéramos hacer. Pero el riesgo era real. En cualquier momento podía abrirse la puerta del vagón de delante. En cualquier momento podía aparecer el revisor. Y eso, lejos de asustarnos, nos excitaba más.
Tomé sus caderas —esas caderas de mujer de cuarenta años, con suavidad en los flancos, reales, perfectas— y me introduje en ella de una sola embestida.
El calor fue sobrecogedor. Me envolvió por completo, apretando, pulsando. Lucía dejó escapar un gemido que ahogó contra el cristal, dejando una mancha de vaho en el frío vidrio.
—Dios, sí —susurró—. Eso. Eso es lo que necesitaba.
Empecé a moverme. Lento al principio, dejando que ambos nos adaptáramos, que nuestros cuerpos recordaran un lenguaje que creíamos olvidado. Luego más rápido, con embestidas profundas que la hacían jadear y golpear la ventanilla con la palma de la mano.
—Más fuerte —pidió—. No me trates como si fuera de cristal. Trátame como si fuera tuya.
Aumenté el ritmo. El sonido de nuestros cuerpos chocando se unió al estruendo del tren. Mis manos se cerraron sobre sus pechos, colgando libres, amasándolos con fuerza. Ella se giró lo suficiente para besarme, un beso torcido y salvaje, mientras yo seguía moviéndome dentro de ella con una urgencia que no reconocía como mía.
—Voy a venirme —avisó, con la voz estrangulada—. No pares. Por favor, no pares.
La penetre más profundo, inclinándome sobre su espalda, mordiéndole el hombro. Mi mano derecha bajó entre sus piernas, encontró su clítoris hinchado, y froté con el mismo ritmo de mis embestidas.
Ella explotó.
Fue un orgasmo largo, convulsivo, que la hizo temblar de pies a cabeza. Sus músculos internos se contrajeron alrededor de mí con una fuerza que casi me obligó a detenerme, pero seguí moviéndome, llevándola más allá, hasta que sus piernas cedieron y solo mi agarre en su cintura la mantenía en pie.
—Ahora tú —dijo, girándose con dificultad, con las piernas todavía temblando.
Me senté en uno de los maleteros de metal. Ella se arrodilló entre mis piernas, tomándome en su boca con una avidez que me dejó sin aliento. Su lengua dibujaba círculos alrededor de la punta, sus manos acariciaban la base, y sus ojos —esos ojos verdes con el lunar— me miraban desde abajo, con una mezcla de desafío y adoración.
—Lucía, voy a...
Se apartó justo a tiempo. Tomó mi mano, me hizo poner de pie, y se giró de nuevo hacia la ventanilla. Se inclinó, ofreciéndose de nuevo, y esta vez fue ella quien me guió hacia su entrada.
—Dentro —ordenó—. Quiero sentirlo. Quiero llevarme algo tuyo mañana, cuando firme esos papeles.
Entré de nuevo. Esta vez fue más fácil, más húmedo, más intenso. La tomé con ambas manos de las caderas, y embestí con un ritmo desenfrenado, perdiendo toda compostura, toda elegancia de traductor sesentón. Era un animal, era un hombre, era alguien que todavía podía poseer y ser poseído.
El orgasmo me golpeó como un tren descarrilado. Me vacié dentro de ella con una serie de espasmos que me doblaron sobre su espalda, que me hicieron gritar su nombre contra su piel, que me dejaron ciego y sordo durante unos segundos eternos.
Cuando volví en mí, estaba encima de ella, con mi peso aplastándola contra la ventanilla. Nos estábamos riendo. Los dos. Una risa sin aliento, casi histérica, de alivio y de goce.
—Joder —dijo ella, limpiándose con una manta del maletero que había cogido de algún lado—. Joder, Martín.
—Lo segundo es mi apellido —bromee, con la voz ronca.
Se rio, y luego se quedó quieta. El tren salió del túnel. La luz de un pueblo pequeño, algún lugar de La Mancha que no supe identificar, inundó nuestro rincón durante un segundo. Vi su cuerpo desnudo, el mío, la ropa esparcida, y pensé que parecíamos supervivientes de un naufragio.
—El revisor —dijo de repente.
Nos vestimos a toda prisa, con la torpeza de quien ha perdido la coordinación. Ella se puso el vestido al revés primero, se dio cuenta, se rio, lo corrigió. Yo abroché mi camisa con dedos que todavía temblaban, dejando dos botones mal alineados.
Cuando salimos del hueco, caminando hacia nuestros asientos con la naturalidad que pudimos fingir, el revisor apareció por el pasillo. Nos miró. Nosotros lo miramos. Él asintió, pidió los billetes, los pinchó con su maquinita, y siguió adelante sin sospechar nada.
Lucía y yo nos sentamos en nuestros asientos originales. Ella enfrente, yo al lado de la ventanilla. Durante unos minutos, fingimos leer, mirar por la ventana, ajustarnos el cabello.
Luego ella se inclinó hacia delante.
—Mañana firmo a las diez —dijo en voz baja.
—Yo entrego mi traducción a las doce —respondí.
—¿Y después?
La miré. Realmente la miré. Vi a la mujer que había estado a punto de no subir a ese tren, que había estado a punto de sentarse en otro compartimento, que había estado a punto de no arriesgarse.
—Después —dije—, me gustaría invitarte a comer. A un sitio donde la mesa sea fija, las paredes no se muevan, y podamos hablar sin tener que gritarle al viento.
—¿Y si resulta que sin el tren no hay magia?
—Entonces al menos habremos comido bien.
Sonrió. Esa sonrisa que ya empezaba a ser mía.
—Trato hecho.
El tren entró en Atocha con su habitual lentitud teatral. Recogimos nuestras cosas sin tocarnos, manteniendo la distancia de dos desconocidos que compartieron un vagón. En el andén, entre la multitud de madrugada, ella se giró una vez. Levantó la mano, no para despedirse, sino para mostrarme algo. Era el lápiz de carpintero que había sujetado su moño. Lo hizo girar entre sus dedos, sonrió, y se lo guardó en el bolsillo del abrigo verde.
Luego desapareció entre la gente.
Yo me quedé allí, con mi maletín en una mano y mi chaqueta de tweed en la otra, sintiendo el peso agradable de la edad y, por primera vez en años, la ligereza de no estar solo.
A veces los trenes no te llevan a donde pensabas. A veces te llevan a donde necesitas estar.
VAGÓN 12
Martín, un traductor de 61 años , viaja en tren a Madrid sin esperar nada. Lucía, una conservadora de 39 en trámites de divorcio, ocupa el asiento de enfrente
